EL MUNDO › OPINION

Sobre el estado del terror

Por Claudio Uriarte

“El huracán Katrina es iraquí”, podría leerse en la remera o en la calcomanía del auto de un antiimperialista convencido. Porque, luego de comprobar las flagrantes brechas a la seguridad nacional estadounidense evidenciadas por el desastre (infraestructura deteriorada y en mal estado de mantenimiento, falta de recursos económicos y militares para lidiar con la catástrofe, un Estado ausente, además de la clara ineptitud política de George W. Bush para ponerse al frente de las operaciones de rescate), ¿qué puede pensarse de la eficacia político-militar de una organización terrorista multinacional que, como Al Qaida, decide golpear por segunda vez en casi tres años en el mismo “blanco blando” (la localidad turística indonesa de Kuta, en la isla recreacional de Bali), logrando a cambio una cifra sensiblemente inferior de muertos (32 contra los 202 del ataque del 12 de octubre de 2002)? Pareciera, por lo menos, que Al Qaida está bajando la altura de sus blancos.
Esa es una forma de verlo, pero no la única. Al Qaida es una organización terrorista, es decir que su negocio es producir terror. Aterrorizar áreas turísticas es un componente clave de su estrategia, porque nada incide tanto en la conducta humana como el miedo. El miedo paraliza, ofusca, impide distinguir lo real de lo imaginario, borra la diferencia entre las peores pesadillas y una lectura sobria de los hechos; minutos de terror como los de ayer en Bali valen más que los casi tres años de tranquilidad desde la anterior oleada de bombas, sobre todo porque se montan sobre y realimentan los minutos de terror que causaron 202 muertos en 2002. En este sentido, la mala calidad de los atentados de ayer muestra tanto el debilitamiento de la capacidad operativa de la red como la continuidad de su capacidad de aterrar. Desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, gran parte del poder operativo de la red se bajó a posiciones de “retaguardia”, en las que el turismo occidental era un componente económico vital: 21 muertos en la localidad tunecina de Yerba en abril de 2002, 202 en octubre en Bali, tres israelíes muertos en un atentado que falló por poco contra aviones en Mombasa, Kenia, en diciembre de ese mismo año, 12 muertos en un atentado con bomba contra el hotel norteamericano Marriot en el centro de Yakarta en agosto de 2003, 12 muertos en un ataque contra la embajada australiana en Yakarta en septiembre de 2004, 34 israelíes muertos en el Sinaí egipcio en octubre de ese mismo año, 22 muertos en la isla indonesa de Sulawesi en mayo de 2005 y 64 muertos en el balneario egipcio de Sharm el Sheij en mayo. No hace falta seguir mucho más.
Atacar localidades turísticas tiene una lógica económica, que es privar al enemigo de una de sus principales fuentes de ganancias. Pero también tiene una lógica político-religiosa para los fundamentalistas islámicos, que es la de expulsar a los “infieles” (y, con ellos, a sus conductas y modos de vida permisivos, inmoralidad en el vestir, etc.) de lo que consideran como sus tierras santas. En este sentido, George W. Bush y Osama bin Laden se encuentran en un curioso abrazo discursivo, ya que mientras el primero considera la guerra de Irak como el frente central de la batalla contra el terrorismo, los terroristas consideran todo el mundo (pero principalmente el musulmán) como campo libre para su propia ofensiva. El 11-M de Madrid y el 7-J en Londres son solamente las muestras más extrovertidas de esta campaña.
En este contexto, y visto el panorama de indefensión infraestructural en que Bush ha dejado a su país, el hecho de que no haya habido nuevos atentados en Estados Unidos luego del 11-S puede verse como un milagro, como un resultado de la mejora de los servicios de seguridad e inteligencia, como un signo de la declinación de la capacidad operativa de los terroristas, o como una catástrofe que está esperando para estallar. Posiblemente sea una combinación –en proporciones desconocidas– de todos esos factores. Pero Bush no tiene miedo. Procede con la unilateralidad de propósito de alguien incapaz de mantener dos ideas contradictorias en su cabeza. Y faltan tres años largos para que termine su mandato, en un país que se hunde cada día más en la tinta roja. La oposición demócrata ha sido demasiado timorata para declararle una ofensiva en regla, pese a que la popularidad del presidente se desvaneció en cuestión de meses. Y, en política, no existe tal cosa como el vacío. Podrá parecer que Bush está en control, pero es el control que se puede tener de un caos.

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Policías indonesios tras la masacre de 2002.
 
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