EL PAIS

Entre los matices de la historia

Democracia, paternidad y muerte

Por Eduardo de la Serna *

Frente a la muerte, parece que todos los grises se diluyen y todo pasa a ser blanco o negro. Y reclamar derechos humanos por delincuentes asesinados es perverso, o cuestionar cosas de muertos honorables es casi criminal.

Murió Alfonsín, y se empiezan a escuchar todo tipo de elogios: de los sensatos, los verdaderos, los exagerados y los falsos de toda falsedad. El que más se escucha es el de “padre de la democracia”. Y no se escuchan comentarios críticos, casi como si hacerlo fuera un atentado a la misma democracia. Y personalmente quisiera decir algo.

No lo voté a Alfonsín, y me angustié cuando ganó. Toda mi vida creí y sigo creyendo que los radicales hablan bien, son honestos, pero no sirven para gobernar. Y no es lo mismo ser honesto que ser ejecutivo. Esto no me transforma en abanderado del “roban, pero hacen”, aunque ese dicho algo indica.

Pero debo decir que “padre de la democracia” me parece excesivo ¡y falso! La democracia fue engendrada por una larga lista de cosas: desde errores abominables de la dictadura (desde lo económico a la guerra de Malvinas), el genocidio, que traspasó las fronteras, la lucha externa e interna por los derechos humanos e incluso las luchas sindicales, políticas y sociales (la huelga del 30 de marzo de 1982, la multipartidaria, “las urnas están bien guardadas”, etc.). Todo esto podría resumirse en decir “la gente”, “el pueblo” o como se prefiera, ellos son los padres de la democracia.

Sin duda alguna, Alfonsín fue un artífice importantísimo en la recuperación de la democracia, pero en un primer momento la multipartidaria –conformada por el PJ (Bittel), UCR (Alfonsín, Contín), PDC (Auyero, Cerro), PI (Alende) y el MID (Frigerio, Frondizi) y la CGT Brasil (Ubaldini)– tuvo una activísima participación en dicha recuperación. Cuando ya la democracia era inminente, Alfonsín rompió la multipartidaria, porque parecía que servía a su proyecto político, como lo fue también la denuncia nunca comprobada del pacto militar-sindical. Muchos afirmarán hoy que fue lo mejor que nos podía pasar, ya que Luder no garantizaba la vigencia de los derechos humanos (había hablado de la imposibilidad de derogar la autoamnistía militar). Es probable, aunque nunca podríamos saberlo sin entrar en política-ficción. Simbólicamente, su decisión de asumir el 10 de diciembre, día de los derechos humanos, fue impecable. E índice de lo que vendría. El juicio a las juntas militares fue un paso importante, aunque muchos creemos que no se quería pasar de allí (¿por qué el general Harguindeguy no entró en ese juicio?, ¿deudas de ex compañeros de liceo militar?). Las leyes de obediencia debida y punto final parecen demostrarlo.

El enfrentamiento a un mismo tiempo a los militares, a los poderes económicos, a los sindicatos, la Iglesia, los organismos de crédito parece una insensatez política. Los resultados parecen demostrarlo: un sindicalista terminó ministro de Trabajo, el Plan Austral y el Plan Primavera, la “tablita”, los créditos del FMI, las leyes de impunidad... El poder se fue licuando a cada momento, lo que no impedía que surgieran cosas importantes: la paz con Chile y el nacimiento del Mercosur fueron emblemas de esto. Pero también lo fue la hiperinflación, lamentablemente. Y el abandono anticipado del poder.

Es cierto que después vino el menemismo, y la Alianza. Esto merecería también un análisis. La corrupción encarnada y la ineficacia e inacción personificadas fueron emblemas, pero fueron también muchos votos de apoyo (igual a ¿democracia?). Pero también de “aprender a los golpes”.

En tiempos duhaldistas, Alfonsín fue senador. Y podemos recordar que fue él el fotografiado cuando ante el nombramiento de un juez decía “cajonear”, y fue él quien se burló de nuestra inteligencia “explicando” que “cajonear quiere decir investigar, activar...”. También fue el del Pacto de Olivos, es decir, el que cedió ante el menemismo que avanzaba impunemente contra la Constitución nacional. ¿Que en el “Pacto” logró cosas interesantes como el Consejo de la Magistratura y la incorporación de los tratados internacionales a la Constitución? No hay dudas. Y también logró el tercer senador para que el radicalismo –en vías de extinción– no desapareciera.

Se afirma que fue un demócrata. ¡Creo que es indudable que lo fue! Que fue honesto, ¡no lo dudo! Una persona de convicciones... Personalmente estoy de acuerdo con eso. Pero no me basta: eso no lo transforma, para mi gusto, en un ejemplo, o un prócer. Ver muchos infrapolíticos junto al féretro en estas horas me revuelve las “tripas políticas” (como recordar los festejos del menemismo cuando venció a Kirchner en la primera vuelta, y ver a los indeseables en el hotel Presidente).

Parece que la muerte nos transforma a todos en ángeles o demonios, y este momento tan duro parece que “ensucia” la muerte de personas como Alfonsín si se dicen palabras críticas a su persona. Murió una persona honesta, un político de raza (con sus virtudes y defectos políticos), un símbolo de la democracia. Pero no acepto que me digan que era “el padre de la democracia”, porque no lo era, no lo reconozco como “mi padre”, y quiero una democracia mucho mejor que la que él nos dejó: una democracia con la que de verdad “se coma, se eduque y se trabaje”.

