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La paz es mejor para la Argentina

 Por Martín Granovsky

Para la Argentina es una buena noticia. Por el acuerdo entre Irán y los cinco países del Consejo de Seguridad más uno (los Estados Unidos, el Reino Unido, Rusia, China, Francia y Alemania) la cuestión iraní no desapareció del tablero mundial pero perdió peso bélico.

La noticia es buena por dos motivos. Uno porque tras el atentado a la AMIA de 1994 la palabra “Irán” se convirtió, con razón jurídica o sin ella, cosa que tal vez a esta altura nunca se llegue a saber a ciencia cierta, e incluso más allá del memorándum de 2013, en un vocablo de uso corriente en los asuntos domésticos del país. En ese contexto, cualquier aumento de la intensidad diplomática y cualquier disminución de la probabilidad de guerra son datos estimulantes para un país que, como la Argentina, no integra el club de los poderosos. El otro motivo responde a que, por la lógica de la política estadounidense, quienes desean preservar a Irán ya no como un enemigo sino como un blanco inminente son los grandes financistas que también litigan contra la Argentina.

Hace dos años, un acuerdo de este tipo hubiera sido impensable. Los diplomáticos acreditados en Washington no discutían si habría un bombardeo sobre Irán. Debatían cuándo tendría lugar. Pero las elecciones en Irán desplazaron de la presidencia a Mahmud Ahmadinejad y consagraron al moderado Hassan Rohani, un realista convencido, por ejemplo, de que el mayor desafío de los iraníes no es enriquecer uranio sino paliar la desesperante falta de agua.

En septiembre de 2013, Rohani y Barack Obama hablaron por teléfono. Fue la primera comunicación desde la crisis de los rehenes y la toma de la embajada norteamericana en Teherán en 1980. En noviembre llegaron a un borrador de acuerdo sobre cómo seguir negociando. Y ayer redondearon un acuerdo que, según Obama, impide a Irán alcanzar la fabricación de la bomba atómica.

Igual que con el impulso personal al acuerdo entre los Estados Unidos y Cuba, Obama acaba de tomar otra decisión que marcará su presidencia hasta el último día, el 20 de enero de 2017. No sólo empujó con éxito la vía diplomática para impedir que Irán incurra en proliferación nuclear de uso bélico. Luego de que se conociera el acuerdo con Teherán, el presidente norteamericano anunció que vetará cualquier obstrucción del Congreso. En los Estados Unidos, para ganarle a un veto presidencial hay que lograr una mayoría de dos tercios. Hoy parece difícil que Obama no consiga ni siquiera un tercio de apoyo, obviamente de congresistas de su propio partido. La Casa Blanca no controla ni la Cámara de Representantes (diputados), donde los republicanos se imponen por 246 escaños a 188, ni el Senado, con una mayoría republicana de 54 a 44.

A tal punto está Obama en minoría, y a tal punto el Congreso es el sitio utilizado para jaquear al presidente, que en marzo el actual primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, cerró su campaña para las últimas elecciones hablando no en la Knesset de Jerusalén sino en el Capitolio de Washington.

Adivinen ahora quién es el autor de la frase que califica al acuerdo con Irán de “error de dimensiones históricas”. El nombre empieza con B y el apellido con N, y juega no sólo en su país sino en los Estados Unidos, donde la estrategia es generar el mayor costo político interno y externo posible a Obama. Para ello dispone de aliados importantes porque financian a los comités de acción política, que a su vez están detrás de la campaña de los candidatos y arman y desarman mayorías en el Congreso. Se trata, como ya conoce el lector de este diario, de gente que agrupa grandes donantes. Son, por ejemplo, Paul Singer y los hermanos David y Charles Koch. Se oponen por igual a las regulaciones financieras dentro y fuera de los Estados Unidos, a un enfoque no belicista del Medio Oriente y a soluciones autónomas de la deuda soberana como la desplegada por la Argentina.

Uno de los argumentos para enojar a los votantes será convencerlos de que el acuerdo de ayer santificó a los ayatolás y a sus aliados internacionales, como Hamas y Hezbolá, cuando en rigor se firmó para otra cosa: evitar la construcción de una bomba atómica.

Ayer mismo un artículo de Noah Rothman en la revista ultraconservadora Commentary, que alcanzó su máxima influencia en los años de Ronald Reagan y hoy cuenta en su directorio con la presencia de Singer, anunciaba de modo amenazante que “los congresistas que apoyan este acuerdo (o, más precisamente, los que apoyan la búsqueda de una herencia exitosa por parte del presidente) deben saber que les espera un largo y cálido verano de confrontación con votantes enojados”.

Y la semana pasada el columnista Jonathan Tobin dijo que la recomendación hecha por Cristina Fernández de Kirchner de leer El mercader de Venecia debía ser castigada con un trato frío por parte de los líderes extranjeros de aquí al 10 de diciembre.

Un verano allá y un invierno acá: cualquier estación es buena para que los delirantes de pongan la ropa de combate.

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