EL MUNDO › TRAS EL BRUTAL ASESINATO DEL SOLDADO BRITANICO EN EL SUBURBIO LONDINENSE DE WOOLWICH

Temen nuevos ataques de “lobos solitarios”

El comité parlamentario de seguridad dará a conocer un informe preliminar del accionar del MI5, el servicio secreto británico, pero nadie duda de que se trata de un nuevo tipo de ataques caracterizado por su minimalismo operativo.

 Por Marcelo Justo

Desde Londres

El gobierno británico está estudiando un endurecimiento de la legislación antiterrorista, que incluye una vigilancia mayor del ciberespacio, después del brutal asesinato a plena luz del día del soldado británico Lee James Rigby, el pasado miércoles. Las propuestas en juego, el clamor casi unánime de la prensa y la tensión comunal atizada por los grupos de ultraderecha son algunos de los pocos rasgos previsibles de un caso que trae cada día nuevas sorpresas.

Los expertos en seguridad reconocen que este hecho tiene una metodología radicalmente diferente de atentados como el ejecutado contra el transporte público en Londres en 2005 o el de las Torres Gemelas. El comité parlamentario de seguridad dará a conocer esta semana un informe preliminar del accionar del MI5, el servicio secreto británico, pero nadie duda de que se trata de un nuevo tipo de ataques caracterizado por su minimalismo operativo: dos ejecutores, una emboscada primitiva (un coche), cuchillos, machetes y un arma de fuego. “El temor es que haya un intento de copiar este tipo de ataques de lobos solitarios gracias a la enorme publicidad mundial que obtuvo”, indicó el analista de seguridad del Evening Standard Martin Bentham.

El atentado ocurrió el miércoles a las dos de la tarde en una zona muy transitada de Woolwich, a metros de un destacamento militar. Las imágenes que rápidamente inundaron las redes sociales muestran un cuerpo inerte en medio de la calle y dos hombres de raza negra, uno en primer plano con un machete y las manos ensangrentadas, y otro en el fondo custodiando el cadáver. Lejos de intentar ocultar el asesinato, los dos hombres lo muestran abiertamente a transeúntes y vehículos como para garantizar que serán filmados. El que está en primer plano, Michael Adebolajo, lanza un discurso atacando la presencia de tropas británicas en “nuestra tierra” y pidiendo perdón a las mujeres por el espectáculo, pero advirtiendo que “si no se libran de su gobierno, esto va a volver a suceder”.

En medio de esa escena dantesca, las filmaciones registran a dos mujeres que pasan caminando con aparente indiferencia al lado del hombre con machete y manos ensangrentadas. Otras tres mujeres se convierten en protagonistas de estas escenas que se diseminan por las redes sociales y los noticieros del planeta. Una, Ingrid Loyau-Kennett, de 48 años, se baja del autobús en que viaja y le pregunta a Adebolajo por qué lo había hecho y qué pensaba hacer ahora que la policía iba a llegar en cualquier momento. Según el testimonio posterior de las mujeres, siempre con el machete en mano Adebolajo le indica que estaban en guerra y que si la policía aparecía iban a matarlos, a lo que la mujer le contesta con un calmo “no parece lo más razonable”. Mientras tanto, otras dos mujeres montan guardia alrededor del cuerpo del soldado en un intento de proteger la integridad del cadáver. Cuando la policía aparece, Adebolajo y el segundo hombre, Michael Adebowale, corren a atacar a la policía con sus machetes, cuchillos y un revólver: la policía los neutraliza con dos disparos. Los dos están internados en un hospital londinense bajo máxima seguridad.

Los primeros testimonios de amigos y vecinos sobre Adebolajo y Adebowale son un clásico de estos asesinatos públicos. La mayoría coincide en que se trataba de “chicos normales”, “buenos vecinos”, “simpáticos”, un fanático de Manchester United en el caso de Adebolajo. La investigación posterior comienza a pintar un panorama diferente, cargado tanto de Freud como de Jihad. Ambos son británicos de origen nigeriano –sociedad dividida por la mitad en cristianos (50 por ciento) y musulmanes (44 por ciento)– y se convirtieron del cristianismo al islamismo en 2004. El coqueteo de Adebolajo con los predicadores radicales de las mezquitas británicas empieza en esa época. Los servicios secretos lo tienen en su radar, pero el punto de inflexión sucede el año pasado, muy lejos del Reino Unido, en Kenia, donde fue arrestado, golpeado y abusado sexualmente o amenazado con serlo.

Las revelaciones las hace Abu Nusaybah en un programa de la BBC el viernes por la noche. Según Nusaybah, Adebolajo había participado en reuniones de un grupo radical hoy ilegal, al-Muhajiroun, y fue interrogado por el MI5, que trató de reclutarlo como informante. “El quería vivir en un país musulmán porque estaba cansado del acoso del MI5. Se negó a trabajar para ellos, pero estaba convencido de que el MI5 estaba interfiriendo sus llamadas y conversaciones. El cambio fue en Kenia. Según me contó, cuando lo arrestaron le dijeron que no estaba en el Reino Unido, le agarraron sus partes pudendas y le dijeron: ‘We will fuck you’”, declaró Nusaybah a la BBC. En otra de las tantas vueltas de tuerca que ha tenido este atentado, la policía esperó a que se transmitiera la entrevista para arrestar a Nusaybah por su posible participación en la “ejecución, preparación o instigación de actos terroristas”, hecho que dejó “estupefacta” a la BBC.

La historia del otro atacante, el más “tímido y silencioso”, según la descripción de los testigos, tiene un giro que, según los gustos, puede situarse entre Sigmund Freud y Alfred Hitchcock. Según la prensa británica, Michael Adebowale, de 21 años, vio cinco años atrás cómo Lee James, de 32 años, raza blanca, “literalmente despedazaba” a su mejor amigo, a cuchilladas, al grito de “ustedes están arruinando mi país, quieren volarlo en pedazos, quieren vender drogas, esto es lo que merecen”. Lee James –cuyo nombre y apellido coinciden con el nombre de pila del soldado asesinado– solía comprar drogas a una banda barrial de origen islámico a la que se había unido Adebowale, que entonces tenía 16 años e intentó infructuosamente defender a su amigo y recibió una cuchillada.

En medio de estas historias tan idiosincrásicas, ha surgido un clamor para que se endurezca la legislación represiva modernizándola con la adopción del espionaje cibernético a gran escala. “Tenemos que tratar el ciberespacio como hacemos con otros medios para este tipo de hechos. Se necesitan más recursos y una nueva mirada sobre la legislación pertinente”, indicó el ex jefe de antiterrorismo del Ministerio de Defensa, general Jonathan Shaw. Mientras grupos como Stop the War y políticos como el ex alcalde de Londres Ken Livingstone condenaron los hechos, pero apuntaron un dedo acusador hacia la política británica en el mundo islámico (Irak, Afganistán, conflicto palestino-israelí), el diputado laborista David Lammy adoptó una postura totalmente distinta. “Tenemos que preguntarnos por qué ciudadanos británicos de cierta edad y origen son la fuente de reclutamiento de terroristas, racistas, hooligans, superbandas delictivas y otros violentos”, señaló al The Guardian. Desde el atentado ha habido una manifestación de unas 1500 personas del ultraderechista EDL (English Defence Leage), más de 150 hechos de violencia en todo el país y varios arrestos por incitación a la violencia.

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Un grupo de mujeres se acerca del lugar donde mataron al soldado Rigby para depositar ofrendas florales.
Imagen: EFE
 
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