EL MUNDO

El hombre que no vio nada entre los judíos y las SS

De los recuerdos de guerra de Josef Ratzinger lo más notable es lo que falta: la persecución de los judíos en su aldea natal. Su paso por las Juventudes Hitlerianas y la Luftwaffe fueron obligatorios, no así la indiferencia con que parece contemplar ese período.

Poco se sabe de Josef Ratzinger bajo el nazismo y él ha hecho lo posible por omitir, por no decir ocultar, este aspecto de su pasado. Traunstein, la ciudad bávara donde creció, fue escenario de una caravana de la muerte de judíos que luego fueron masacrados a pocos kilómetros de allí. Estos hechos marcaron profundamente a los residentes de la ciudad y todavía hoy son recordados con espanto. Muchos sienten que han quedado preguntas sin contestar sobre la juventud de Ratzinger. Es al menos curioso que estos hechos no fueran mencionados en las memorias del nuevo Papa, publicadas en 1997, y es poco probable que no hubiese estado enterado de esos eventos ni del campo de concentración que albergaba a 700 prisioneros judíos en Trostberg en las cercanías de su ciudad.
Los papeles archivados en el colegio de la ciudad católica de Traunstein, al que asistió Ratzinger, muestran que trabajó en una unidad antiaérea durante la guerra y que antes, por un breve período, fue miembro del movimiento de las Juventudes Hitlerianas. Entrevistas con sus vecinos demuestran que Ratzinger fue un participante, a regañadientes, de una de las escuelas formativas del nazismo. En 1941, cuando tenía 14 años, Ratzinger fue obligado a unirse a las Juventudes Hitlerianas después de que se decretara la membresía obligatoria a esa organización. Fue rápidamente eximido por su entrenamiento en el seminario católico. Dos años después, no pudo eludir el servicio militar obligatorio y se convirtió en uno de los miles de los jóvenes reclutados para la fuerza aérea alemana. Ratzinger no esgrime otras razones por no haber tomado parte de los combates ni haber disparado un solo tiro más que “tenía un dedo infectado”. A principios de 1944 decidió abandonar la unidad en la que trabajaba a sabiendas de que las SS tenían órdenes de matar a los desertores inmediatamente. En sus memorias escribió que, al dejar su unidad, fue detenido por otros soldados de la SS: “Gracias a Dios que eran los que se habían cansado de la guerra y no se querían convertir en asesinos”, sostuvo, pasando por alto el hecho de que no lo hayan asesinado a él, futuro Papa, no necesariamente los exime de la etiqueta de asesinos. Volvió a Traunstein, donde se escondió de las SS y vistió de civil. Fue encontrado por tropas norteamericanas y tomado como prisionero de guerra al final de la conflagración. Fue liberado el 19 de junio de 1945. “Los meses después de haber recobrado la libertad, que habíamos aprendido a valorar tanto, fueron los meses más felices de mi vida”, escribió en su autobiografía.
El joven Ratzinger estuvo expuesto a la ideología nazi, ya que varios de sus maestros eran miembros del partido. “Había una atracción hacia la importancia que el partido le daba al deporte y al atletismo. Era joven y estuve tentado”, admitió Ratzinger en una reciente entrevista. “Pero cuando los nazis dejaron en claro que condenaban al cristianismo porque tenía raíces en el judaísmo tan odiado por ellos, me di cuenta de que sus ideas no significaban nada para mí.”
Una breve historia de Traunstein, escrita por un historiador local, relata las atrocidades de las que la ciudad fue testigo: la expulsión de los judíos, la esclavitud, la persecución de los antinazis y da detalles del campo de concentración que estaba en las puertas de la ciudad. El libro también cuenta de la quema de sinagogas, hogares y empresas judías en una explosión de antisemitismo incitada por los nazis. A principios de 1939, la Gestapo anunció orgullosamente que la ciudad estaba “libre de judíos”. Uno de los hechos más duros ocurrieron en 1945, y probablemente Ratzinger haya estado allí. Miles de prisioneros de los campos de concentración fueron conducidos por las SS, que escapaban del Ejército Rojo, a través de la ciudad. Testigos señalan que hubo quienes demostraron su compasión e incluso daban comida a los prisioneros hambrientos. También hubo quienes miraron hacia otro lado o no perdían oportunidad de delatar a los que intentaban escapar. Algunos de los prisioneros pasaron la noche en una granja cerca de donde vivía la familia de Ratzinger. Tres prisioneros que intentaron escapar fueron asesinados por los guardias. Al día siguiente, 66 prisioneros fueron masacrados a pocos kilómetros de allí. Sorprendentemente, nada de esto es mencionado en su autobiografía.
Es difícil que alguien que viviera allí no supiera de estos hechos ni del vecino campo de concentración. No hay evidencias de que la familia Ratzinger se haya sentido inclinada a ayudar a los pocos judíos que quedaban en la ciudad ni a los que se atrevían a oponerse al régimen. Una jubilada de la ciudad recuerda que muchos ayudaron a esconder a los judíos. “Era posible resistir y los que lo hicieron dieron el ejemplo a otros”, señaló, y agregó: “Los Ratzinger eran jóvenes y tomaron otras decisiones”.

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Josef Ratzinger como ayudante de la Luftwaffe.
 
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