EL MUNDO › APOGEO, DECADENCIA Y CAIDA DEL CARTEL DE TIJUANA

Hermanos de sangre y muerte

Uno era el cerebro, el otro el bruto. Y como jefes de uno de los más virulentos carteles del mundo, abastecían a EE.UU. un tercio de su cocaína. Esta es la alucinante historia de los Arellano Félix.

Por Julian Borger y Jo Tuckman*

Después de estar oculto durante nueve años, con un montón de víctimas mutiladas y miles de toneladas de cocaína, Benjamín Arellano Félix, el señor de la droga más poderoso de México y el que abastecía un tercio de la cocaína de Estados Unidos, fue finalmente capturado a principios de este mes por la forma del mentón de su hija. Según una autoridad tan importante como el ministro de Defensa, Ricardo Vega, sobresalía -aparentemente como resultado de un crecimiento desmedido– lo suficiente como para que las fuerzas especiales que andaban detrás suyo lo identificaran. “Una vez que supimos que estaba con su familia, pudimos rastrearlo por medio del mentón prominente de su hija”, alardeó Vega en la televisión mexicana.
La organización que dirigían Arellano Félix y sus hermanos era conocida localmente como el cartel de Tijuana, por la violenta ciudad fronteriza donde estaba basado. Pero la DEA (agencia antidrogas de EE.UU.) de Estados Unidos siempre se refería a ella respetuosamente como la Organización Arellano Félix, la OAF, y la declaró “una de las organizaciones de traficantes de droga más poderosas, violentas y agresivas del mundo.” Constituía una presencia insidiosa en los barrios, suburbios y pueblos en ambos lados de la frontera. Su poder de corromper todo lo que tocaba inspiró la película Traffic, que en realidad suavizó el gusto de la banda por la sangre para que fuera más soportable de ver.
Durante el curso de la década pasada, la OAF convirtió un corredor de 160 kilómetros entre Tijuana y Mexicali en un inmenso conducto para cocaína, marihuana y anfetaminas. Las drogas entraban por automóvil, por barco a lo largo de la costa del Pacífico y hasta por túnel. El mes pasado, la policía, actuando por una pista, allanó una granja en el lado norteamericana de la frontera y descubrió una caja de seguridad bajo las escaleras. La forzaron y descubrieron que estaba vacía. Estaban por irse cuando alguien notó que el piso de la caja fuerte era muy alto. Era un fondo falso, y debajo había un pozo que descendía 350 metros a un túnel, completo con luces eléctricas y rieles que habían acarreados miles de millones de dólares en droga bajo la frontera de Estados Unidos y México.
A pesar de la audacia de la banda, y a pesar del hecho de que era tan conocida que llevaba el nombre de la familia, los hermanos Benjamín, Ramón, Eduardo y Javier no fueron tocados durante 13 años. Esto fue hecho, en parte, con enormes cantidades de dinero en efectivo. Compraron el anonimato sobornando a políticos y a policías en montón, a un costo estimado de un millón de dólares por semana. A aquellos que no podían comprar, los mataban. Asesinaban con abandono y con aparente deleite. Las estimaciones del número de víctimas van de 300 a muy por encima de 1000. Asesinaron a testigos, observadores, policías, dos comisarios de policía, varios comandantes de la policía federal, jueces y hasta a un cardenal católico romano, Juan Jesús Posadas Ocampo, muerto en el aeropuerto de Guadalajara en 1993 cuando los miembros de la banda de OAF confundieron el automóvil del cardenal con el de uno de los barones de la droga rivales. El error forzó a los hermanos a esconderse temporalmente y adoptar nombres falsos, pero siguieron viviendo confiadamente, sin temor a ser capturados. Desde el comienzo, Benjamín y Ramón dirigieron la empresa, El Min y el Mon se llamaban a sí mismos, una abreviatura infantil de sus nombres. Benjamín tenía la inteligencia y un cierto estilo estratégico, mientras que Ramón, 11 años menor, era el que cumplía las órdenes, una tarea para la que estaba perfectamente indicado. Sociópata por naturaleza, Ramón parecía prosperar con el asesinato. Andaba en un Porsche rojo, vestido llamativamente con un saco de visón y lleno de alhajas de oro, atravesando las calles de Tijuana, donde su estilo prepotente fue un imán para los aburridos hijos de los ricos de la ciudad. Varios de ellos se convirtieron en los “narco juniors” de Ramón, unos atacantes testaferros que, cuando no mataban por negocios, lo hacían por aburrimiento. “Donde sea que haya peligro, allí lo encontrarán a Ramón”, dijo un ex “narco-junior”, Alejandro Hodoyan, a los agentes mexicanos de narcóticos en 1996 en una entrevista grabada que luego publicó el diario mexicano Proceso. “En 1980 o 90, estábamos en una esquina de Tijuana sin nada que hacer y el nos dijo... ‘Vayamos a asesinar a alguien. ¿Quién tiene una cuenta pendiente?’ Los autos pasarían y el nos preguntaría a quién conocíamos. La persona que señalábamos aparecería muerta a la semana.” Hodoyan luego declaró que la policía lo había obligado a decir esas cosas. Eso no lo ayudó. Un día, hombres armados lo apresaron en las calles de Tijuana y no se supo más de él. Su cuerpo nunca fue encontrado.
Don Thornhill, un funcionario de la DEA que fue testigo del trabajo de OAF en ambos lados de la frontera, dice: “En los 17 años en mi trabajo, nunca vi un grupo más violento. Mataban a cualquiera que no cooperara. Mataban a gente que no pagaba un honorario o peaje (por mover droga a través de su territorio). Mataban a gente que no era necesariamente desleal a ellos. Mataban para sentar un ejemplo”. La OAF estableció su ejemplo más sangriento en un pueblo de pescadores llamado El Sauzal, que tuvo la desgracia de ser el hogar de un contrabandista de drogas menor llamado Fermín Castro. Castro pagaba sus cuotas a tiempo y en forma, pero la OAF evidentemente decidió que podría volverse demasiado competitivo.
Así que el 17 de septiembre de 1998, hombres armados llegaron en medio de la noche, alinearon a cada hombre, mujer y niño que pudieron encontrar contra una pared y les dispararon. Una niña de 15 años y un niño de 12 fueron los únicos sobrevivientes.
Ramón y sus narco-juniors no solamente asesinaban. Desarrollaron un gusto por la tortura y la mutilación. Uno de los colegas mexicanos de Thornhill, un fiscal llamado José Patiño Moreno, desapareció de las calles de Tijuana en abril de 2000, junto con dos asistentes, un fiscal especial, Oscar Pompa Plaza, y un capitán del ejército mexicano, Rafael Torres Bernal. Cuando los cuerpos fueron encontrados, cerca del destrozado automóvil de Patiño, eran irreconocibles. Casi cada hueso de los cuerpos estaba roto (“eran como bolsas de cubos de hielo”, dijo un policía en aquel momento) y sus cabezas habían sido aplastadas con una prensa industrial. La policía local insistió absurdamente en que los tres hombres habían muerto en un “lamentable accidente de tráfico” y no fue una sorpresa para nadie que cuando el poder de OAF finalmente comenzó a menguar, dos comandantes de la policía federal fueran acusados por los asesinatos de Patiño.
La propia muerte de Ramón fue adecuadamente ostentosa. El 10 de febrero iba en un Volkswagen lleno de narco-juniors a la ciudad playera de Mazatlán, con la intención de matar al líder de una banda rival en el apogeo del carnaval. Pero iban en la dirección equivocada en una calle de una sola mano cuando se toparon con una patrulla de la policía que vio sus armas. Siguió un tirotéo y el día terminó con tres cadáveres en las festivas calles de Mazatlán. Uno de los cuerpos llevaba una tarjeta de identidad con el nombre de Jorge Pérez López (la versión mexicana de John Smith), pero para cuando la policía se dio cuenta de que la tarjeta era falsa, el cuerpo había desaparecido. Algunos “parientes” lo habían quitado de las manos del sepulturero local, que había sido reducido al silencio por temor. Sólo cuando la policía miró detenidamente las fotografías de la escena del crimen, recién ahí se dieron cuenta de que podrían haber matado a Ramón Arellano Félix, uno de los 10 fugitivos más buscados por el FBI y el asesino más prolífico de la historia mexicana.

* De The Guardian de Gran
Bretaña
Especial para Página/12
Traducción: Celita Doyhambéhère

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Una operación de decomiso de drogas en la frontera: apenas un poco de lo que pasa.
 
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