EL PAíS › CINCUENTA AñOS DE LA MUERTE DE RAúL SCALABRINI ORTIZ

Un hombre solo que esperaba

Gran observador, Scalabrini Ortiz desentrañó al ser nacional. Militó en Forja y adscribió al primer peronismo. Apoyó y criticó a Frondizi.

 Por Cristian Vitale

“Eramos brizna de multitud y el alma de todos nos redimía. La sustancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente.” Se la tenía guardada, Scalabrini. Cuando las masas trabajadoras irrumpieron en la plaza el 17 de octubre de 1945 fue pionero, entre los pocos –pero lúcidos– pensadores que husmeaban en el movimiento popular, en interpretar el sentido profundo de las patas en la fuente: él ya las venía metiendo hace tiempo. Catorce años atrás, al menos, cuando sacaba chapa de gran observador de la realidad humana de su pago con un libro medular: El hombre que está solo y espera. Scalabrini dio en el blanco. No inventó el arquetipo del ser nacional en base a abstracciones o idealismos; a “teorizaciones vacías”, como decía él. Lo sacó de la realidad. Lo observó, sentado en el café, fumando, y lo tradujo al papel con su pluma aguerrida. Es el hombre que intuye, que se burla de los intelectuales, y que espera, aunque no lo sepa, una conjunción de conciencias “similares a la de él” que lo saque de la soledad. Esos “nadie sin nada” que en los ’30 pululaban por bares y fondas, y que después, cuando todo encontró su cauce, emergió bajo otros rostros, “de las Usinas de Puerto Norte, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas, de los pantanos de Gerli y Avellaneda”. A esto, el escritor llamó el subsuelo de la patria sublevado.

Se podría ensayar una multiplicidad de entres para presentar el legado de un hombre que murió hace exactamente 50 años, pero su mirada sobre el 17 de octubre más ese urgente tratado de sociología, enlazados, se convirtieron en centro y disparador útiles para desentrañar los vericuetos de un ser nacional huidizo, que muchos directamente negaron, niegan. Scalabrini no. El lo detectó en Corrientes y Esmeralda. En pleno centro de la Buenos Aires universal y lo conectó con el resto del país. No era el porteño idealizado del tango ni el cajetilla fanfarrón, ni el deseable por los ultramontanos-católicos-nacionalistas de entonces. Era un pasajero en trance, contumaz en su soledad, pero unido al espíritu de la tierra junto a todos los que eran como él. Por el café, el cigarrillo, la charla. Un nigromante del destino que escondía, tras su mirada tosca, la impotencia que le producían la frialdad y el individualismo de un capitalismo herido por la crisis del ’29, pero, aun así, hegemónico. Un ser multígeno cuya identidad inevitablemente unificaba la cosmopolita Buenos Aires: el de todos los puntos cardinales que encontraba su sino en cada esquina.

Hoy, época de resignificaciones políticas y recuperos de una identidad apabullada, Raúl Scalabrini Ortiz emerge entonces como un gigante de espaldas anchas donde treparse y mirar más allá. Primero detectó esa metafísica existencial, la del hombre que está solo, y después la nutrió de un sentido material. La orientó basado en dudas que podían, por supuesto, ser las del común: “¿Cómo es posible que en un país como la Argentina, productor de carnes y cereales, haya hambre?”, fue, por ejemplo, una de las preguntas matrices que dieron pie a su prolífica producción posterior. Muchas delineadas en los cuadernos de Forja, la agrupación radical disidente en la que militó junto a Jauretche y Dellepiane, entre otros. Política británica en el Río de la Plata (1936), obra en la que empieza de cero, luego de sentar las bases existenciales del ser (“Todo lo que nos rodea es falso e irreal, falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas que nos impusieron, falsas las perspectivas mundiales que nos presentan”); El petróleo argentino (1938); Historia del Ferrocarril Central Córdoba (1938); Historia del Primer Empréstito (1939). A través de folletos libres –Los ferrocarriles, factor primordial de la independencia nacional, 1939–, de la revista Servir –“Historia de los Ferrocarriles”, 1938– o del fundamental Política británica en el Río de la Plata, editado en 1940.

“Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera. Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas. Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario”, escribió en uno de ellos. Muestra cabal de su rol como impulsor –de los más convencidos y convincentes– del pensamiento nacional. Cumplía con todos los requisitos para serlo: hablaba de la prensa de la época como órgano del dominio imperialista; entre el eje y los aliados se quedaba con Argentina; había participado de la rebelión yrigoyenista contra Justo en 1933; conocía a Perón –incluso fue quien le sugirió que nacionalizara los ferrocarriles–, pero nunca aceptó cargos políticos; era amigo de Jauretche, Del Mazo y Manzi; era un certero crítico de la sociedad burguesa –desde cuyas entrañas salían los más conspicuos miembros de la intelligentzia–; denunció a la oligarquía y a sus personeros intelectuales; fue el partícipe principal del giro revolucionario que el país dio en 1945 y en 1955, automáticamente, se opuso a la Revolución Libertadora.

Raúl Scalabrini Ortiz había nacido el 14 de febrero de 1898 en Corrientes. Su padre, Pedro Scalabrini, era naturalista y director del museo de Paraná. Cursó Ciencias Exactas –llegó a agrimensor–, bebió de Macedonio Fernández y se introdujo de lleno en la interna entre los grupos literarios de Boedo y Florida. En 1923, antes de trocar política y economía por poesía, publicó La Manga, un libro de cuentos. Luego incursionó en el periodismo. Escribió en El Mundo, Señales, La Gaceta del Sur, Noticias Gráficas, Reconquista, El Líder, De Frente y Qué, desde donde apoyó primero y atacó luego a Arturo Frondizi por sus “concesiones petroleras”. Fue, sin más, un auténtico maldito y, como tal, dejó efectos y enseñanzas. Dijo cierta vez: “No se trata de optar entre Perón y el Arcángel San Gabriel. Se trata de optar entre Perón y Federico Pinedo”, como si estuviera presagiando, una vez más, el presente. Este presente.

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