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Una condena al infierno

En los arcos del patio de la mezquita de Abú Hanifa, en un barrio de mayoría sunnita de Bagdad, hay una curiosa mezcla de mercancías: dos motocicletas, alfombras, sillones, una heladera, un teleobjetivo, teléfonos –varios de ellos rotos–, archivadores... Son objetos que han sido devueltos por los saqueadores a las mezquitas.
“Los ladrones están malditos. Los que han robado en las oficinas, en las casas, están condenados al infierno –prosigue el clérigo–. Ustedes tienen que devolver todo lo robado a las mezquitas”, insiste. Pero no todo el mundo tiene tanta buena voluntad: los conductores se quejan en Bagdad de que están desapareciendo muchas matrículas de los coches normales (lo cual es un problema muy grande para el que la pierde, porque no existe ninguna autoridad para emitir placas), ya que son utilizadas para camuflar los coches robados. En Saddam City no hace falta: un enorme todoterreno está estacionado cerca del mercado de armas con las placas azules que llevaban los coches del Ministerio de Información.
(De El País de Madrid, especial para Página/12.)

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