EL MUNDO › EL TRIUNFO DE CHAVEZ A TRAVES DE UN VEEDOR

Postales de una elección

 Por Eduardo Tagliaferro

El afiche de campaña que recibe al viajero que intenta dejar atrás el aeropuerto de Maiquetía lo dice con todas las letras: Venezuela es roja, rojita. Debajo del eslogan, la cara de Hugo Chávez invita a votar por uno de los más de 80 partidos políticos que el pasado 3 de diciembre participaron de las elecciones presidenciales. El eslogan propagandístico sintetiza una de las numerosas dudas que esperaban responder el centenar de observadores electorales internacionales que, convocados por la Comisión Nacional, Electoral llegaron desde los más remotos lugares de América latina, Europa y Africa. La transparencia de los comicios, el funcionamiento del voto electrónico, los discursos y actitudes de una sociedad dividida entre los habituales invitados a la fiesta y aquellos que intentan acercarse a la mesa donde se sirven los manjares cocinados al calor de la renta petrolera, son otras preguntas que también ocupaban un lugar en las valijas del variopinto racimo de testigos extranjeros que ratificaron la afirmación de la presidenta de la CNE, la socióloga Tibisay Lucena: “Los ojos del mundo se posaron sobre Venezuela”. El contundente triunfo de Chávez no dejó dudas. Tampoco el transparente proceso que condujo al resultado.

Observadores del 3 D. La observación, una novedad en las elecciones latinoamericanas, tiene tantas miradas como chalecos identificatorios. Desde noviembre la Unión Europea desplegó 37 observadores en Venezuela. Antes del 3 D, como se identificó al día de las elecciones, provenientes de 22 países europeos, sumó 79 ojos para seguir de cerca el escrutinio. Menos nutrida, la delegación de la OEA prefirió los despachos oficiales, las sedes de campaña, y los hoteles All Inclusive a las calurosas y trajinadas calles venezolanas. Los observadores del Mercosur no se apartaron de esa tendencia. En contraste, una infantería de más de 700 chalecos grises fue la fuerza que la CNE desplegó desde la Isla Margarita hasta las zonas montañosas o los llanos venezolanos.

Hecho en Casa. “La modernización tecnológica nos convirtió en la vanguardia de los sistemas electorales de América latina”, afirmó Lucena frente a un auditorio que durante dos días intentó acercarse a los pormenores del proceso electoral. No sonó extraño a los oídos de los latinoamericanos que la titular del organismo encargado de realizar las elecciones subrayara: “Muchas cosas de las que hemos desarrollado las hemos hecho en casa”. En la discusión previa los partidos habían presentado 68 propuestas. De ellas se habían implementado cincuenta y cinco. Entre otras, auditar el 54,31 por ciento de las mesas electorales. “Como en Venezuela una persona está viva hasta que se demuestre lo contrario” y “para que no salgan a votar los muertos”, Lucena dijo que se había implementado la máquina captahuella. Un mecanismo que toma la huella dactilar y garantiza la identidad del votante.

Deben ser los “escuálidos”, deben ser. El mote con el que Chávez bautizó a los niños bien de la oposición terminó nombrando al ecléctico frente de partidos que se encolumnó detrás de Manuel Rosales. Los medios de comunicación no ocultaron su apuesta por la candidatura de este gobernador estadual que arrastra el estigma de haber apostado por el golpe de Estado de Pedro Carmona. El rumor fue otra de las armas. Vaticinios que lo daban como el triunfador en la elección del domingo recorrieron las calles de Caracas y las principales oficinas de los veedores. “Es imposible que pierda Chávez. Las encuestas son serias en Venezuela y repiten la tendencia de las elecciones anteriores”, confirmaba un destacado sociólogo venezolano a un veedor sorprendido por el dato.

Huele a azufre. El rojo de los pasacalles y carteles chavistas se destacó por sobre el azul elegido por los seguidores de Rosales. En contraste, las consignas de la oposición tenían más punch. Centenares de tarjeta Mi Negra llegaron a las manos de muchos votantes que eran invitados a usarla para cargar el chango del supermercado luego del triunfo de Rosales. Los créditos de la tarjeta provendrían de la renta petrolera. Más ideológicos, los pasacalles del chavismo proponían votar contra Mr Diablo.

Gracias por el fuego. Efectista y con recursos, la oposición esperó el cierre de la campaña para iluminar el cielo de Caracas con una lluvia de fuegos artificiales. “El fuegazo”, como se conoció a la movida, alimentó el ánimo de las cerca de 20 mil personas que colmaron el estadio en el que los Leones enfrentaban a los Cardenales. “Chávez no se va” respondió la popular a la platea que aplaudía el fuegazo. “Sucios”, retrucaron los plateístas que habían desembolsado 20 mil bolívares, menos de 7 dólares.

Roja y Negra. El lunes por la tarde la CNE entregó el informe final del proceso electoral. Los observadores retornaban de los más lejanos y diferentes rincones de Venezuela. Algunos llegaban a Caracas después de recorrer 400 km de carretera. Alojados, en su mayoría, en un hotel céntrico, los observadores inundaban las mesas del looby con sus termos y sus mates. La observación finalizaba cuando la alfombra roja y la presencia de la guardia presidencial hizo pensar que Chávez se presentaría. No ingresó el venezolano sino el nicaragüense Daniel Ortega. Acompañado por su esposa, el presidente de Nicaragua recibió tan solo tres aplausos. El hall estaba repleto y muchos de los que estaban de pie al lado de la alfombra eran reconocidos militantes de izquierda. Ortega arrastraba su historia sobre la alfombra cuando descubrió a lo lejos a una conocida militante que también llevaba su historia personal sobre los hombros. Tan solo el nombre de Nidia identifica a la robusta morena del Frente Farabundo Martí que estando embarazada se tiroteó por horas con las tropas militares que la detuvieron. Ortega se acercó a saludarla y el beso rompió un frío insoportable.

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