EL MUNDO › OPINION

Cambiar para erradicar el terrorismo

 Por Carlos Raimundi *

La muerte, en cualquier circunstancia, es dolorosa. Con más razón nos conmueve la muerte de civiles, inocentes, alejados de todo conflicto. El mundo está cansado de la violencia, el choque de civilizaciones, para resolver litigios que deben encauzarse en el diálogo y la comunicación. El camino de la Humanidad para encaminar las tensiones es la política. De aquí mi condena profunda a todo acto terrorista. Estos actos no caben en ninguna racionalidad, no tengo necesidad de repetirlo.

Que estos actos se reiteren justifica extremar medidas de seguridad. Pero ello implica abordarlo desde una dimensión única -evitar la réplica- sin ir a su entorno estructural. Aunque necesarias, no hay medida de seguridad que aparte con previsibilidad al terrorismo mientras se lo enfrente sólo desde la perspectiva militar, sin analizar los factores que lo estimulan.

Según OXFAM, 63 fortunas personales concentran los recursos equivalentes al ingreso de los 3.600 millones de personas más pobres de la Humanidad, y el 0,002% de la población posee el 80% de los depósitos bancarios del planeta. Esto también es una irracionalidad.

Que la banca en las sombras -no la que financia la producción sino el comercio desregulado de derivados financieros- maneje una suma 30 veces mayor al PBI mundial, también es una irracionalidad. Suma virtual, inexistente en términos de papel moneda contante y sonante, sólo presente en los sistemas operativos. Tantas veces millonaria, que, para contarla en billetes de cien dólares, no alcanzaría el tiempo que va del origen del dinero a la actualidad.

¿Dónde está la racionalidad cuando un magnate es dueño de islas flotantes con edificios inteligentes sólo para su placer personal? Riqueza que no podría gastar en varias vidas de él y su familia, pero que alcanza para erradicar el hambre, enfermedades y plagas.

¿No es irracional el comercio de armas por más de 25.000 millones de dólares anuales, y que sean las fábricas de los países desarrollados, quienes proveen del armamento, la tecnología y la logística a los grupos terroristas? ¿No es una irracionalidad que mientras África posee las reservas de los nuevos minerales más importantes, su promedio de vida no supere los 45 años?

Ratificada la condena al terrorismo, no se puede pasar por alto el rol de los medios que forman parte del poder dominante y manipulan las percepciones simbólicas con que formamos nuestro modo de interpretar la realidad. Para esa escala de valor, hay irracionalidades condenables como los actos terroristas, y otras a las que nos acostumbramos, como la acumulación desenfrenada de riqueza en un puñado de manos, a costa de la miseria de las mayorías. Una acumulación tan irracional que conviven en ella la sobre-explotación laboral con millones de desocupados, que llevó al mundo a los extremos del hambre y la obesidad, y que que priva a culturas enteras de territorio y de recursos. Y sin embargo, consentida y naturalizada por ese sentido común formateado por el poder, que se indigna justificadamente por algunos hechos, pero que no lo hace respecto de otros igualmente irracionales.

Más de un lector ha visto el film “El capitán Philips”, con Tom Hanks. Él dirige un carguero estadounidense y es extorsionado por piratas senegaleses para que pague un monto millonario. Como no podía ser de otra forma en Hollywood, la armada de EEUU despliega su colosal dispositivo de rescate con la tecnología más moderna. La “civilización” doblega a los secuestradores y Philips vuelve feliz al seno de su familia. Pero fue la explotación colonialista la que hizo del África morena una región pobre y resentida; la que expolió su riqueza y con eso desarrolló semejante infraestructura. El cine, como herramienta de penetración cultural y por lo tanto de poder, diseña todo un esquema simbólico de identificación del espectador, donde el saqueador aparece como el saqueado y viceversa.

Si dotáramos a nuestro universo simbólico de otras herramientas, capaces de ampliar nuestra interpretación de los hechos, cambiaría nuestra perspectiva del bien y del mal absolutos, de lo que es civilización y de lo que se conoce como barbarie.

Si el terrorismo se asocia con muerte de inocentes, contemos entonces cuántos murieron con las bombas atómicas de 1945. Y no lo hizo ningún grupo que reivindique el califato ni el fundamentalismo islámico. Otra vez, irracionalidades dignas de toda condena, y del otro lado otras, naturalizadas por el sentido común. Pero esto no les quita la condición de irracionalidad.

Una vez condenado categóricamente el terrorismo, digamos que no son ni el desenfreno de la acumulación económica ni la magnitud de los operativos militares y de seguridad, los que van a terminar con él. No se trata de choque de civilizaciones, sino de reconocer el valor de otras culturas y religiones, de su historia, de su padecimiento. Y mientras agudizamos el ingenio para tomar medidas de prevención en los aeropuertos, construyamos la interface entre el militarismo absoluto y el diálogo de civilizaciones sin el cual será imposible erradicar al terrorismo.

* Secretario general de Solidaridad e Igualdad, FpV

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