EL PAíS › EL EX SARGENTO VíCTOR IBáñEZ CONTó CóMO VIO AL NEGRITO AVELLANEDA, SECUESTRADO POR EL EJéRCITO

“Estaba encapuchado y en mal estado”

El suboficial estuvo asignado en El Campito, donde le acercó comida al chico de 15 años secuestrado junto a su madre. Lidia Biscarte, sobreviviente, contó cómo fue torturada y también declaró la Madre de Plaza de Mayo, Nora Cortiñas.

 Por Adriana Meyer

“Ay, mami’, balbuceó Floreal Avellaneda cuando se abrió la puerta del cuartito. Estaba encapuchado y en muy mal estado.” Así describió el ex cabo Víctor Ibáñez su encuentro con el Negrito Avellaneda, que tenía 15 años cuando fue secuestrado en 1976, durante una nueva jornada del juicio oral por el asesinato de este joven y el secuestro de su madre, Iris Avellaneda. También declararon Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo que fue aplaudida al bajar del estrado; los coroneles retirados Horacio Ballester y José Luis García, del Cemida (Centro de Militares para la Democracia), que describieron la doctrina que organizó el genocidio y el rol de la Junta Interamericana de Defensa, de la que el imputado Omar Riveros fue parte, y la dirigente sindical Lidia Biscarte, sobreviviente de El Campito. “Me torturaron tanto que no podía hablar, me tiraron a una pileta de natación donde había muchos compañeros muertos”, dijo quebrada entre lágrimas. Contó que había sido violada y pidió perdón a sus hijos porque nunca se los había dicho. El público lloró con ella.

Ibáñez ya había roto el pacto de silencio el 25 de abril de 1995, cuando su testimonio sobre lo que vivió entre los genocidas apareció publicado en el diario La Prensa. Un día más tarde, el entonces comandante en jefe del Ejército, Martín Balza, hizo su primer reconocimiento público de las atrocidades cometidas por su arma durante la dictadura. Ibáñez era un cabo talabartero que estuvo a cargo de tareas de logística y atención a prisioneros que pasaron por El Campito, uno de los centros clandestinos que funcionó en Campo de Mayo entre 1976 y 1980. Llegó hasta el grado de sargento, pero le dieron la baja por “rebeldía”. En la audiencia describió que su función era atender el radio, un teléfono, buscar el desayuno y el almuerzo de los detenidos. Precisó que las construcciones de la plaza de tiro eran muy antiguas, con decena de piezas pequeñas, galpones, un baño, una caldera, una piscina y varios quinchos. “Los detenidos estaban en los galpones, encapuchados y en colchones o colchonetas o trapos, y la radio estaba en el mismo edificio donde trabajaban (sic) los torturadores”, dijo Ibáñez en su testimonio. Como en sus relatos anteriores, describió a los represores: Jorge Vozo, alias “Ginebrón”; Fernando Verplätsen, que se reunía con oficiales y torturadores; y Santiago Riveros, quien iba a supervisar.

“Me comentaron que al chico Avellaneda lo había mordido un perro”, dijo mientras lo interrogaba la fiscalía. Le preguntaron si estaba seguro de haberlo visto. “Me ordenaron llevar la comida a alguien en un cuartito, que estaba con candado. Un gendarme vino a abrir la puerta con una detenida que era enfermera y tenía una caja de primeros auxilios. Al fondo, parado y vestido, estaba este chico. Quizá la voz de la enfermera lo confundió y mencionó a su mamá”, respondió. Los padres del Negrito, Iris y Floreal, se conmovieron en medio del completo silencio del público.

El ex cabo ya había visto el apellido Avellaneda en unos gráficos que desplegaban los represores, y en unas listas escritas a mano a las que tenía acceso. “La pista de aviación estaba como a dos kilómetros; en una oportunidad vi un avión en el que estaban cargando personas vestidas y encapuchadas, y me comentaron que era un traslado a una base en el sur, pero era vox populi que eran lanzados”, dijo sobre los llamados “vuelos de la muerte”. Como el cadáver del Negrito Avellaneda apareció en las costas uruguayas, es probable que ése haya sido su destino. Una pregunta de la abogada defensora del imputado Alberto Aneto, Elda Berasain, consolidó el testimonio. La letrada quiso saber cómo recordaba sólo ese apellido de las listas. “Porque había una indignación total en los cuarteles, se sabía que había un chico, se lo recriminé a mis superiores”, dijo el ex militar.

A su turno, Cortiñas declaró: “Nos enteramos de lo que le habían hecho al Negrito; para planificar esa tortura indescriptible, los militares, y algún civil, se sentaron a una mesa. ¡Empalar a un chico de 14 años! ¿Cómo no vamos a exigir cárcel perpetua?”.

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Santiago Riveros y Fernando Verplätsen son dos de los generales que están siendo juzgados.
Imagen: DyN
 
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