EL PAíS › DIALOGO SOBRE LA COYUNTURA CON EL FILOSOFO POLITICO ERNESTO LACLAU

“Un gobierno nacional y popular debe redistribuir el ingreso”

Es un referente argentino de las ciencias sociales, con muchos años de trabajo y residencia en Gran Bretaña. Su último libro trata del populismo, al que reivindica como herramienta para entender nuestra política y conflictos como el de las retenciones agropecuarias.

 Por Mercedes López San Miguel

Ernesto Laclau, filósofo político, autor de La razón populista, obra en la que reivindica el término populismo –y está siendo traducida al chino, además del italiano y francés– viene todos los años a Buenos Aires, desde 1984. Laclau dejó por un mes su residencia en Londres, donde vive desde hace más de 30 años, para venir a dictar el curso de posgrado “Identidad, diversidad, política”, en la Universidad Nacional de San Martín. “Un gobierno que se precie de ser nacional y popular lo menos que puede hacer es redistribuir el ingreso. Yo creo que el gobierno de Cristina no tiene que ceder en la cuestión de fondo de las retenciones”, advierte ante Página/12 este referente argentino de las ciencias sociales.

–¿Cómo interpreta la actual coyuntura en Argentina, una suerte de dicotomía de lo nacional popular y el campo?

–Estoy a favor de las retenciones. Un gobierno que se precie de ser nacional y popular lo menos que puede hacer es redistribuir el ingreso. El peronismo clásico tuvo su forma de hacerlo y si la Argentina fuera transformada en un monocultivo de la soja las perspectivas económicas de largo plazo serían serias. De lo que se trata es de diversificar la producción lo más posible, en primer lugar, para que haya un mercado interno a precio razonable y, en segundo lugar, para tener una defensa frente al mercado mundial, especialmente ahora que hay una crisis en EE.UU. Desde el punto de vista global de una política económica, las retenciones se justifican. Hay que hacer la distinción que se está haciendo entre grandes y pequeños productores. Y la protección al pequeño productor tiene que encararse con toda seriedad. Yo creo que el Gobierno no tiene que ceder en la cuestión de fondo de las retenciones, puede hacer una serie de concesiones a los medianos y pequeños productores. Si cediera, el Gobierno quedaría debilitado

–¿Por qué generaron tanta reacción cada uno de los discursos de la Presidenta?

–Yo no creo que la reacción se justifique solamente por criterios económicos encontrados: las fuerzas que fueron derrotadas en las elecciones el año pasado se realinearon y tratan de adquirir de nuevo influencia política, por medios bastantes dudosos.

–¿No se trata de fuerzas muy heterogéneas, con un mensaje fragmentado?

–La oposición al gobierno de Cristina no tiene un discurso claro. Hay una serie de prejuicios que se agitan aquí y allá: Carrió, Macri. Hay que decir que Macri está más cauteloso, pero Carrió está con la sangre en el ojo.

–Cristina Fernández fue recurrente al referirse a su condición de mujer. ¿Eso la favorece o no?

–En el caso de ella, no insistiría tanto con ese tema. Porque no creo que le añada algo al Gobierno. Obviamente que hay un cierto handicap que una mujer en política va a tener que pasar, pero hay tantas mujeres en política hoy día...

–Retomando su concepto de populismo como construcción de lo político, en este momento ¿qué populismos vemos en la región?

–Vemos populismos en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Argentina en cierta medida. Estuve el otro día en Plaza de Mayo y ahí eso era populismo en el buen sentido. Y de otro lado hay regímenes totalmente institucionalistas como el uruguayo y el chileno, en los que la interpelación a las masas ocupa un lugar mínimo. Pero una sobreinstitucionalización no me parece necesariamente algo bueno: conduce a que no tenga lugar la movilización espontánea de las masas.

–La palabra populismo para usted no es peyorativa.

–Populismo se refiere a la constitución del pueblo como agente colectivo a partir de una pluralidad de demandas sociales. Estas entran en lo que llamo una relación de equivalencias entre sí y entonces surge el pueblo como acto colectivo. La política tiene dos lados, por un lado una dimensión institucionalista y una dimensión opuesta, que es el populismo. El institucionalismo tiende a dividir las demandas en demandas puntuales que son absorbidas por el aparato del Estado; al contrario, el populismo tiende a dicotomizar la sociedad en dos planos y, por consiguiente, tiende a constituir a los de abajo como aquellos que se enfrentan al poder. Finalmente alguien viene por afuera del sistema institucional y empieza a interpelar a esas masas. Las dos formas tienen que combinarse en distintas proporciones, depende del contexto de cada país.

