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Europa se va quedando sin zanahorias

 Por Donald MacIntyre *

Algún eurócrata ingenioso dijo que el lema de la Unión Europea en asuntos exteriores debería ser “hablamos bajo pero llevamos una gran zanahoria”. En la despectiva visión de varios diputados británicos, esto es todo lo que Europa está dispuesta a hacer por Ucrania. Apenas horas después de que Vladimir Putin emitiera su primer comunicado reconociendo a Crimea como “un Estado independiente y soberano” –es bueno saber que la vieja costumbre zarista de emitir un ukase sobrevivió a la URSS– ya había diputados de ambos partidos dispuestos a llevar un gran garrote.

Entre los que cuestionaron el amplio consenso de que no podía haber opciones militares para la crisis estuvo el laborista Chris Bryant, que aclaró que no “quiero una guerra”, pero contrastó lo que pasa con la actitud de no descartar las acciones militares en el caso de Irán. “Quisiera preguntar por qué descartamos enseguida cualquier opción militar en cualquier circunstancia, desde el mismo comienzo del avance ruso sobre Ucrania”, dijo Bryant. El derechista conservador Gerald Howarth fue todavía más lejos. Al destacar que Rusia estaba llevando a cabo ejercicios militares en la frontera ucraniana “repetidamente” sugirió que “la Otan debería hacer un ejercicio naval en el Mar Negro para que los rusos se den por enterados de que no pueden acercarse a Odesa”. El problema de hacer amenazas desde la seguridad del Parlamento británico es que te hacen acordar de una vieja broma escocesa: “¿Querés pelear? No hay problema, yo te sostengo el saco”. El ex ministro de Relaciones Exteriores sir Malcolm Rifkind, que condenó como “patéticas y débiles” las declaraciones y medidas tomadas por la UE, no habló de movimientos militares. En su lugar, Rifkind, que en los ochenta fue figura clave de la política de Margaret Thatcher hacia el este que culminó en el romance con Mijail Gorbachov, pidió sanciones económicas de verdad, de las que obligarían a Putin a “tener que vivir con una economía en la que nadie invierte y de la que saldrían miles de millones de dólares”.

Pero no hace falta ser un genio para entender que esas sanciones también harían daño en la City de Londres. Entre tantas voces críticas, fue una muestra de coraje que el diputado conservador sir Edward Leigh levantara su voz solitaria para pedir al Parlamento que tuviera en cuenta la “sensibilidad” rusa hacia Ucrania. Leigh aclaró que tiene un interés personal en la historia y la cultura rusas desde su casamiento con una rusa ortodoxa, pero que no es ni prorruso ni proucraniano. “Tenemos que dejar de jugar juegos de poder porque ésta es una situación demasiado peligrosa”, dijo. “Occidente tiene que aceptar que no puede separar Ucrania de Rusia.”

El debate siguió con garantías del gobierno de que va a pedir más sanciones europeas y la advertencia sobre “el grave riesgo de que todavía no hayamos visto lo peor de esta crisis”. Pero la sensación ineludible fue que, frente a la determinación de Putin, Europa se quedó sin zanahoria y por supuesto sin un garrote de ningún tamaño.

* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12

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