EL MUNDO › UN PAIS CONDENADO AL DESASTRE

Galletitas de barro

 Por Andrew Buncombe *

La reiteración de desastres naturales que ha soportado Haití en los dos siglos desde que logró la independencia de Francia muestran la vulnerabilidad de la nación caribeña ante las fuerzas extremas del clima. Lo que ocultan es el mayor impacto perjudicial de la intervención extranjera que aseguró que la gente común de Haití –el país más pobre en el hemisferio occidental– permanezca empobrecida. Tal situación dejó al país vergonzosamente mal equipado para evitar y lidiar con calamidades como la que enfrenta actualmente.

En Haití, a sólo 90 minutos de vuelo desde Miami, la democracia raramente tuvo una oportunidad. Entre 1956-1986, el país estuvo dominado por el dictador asesino François “Papa Doc” Duvalier y su apenas menos autoritario hijo, Baby Doc. Cuatro años después que Baby Doc huyera a Francia, un joven y dinámico sacerdote católico llamado Jean-Bertrand Aristide llegó al poder en una elección democrática con casi el 70 por ciento de los votos. Pero su teología de liberación y su deseo de aumentar el sueldo promedio de los trabajadores no le cayeron bien a la pequeña elite del país o a sus partidarios en Washington; fue derrocado dos años después por un golpe apoyado por la CIA.

Aristide regresó al poder con la ayuda de los marines de Estados Unidos despachados por la administración Clinton, y luego fue reelecto por un segundo término. Sin embargo sus esfuerzos por aumentar los sueldos en un país que se había convertido en una fábrica explotadora de trabajadores para la industria de la indumentaria en Estados Unidos, y su negativa a ceder a las exigencias del Banco Mundial y del FMI, enojaron nuevamente a sus opositores. En 2008, Estados Unidos –que ahora está enviando fondos de emergencia– bloqueó más de 500 millones de dólares en asistencia internacional.

Cuatro años más tarde, Aristide fue nuevamente obligado a dejar el gobierno por una coalición de intereses comerciales y ex soldados, apoyados por elementos de la administración Bush y el Partido Republicano. La falta de inversiones ayudó a crear un país en el que tres cuartos de la población vive con menos de dos dólares por día. Sólo el sub-Sahara de Africa es más pobre y sólo Somalia y Afganistán sufren un déficit peor de calorías. En los mercados, las galletitas hechas de barro y sal horneadas al sol son vendidas a los más pobres de los pobres.

Mientras, menos de la mitad de la población de ciudades como Puerto Príncipe, donde los pobres están apretujados en villas miserias controladas por bandas tales como Cité Soleil o en campamentos precarios fácilmente inundables, tiene acceso al agua potable. Las casas baratas construidas sobre las empinadas laderas apenas pueden aguantar una lluvia tropical, ni hablar de un terremoto.

Esta pobreza afecta directamente el paisaje. A diferencia de su vecina República Dominicana, a Haití le queda menos del 2 por ciento de sus bosques; la mayor parte fue talado para exportar o para la industria carbonífera. Cuando un huracán golpeó a Haití hace dos años, más de 1000 personas murieron alrededor de la ciudad de Gonaives, mientras en Cuba –donde las tormentas son más fuertes– murieron muchos menos. En Haití, la ausencia de árboles hace que las inundaciones barran el área.

Mucho se escribirá sobre el “pasado caótico” de Haití y su status como “estado fallido”. Hay muchas razones para haber llegado a esa situación; pero pocas tienen que ver con el golpeado pueblo de Haití.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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