–En Bolivia y Ecuador se están dando procesos de refundación: nuevas constituciones, un Estado que interviene. Pero en Bolivia el proceso no está exento de dificultades, con los fuertes reclamos autonomistas. ¿Qué opina?

–Estuve la semana pasada en Bolivia, en La Paz y en Santa Cruz. Yo no creo que el agua vaya a llegar al río. Me da la impresión de que van a ir sorteando los conflictos. Vamos a ver lo que pasa el 4 de mayo con el referéndum de Santa Cruz. No creo que con la ilegalidad lleguen muy lejos. Seguramente lo van a ganar, pero dudo mucho de que puedan crear un sistema legal paralelo. Yo creo que lo van a vivir como un triunfo moral. No hay la menor posibilidad de una guerra civil: el ejército no entraría en esto y lo que sí pueden darse son enfrentamientos de distintos tipos. Si uno compara el populismo boliviano con el populismo venezolano, inmediatamente las diferencias saltan a la vista. El populismo boliviano se basa en comunidades ya existentes, comunidades campesinas, indias y demás, o sea, que el gobierno tiene que negociar con actores sociales que ya están muy constituidos. En el caso de Venezuela, tenemos una realidad social mucho más proteica y gelatinosa. Todo depende mucho más del eje verticalista. La figura de Chávez ocupa una centralidad distinta de la de Evo, éste tiene que articular todo un espectro de fuerzas constituidas.

–Se viene dando una corriente de centroizquierda en el continente... ¿cómo sigue?

–Lo decisivo es que se consolide el Mercosur.

–¿Con la incorporación de Venezuela?

–Sí, sin la incorporación de Venezuela el sistema estaría manco. Porque desde el punto de vista de la independencia energética, su contribución es decisiva (por el petróleo); así como el gas boliviano, en cuanto consigan superar esta crisis. El punto más importante fue la reunión de presidentes de Mar del Plata, cuando se hundió el plan del ALCA. Esto tiene que ver con que están surgiendo nuevos poderes internacionales como China, India, y la influencia de EE.UU. en el mundo está declinando. Tenemos que ir avanzando hacia un mundo multipolar. Para eso, América latina puede jugar un rol en la medida en que se afiance el Mercosur y la unidad regional como poder independiente para negociar con la Unión Europea y las otras potencias.

–¿Cómo ve los movimientos sociales en la región? ¿Cuáles son sus alcances y sus límites?

–Estamos en una situación en Argentina y en otros países del continente en la que los partidos políticos están perdiendo fuerza. Los partidos se formaron como matrices históricas en un período que corresponde a una situación pasada. En este momento son los nombres de figuras políticas que tienden a jugar un papel aglutinador: son los Kirchner, Macri, Carrió y hay un conglomerado de fuerzas disímiles que tienden a agruparse alrededor de estos nombres. Es algo típico que sucede cuando hay una transición de una situación superinstitucionalizada a otra en donde las instituciones clásicas no figuran de la misma manera. Si vas a Bolivia, el rompecabezas de fuerzas opuestas es mucho más complejo aún que el caso argentino. En Argentina hubo un enorme desarrollo horizontal de los movimientos sociales después de 2001. Eso no se tradujo en una acción inmediata sobre el sistema político, porque el lema era “que se vayan todos”, pero la desventaja es que si se van todos, alguno se va a quedar. Y si ese uno no ha sido elegido por nadie, no va a ser necesariamente el mejor. Cuando llegamos a las elecciones de 2003, el grado de participación popular fue muy bajo y las cosas salieron bien porque el elegido fue Kirchner. Y Kirchner ha hecho un esfuerzo sostenido para que el eje horizontal de la protesta social –al cual se negó a reprimir y, al contrario, afirmó en varias formas– se traduzca en el eje vertical del aparato del Estado. Es decir, esos dos elementos tienen que convivir para que haya un régimen político democrático.

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Imagen: Gustavo Mujica
 
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