* Movimiento Carlos Mugica de sacerdotes en la opción por los pobres.

A la izquierda de la sociedad

Por Sergio Bufano *

En los primeros años de la recién recuperada democracia, el destacado intelectual José Aricó decía a Página/12: “Alfonsín está a la izquierda de la sociedad”. Era una afirmación temeraria porque ya en esa época todos los partidos de izquierda mostraban su furia contra el gobierno elegido en 1983. ¿Era cierta esa frase?

Si echamos una mirada hacia atrás, podemos afirmar que Aricó no estaba tan desacertado. Comencemos por los datos y luego veamos los supuestos. El 40 por ciento de la sociedad había votado al doctor Italo Luder, a sabiendas de que el Partido Justicialista, a través de su dirigente, había aceptado la amnistía general dictada por la dictadura para protegerse a sí misma, vale decir, a todos los genocidas. Salvo que supongamos que los votantes peronistas son cándidos o distraídos, el hecho irrefutable es que ese 40 por ciento votó por la amnistía.

Y vamos a los supuestos: del 52 por ciento que votó por Raúl Alfonsín, ¿cuántos estaban verdaderamente dispuestos a que se juzgara a los responsables de la matanza? Nunca lo sabremos, pero bien podemos suponerlo. Hasta ese momento, los organismos de derechos humanos habían estado solos en su lucha; las Madres de Plaza de Mayo habían desfilado desafiando a la dictadura sin la compañía de la sociedad, que las miraba indiferente y en algunos casos hasta se mofaba de ellas.

Los obreros, proletarios, o como se quiera llamar a los trabajadores del país, no sólo eran ajenos a la lucha de los organismos y de las Madres, sino que ni siquiera participaron de sus movilizaciones. La dirigencia obrera congregada en una de las dos CGT de aquellos años había expulsado a empujones a las Madres al grito de “ni yanquis ni marxistas, peronistas”.

No vamos a hablar de las otras entidades de la sociedad civil, porque no se nos ocurriría pedir peras al olmo. Solamente una mención de bocas cerradas: Sociedad Rural, Unión Industrial, Iglesia Católica, Carbap, Coninagro, CGT.

Nadie, salvo las Madres, los organismos y minoritarios grupos de izquierda parecían estar dispuestos a llevar a los criminales al banquillo de los acusados. No hubo, salvo en la fantasía de nostálgicos que construyen pasados gloriosos, movilizaciones verdaderamente importantes para exigir el castigo.

Y, aunque sea doloroso recordarlo, hubo mucha más gente vivando al dictador Videla en Plaza de Mayo cuando Argentina ganó en 1978 el Mundial de Fútbol que en aquella emocionante marcha de las Madres en diciembre de 1983. Y sigamos con el dolor: una multitud fue la que acompañó al dictador Galtieri el 2 de abril, con la aventura de Malvinas.

Y todavía más recuerdos humillantes: los familiares estaban solos cuando la Comisión de Derechos Humanos de la OEA vino a la Argentina para investigar las desapariciones. El “pueblo”, término que se presta para todo, seguía entusiasmado a un locutor de fútbol que gritaba “los argentinos somos derechos y humanos”.

“Alfonsín está a la izquierda de la sociedad”, decía Aricó, y creo que tenía mucha razón. Porque, aunque las fotografías disimulen, no era una multitud la que acompañó en la Plaza a los miembros de la Conadep cuando entregaron al presidente de la Nación el informe final donde se narraba el desgarrador relato de siete años de tiranía.

Es cierto que la historia contrafáctica carece de sentido. Pero bien podemos preguntarnos: si Raúl Alfonsín llamaba a una consulta popular para decidir si se juzgaba a los militares, ¿cuál hubiera sido el resultado?

Uruguay, Brasil, Chile, Paraguay, todos los países de América latina trataron de tapar, fuera mediante consultas o dejando pasar el tiempo, la historia sangrienta a la que habían sido sometidos. No había antecedentes ni en Latinoamérica ni en el mundo.

En Italia, luego de la caída de Mussolini, fue Palmiro Togliatti, secretario general del Partido Comunista, el que promovió en 1948 la amnistía a los criminales fascistas. En España, cuando murió Franco, Adolfo Suárez impulsó la amnistía general con la aprobación de la mayoría de los partidos políticos.

En todos los casos se decidió “mirar hacia delante” y ocultar bajo la alfombra los trapos manchados de sangre. ¿Por qué? La explicación es sencilla: porque había miedo.

En los años ’80, los hoy octogenarios represores tenían mando de tropa, tenían armas, tenían cuarteles bien abroquelados y tenían a un líder llamado Aldo Rico. No era sencillo juzgarlos y meterlos presos.

Eso, entre otras cosas, reivindico del doctor Raúl Alfonsín: con una sociedad atemorizada –y en muchos casos sospechosa– se atrevió a avanzar con la Conadep y con el Juicio a las Juntas. No está nada mal para la historia argentina, acostumbrada a amnistías y olvidos que dejaron impunes a los criminales.

* Escritor y periodista, codirector de la revista Lucha Armada en la Argentina.

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Imagen: Télam
 
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