EL MUNDO › OPINION

La guerra no es por petróleo

 Por Claudio Uriarte

El mito popular dice que la guerra norteamericana a Irak es para apoderarse de su petróleo. Es falso. La guerra va a costar 90.000 millones de dólares, mientras que las ganancias iraquíes por sus exportaciones de petróleo en todo 2002 fueron de poco más de 14.000 millones. La cuenta no da, para no hablar de los costos de reconstrucción y de ocupación que se vienen después del mejor de los escenarios: un triunfo rápido de las fuerzas estadounidenses. George W. Bush y Dick Cheney, dos hombres de la industria del petróleo, serían pésimos negociantes si pensaran en invertir tanto en función de tan poco.
El motivo de “sangre por petróleo” tampoco se verifica en proyección a futuro. Es cierto que Irak, con su actual nivel de producción de 2,6-2,8 millones de barriles por día, está por debajo de los 3,5 millones que producía antes de la primera Guerra del Golfo, pero para restaurar ese nivel se necesitarán entre 18 meses y tres años, e inversiones norteamericanas de 8000 millones de dólares, más 20.000 millones de dólares para restaurar la capacidad eléctrica iraquí previa a 1990, según estimaciones del Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York. Es decir que antes de poder sacar algo del petróleo iraquí, EE.UU. va a necesitar poner dinero en él. E incluso en ese momento, con la capacidad de 1990 restaurada, y asumiendo un precio de 25 dólares por barril, los especialistas juzgan dudoso que las ganancias puedan superar los 22.000 millones de dólares anuales. Esto equivale a entre 0,1 y 0,2 del Producto Bruto de Estados Unidos y Gran Bretaña sumados (es decir que no es gran cosa). Llegar a un objetivo de máxima de seis millones de barriles por día (comparados con ocho del principal productor actual, Arabia Saudita), llevaría aún más tiempo y dinero. Si el objetivo de EE.UU. fuera el petróleo, sería mucho más fácil, eficiente e indoloro invadir Arabia Saudita, cuyo ejército es mínimo, y que tiene el 25 por ciento de las reservas petroleras comprobadas de todo el mundo (contra el 11 por ciento de Irak). Y bajar el precio del petróleo puede ser una buena cosa para las economías que dependen de él, pero Bush y Cheney serían nuevamente muy malos petroleros si apuntaran a una tarifa ultrabaja, cuyas principales perjudicadas serían las compañías petroleras estadounidenses donde ambos hicieron sus carreras empresarias.
Pero si la guerra no es por el petróleo iraquí, el petróleo es parte de su gran ecuación. Irak está en el centro de la región más rica del mundo en términos energéticos: por eso se dice que Medio Oriente es “estratégico”. En esa zona, el fundamentalismo islámico está en aumento, aunque Saddam Hussein no tenga relación directa con él. De los países fronterizos con Irak, Irán es el principal patrocinador mundial del terrorismo, de Arabia Saudita salió la mayoría de los secuestradores del 11 de septiembre, y Siria colabora con Irán en la protección de Hezbolá, asentada en el sur del Líbano, contra Israel. Pero el fundamentalismo también corre contra esos regímenes, cuya legitimidad es inexistente.
En este punto, la apuesta norteamericana es saltar en Irak a la cresta de la ola de desestabilización que ya recorre la zona y mover a su favor el derrumbe de las piezas que ya están tambaleando. El petróleo iraquí figura en esta trama, pero se trata de una parte menor dentro de una red de intereses energéticos estadounidenses que se ramifica hacia Rusia y Canadá. La idea de privatizar el petróleo de Irak es un paso hacia la disolución de la OPEP, que requiere industrias estatales que puedan poner en vigor cupos de producción, pero el petróleo barato no lo es todo: alcanza con recordar que por mucho tiempo el crudo estuvo en la banda de los 25-30 dólares por barril, y sólo fue disparado por las incertidumbres creadas por los aprestos de guerra de EE.UU.
El motivo de fondo de la Operación Irak es político: crear, en el corazón de una zona tan rica como hostil, democracias de libre mercado y recursos privatizados, con la idea de que el petróleo deje de financiar alos movimientos antioccidentales y la región se integre al continuo de “normalidad” establecido por las pautas de la globalización.
Difícilmente pueda exagerarse la ambición gigantesca que impulsa este designio. Es una empresa geopolítica de rediseño mundial global, en una escala que empequeñece a Napoleón. Dentro de esto, Irak y su petróleo son solamente los modestos primeros pasos, porque la red político-energético-militar que EE.UU está diseñando en Medio Oriente y Asia Central tiene a China como último destino.

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