EL MUNDO › OPINION

La delgada línea verde

 Por Fran Sevilla *

La Línea Verde de Beirut, la que delimitaba la separación entre los barrios cristianos, en el Este, y musulmanes, en el Oeste, fue durante años algo más que una línea divisoria: era el símbolo del odio secular que incapacitaba a los libaneses para convivir entre sí, separados irreconciliablemente por credos y por intereses políticos propios y ajenos. Aventurarse en aquellos días por las zonas aledañas, cruzar la Línea Verde era adentrarse de lleno en el submundo de una guerra que se movía en círculos concéntricos, un laberinto sin fin. Los acuerdos de Taif que pusieron fin a la guerra civil en 1990 restablecieron un equilibrio que durante 15 años ha permitido creer que el fantasma de la guerra se había alejado definitivamente y la Línea Verde quedó olvidada, oculta tras los nuevos edificios con los que se intentó borrar el pasado. Pero como las viejas cicatrices, como los huesos fracturados, la Línea Verde no ha dejado de existir y hoy envía señales de aviso a todo el sistema nervioso libanés.

El asesinato de Pierre Gemayel, heredero de una de las dinastías político-militares más influyentes, y también más belicosas, del Líbano, supone el golpe más duro que ha recibido en estos años ese frágil equilibrio fraguado en Taif. Entre otras cosas porque en la localidad saudí no se estableció un nuevo equilibrio sino que se reimpuso el viejo, el que determinaba un reparto confesional del poder, ahondando el distanciamiento entre las distintas comunidades. El asesinato de Gemayel lleva implícita la resurrección del fantasma de la violencia. El abuelo de Pierre Gemayel, del mismo nombre, fue el fundador de las kataeb, las temidas falanges cristianas. Un enfrentamiento con musulmanes y palestinos, en 1975, fue la chispa que incendió el polvorín de la guerra civil. Ahora es previsible que se clame venganza y las venganzas en territorio libanés son sangrientas.

Mucho se va a especular sobre quién está detrás de este asesinato. Como primer sospechoso aparece Siria. Gemayel, manteniendo la postura tradicional de su familia, era claramente antisirio. Pero resulta difícil saber qué beneficio sacaría Damasco con su asesinato en un momento en el que su influencia en Medio Oriente volvía a subir puntos tras la derrota republicana en Estados Unidos y la nueva aproximación de Washington a Siria e Irán. En cualquier caso, nada es descartable en esta región del planeta. La política en la región se mueve por complicados vericuetos en los que, a menudo, faltan claves suficientes para entender qué hay detrás de cada paso, de cada asesinato.

Lo único cierto es que el fantasma del odio confesional, sectario, de la guerra civil en el Líbano vuelve a tomar cuerpo. En 1975 el periodista Edouard Saab afirmó: “felices tiempos en que se podía elegir entre la bolsa o la vida”. Un año después había perdido ambas. Muchos libaneses estarán ahora pensando algo parecido.

* Encargado de Medio Oriente en Radio Nacional de España.

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