EL MUNDO › OPINION

Nada fue igual después de él

 Por GABRIEL PURICELLI *

Augusto Pinochet hubiera sido uno más entre los muchos dictadores sanguinarios que subvirtieron la democracia en los países de América del Sur en entre los ’60 y los ’80 si no hubiera sido el único que tuvo éxito en la refundación social de su país. Mientras sus pares se concentraban en librar la última batalla de la Guerra Fría, asegurando las fronteras ideológicas del área de influencia estadounidense mediante la eliminación de los liderazgos de los movimientos populares, vistos como avanzadas de la penetración soviética, el tirano de Santiago iba más allá y ponía en práctica (del modo más acelerado y radical que se hubiera conocido) las tesis de Milton Friedman. Pinochet no sólo desmontó a sangre y fuego la experiencia de la vía democrática al socialismo que Chile había comenzado a emprender bajo el liderazgo de Salvador Allende, sino que liquidó las bases del Chile republicano que había permitido el acceso al gobierno por medios democráticos de la Unidad Popular. Fue el único de los gorilas sudamericanos en imponerle al país una nueva Constitución (propósito en el que los uruguayos, que también lo intentaron, fracasaron) y todo un andamiaje legal que ha dejado, hasta el día de hoy, amarrada a la transición democrática que le sobrevino en 1989. Fue también el único que logró asegurarse un lugar en el Estado, una vez que se vio forzado por el movimiento democrático a dejar la jefatura de éste: permaneció al frente del ejército hasta hace sólo nueve años.

Que haya una minoría que lo llore públicamente es la postrera indicación del culto a la personalidad (también en esto fue único) que instituyó. Que esta minoría sea hoy tan minoritaria no es consecuencia simplemente del abandono oportunista de esos dirigentes de la derecha que lo frecuentaban hasta hace muy poco, sino el paradójico resultado del arraigo profundo que lograron en Chile los valores que su régimen logró instilar. Promotor de una moral en la que la mercancía es el bien supremo, Augusto Pinochet debería ser el último en sorprenderse de que muchos de quienes lo admiraban, asesino y todo, no vayan a sumarse a su cortejo fúnebre, heridos al enterarse de que él y su familia fueron corruptos y ladrones.

* Coordinador, Programa de Política Internacional Laboratorio de Políticas Públicas.

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