EL PAíS › ANTICIPO EXCLUSIVO: LA INVESTIGACIÓN DE MIGUEL
BONASSO SOBRE EL TREMENDO DICIEMBRE DEL 2001

El palacio y la calle

Pocas veces un país vive tanto en tan pocos días. El palacio y la calle, el libro que acaba de publicar Miguel Bonasso, retrata cómo fue el irrepetible diciembre del 2001, cuando cayó Fernando de la Rúa. Bonasso investigó la trastienda de la política en el más alto nivel, la verdad sobre la masacre policial en las calles y el papel del radicalismo y el peronismo en el final del gobierno de la Alianza, pero además pudo trazar las historias de vida de los que murieron y las de quienes en medio de las balas evitaron que los muertos fueran aún más. A continuación, fragmentos del libro.

 Por Miguel Bonasso

No sólo el Toba los vio llegar, también otros seis testigos que descansaban en la placita entre Cerrito y la Nueve de Julio. Como el abogado de la CORREPI, Claudio Pandolfi. Llegó a la caravana, con la Ranger a la vanguardia, por la mano de enfrente de la Nueve de Julio, circulando de Constitución al Bajo. Pudo ver, “bien nítido”, al acompañante de la camioneta que “baja con una Itaka y la apoya sobre el techo de la camioneta”. También puede ver que le hace el mecanismo de “pajera”, la carga con el caño hacia abajo, en una suerte de masturbación que precede a los tiros. También puede ver a otro que baja del segundo auto, pero no recuerda qué arma traía, porque intuye que les van a disparar, así, a mansalva, y se mete donde puede, cometiendo el mismo error que Leonardo, el amigo del Tinta Galli: salta el paredón del estacionamiento y tiene el reflejo de quedarse colgado al advertir que hay seis metros hacia abajo. Por fin, estirándose lo más que puede, como un gato, se deja caer sin mayores daños. En ese momento suenan los tiros.
Cae Máquez, el viejo justicialista de San Martín, vomitando sangre; cae el tinta Galli con un balazo en la nuca, pero también otros manifestantes que descansan sobre el cantero: Paula Simonetti, que recibe dos impactos en la espalda. Uno pega en el walkman que lleva dentro de la mochila y le salva la vida. Paulo Córdoba es herido en una pierna. Una vez más, la lista de muertos no aumentará por milímetros.
Se repite la misma metodología: cuando huyen los autos no identificados, a contramano por la calle Sarmiento, avanzan las motos de la policía para cubrirles la retirada y dispersar a los manifestantes enardecidos por el nuevo ataque. Una coordinación que se contradice con la eterna tesis del loco solitario que se excedió por las suyas; en este caso, el comisario Orlando Juan Oliverio, que comanda la caravana desde la camioneta Ranger.
A Oliverio no tenían como salvarlo: Alberto Quintas, uno de los testigos presenciales, lo reconoció en una fotografía. Seis meses más tarde, los desconocidos de siempre le balearon la casa a Quintas.
Una vez más, las modulaciones policiales lo sugieren claramente: a las 19.21,15, el COF 2 (Weber) se comunica con la DGO y le informa textualmente: “Bueno, ahí sobre la Nueva de Julio hay tiradas dos personas, eh..., casi inconscientes eh... el personal policial fue agredido sin consecuencias para esta..., con este móvil, QSL?”. El subcomisario Weber está en el lugar en el peor momento. Tal vez en el patrullero del que se baja un policía para disparar al Toba mientras auxilia al chico de las rastas. Las cámaras del canal policial registran la entrada de la caravana a las 19.20. A las 19.21,40, sugestivamente, la cámara de Canal 4 hace un brusco paneo en dirección a la plaza del Obelisco y regresa en pocos segundos para captar la fuga a contramano por la calle Sarmiento. A las 19.21,15, el subcomisario Weber ha visto ya dos personas tiradas en el piso. Lo cual parece señalar a Galli y Márquez, antes que a los otros heridos: Paula Simonetti y Paulo Córdoba. Tras la modulación con Weber, el operador de la DGO (Passi) informará a la red: “El COF 2 ahí está con inconvenientes a la altura de 9 de Julio y Sarmiento ya..., ya se retiró del lugar pero hay un grupito que huyeron en desbandada cuando Olivero y sus hombres les dispararon a mansalva y regresan ahora para putear a los asesinos, como se puede ver en las cámaras del Ojo Obrero, una de las tantas coberturas alternativas que recorrieron las calles durante la masacre. Putean al móvil, con inconvenientes según la metodología de la modulación.
Las imágenes del Canal 4 policial, sumadas a las de Ojo Obrero y ADOC (Asociación de Documentalistas) y ocho testimonios directos y coincidentes, permitieron procesar a cuatro policías: el comisario Oliverio, Carlos José López, Ariel González Firpo Castro y Eugenio Figueroa. En sus indagatorias negaron usar postas de plomo en las escopetas 12/70; arguyeron que habían tirado con balas de goma y sólo al aire. Se demoraron relatando su actuación frente al incendiado McDonald’sde la Avenida Corrientes (que ocurrió una hora después) y pasaron a vuelo de pájaro por el lugar y la hora del crimen. Sin ver, naturalmente, a Márquez y Galli tirados en el cantero, como sí los vio el subcomisario Weber. Para explicar su precipitada huida a contramano por la calle Sarmiento, dijeron que era a causa de los disturbios y la agresión de los manifestantes. Los disturbios ocurrían a cien metros, en el Obelisco y los manifestantes recién insultaron a la policía cuando se enteraron de que, una vez más, había heridos de bala y muertos.
De la Rúa kaputt. El gobierno de la Alianza comenzó reprimiendo y terminó reprimiendo. Debutó con los dos muertos de Corrientes y se despidió con los treinta y tres que cayeron el 20 de diciembre. Todos ellos, sacrificados en el altar de la renta financiera.

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