EL PAíS › EL HAMBRE EN TUCUMAN 1983-2002

Donde nada cambió

Al final de la dictadura militar, la provincia mostró las primeras imágenes del desastre social: los chicos se morían de hambre. Veinte años después, los que sobrevivieron son los padres de los desnutridos de hoy. Página/12 visitó el Hospital del Niño Jesús de la capital tucumana y lo encontró igual a como era en 1983: un desastre de abandono, suciedad y carencia.

 Por Felipe Yapur

“Ya se va para los cielos
ese querido angelito
a rogar por sus abuelos
por sus padres y hermanitos.
... cuando se muere la carne
el alma se queda oscura...”
Violeta Parra

En 1983, en los estertores de la dictadura militar, Tucumán mostró una de las primeras imágenes de las consecuencias que arrojó el modelo de exclusión social y concentración de la riqueza que se impuso a fuerza de secuestro, tortura y genocidio. Eran rostros de niños flacos, tristes y de estómagos edematizados, postrados en camas de un hospital –el Niño Jesús– que se venía abajo, que morían y que las autoridades militares de esa época ni siquiera prestaban atención. Detrás de esos chicos había padres y madres sin trabajo, sin esperanza que habían soportado la crisis económica y el hambre que provocó el onganiato en los sesenta. Muchos de esos niños, los que sobrevivieron, hoy son los padres de los desnutridos que por estos días se mueren en el mismo hospital al que hace 20 años nadie repara ni reacondiciona y que tampoco le quita el sueño al gobernador Julio Miranda, a pesar de las 14 víctimas que se cobró la miseria que ahoga al 60 por ciento de los tucumanos.
El Hospital del Niño Jesús es una mole de tres pisos que se yergue en uno de los costados de la plaza San Martín. Hasta allí llega buena parte de la población infantil de la capital tucumana y su periferia. Está en lo que se conoce como barrio sur de la ciudad y tiene el raro privilegio de haber recibido y atendido a tres generaciones de desnutridos de tucumanos. El hospital está, salvo algunas pequeñas ampliaciones, tal como se inauguró en 1959 durante el gobierno radical de Celestino Gelsi, ese que durante una huelga de empleados públicos le gritó “alcahueta” a una empleada que encontró trabajando en la Casa de Gobierno.
Desde entonces, poco y nada cambió en el edificio. Tan poco que todavía hoy es posible ingresar al baño de las médicas, que está ubicado en el subsuelo, y ver que el techo está roto y goteando, los inodoros inutilizados y un par de duchas que nadie se atreve a abrir, como lo vio y fotografió la revista Gente en abril de 1983. “A ningún gobierno le interesa el hospital, sólo se acuerdan para las elecciones o cuando se produce una crisis como la de estos días. Hoy las autoridades médicas deben priorizar la atención y el servicio a la reparación y mantenimiento del edificio”, repiten a coro los médicos del principal centro de atención pediátrica de la provincia. Pero sin duda, donde más repercute la crisis del hambre en Tucumán es en la guardia de emergencia.
Veinticuatro horas
Jueves 28 de noviembre, el reloj de la guardia del Hospital del Niño Jesús marca las 22.00. En la planilla de pacientes atendidos ya inscribieron al número 267. El estrecho pasillo está atestado de madres con bebés en brazos, niños pequeños que revolotean alrededor de sus mayores, padres que se amontonan y se asoman a una pequeña ventanilla desde donde una enfermera grita el apellido del próximo paciente. Atrás, apenas a un metro, están las cuatro camillas donde los médicos y practicantes atienden uno tras otro a los pequeños. Las camillas no descansan, están permanentemente ocupadas, calientes. Lo único que rompe ese cuadro en movimiento es la computadora. Apagada, sin teclado y donde el monitor hace las veces de un espejo que arroja sólo imágenes grises. La pediatra Susana Romero de Rogel es una de las jefas de la guardia. Hay sudor en su rostro, retira los auriculares del estetoscopio de sus orejas, tira su cuerpo para atrás y suspira. Hace 14 horas que está atendiendo. “Hoy está tranquilo”, asegura mientras en la camilla de al lado, una mamá se esfuerza por contener a su bebé que se empecina en arrancarse la pequeña aguja que le introduce suero en su cuerpecito.
La tranquilidad que destaca Rogel no implica silencio. Incluye llantos, quejidos, vómitos, consultas y un permanente ir y venir de padres, madres, niños, médicos, enfermeros, personal de limpieza y, en esta oportunidad, periodistas. En conjunto, la denominada “guardia tranquila” del jueves es un constante bullicio que brota de la planta baja del hospital, que trepa hacia los pisos superiores y que invade la oscura plaza que lo rodea.
La pediatra, que el próximo martes cumple 23 años de médica, está sentada en una banqueta al lado de una camilla. Ausculta a un movedizo bebé. Cuando termina, mira a Página/12 y dice mientras le acaricia la cabeza al niño: “Nosotras los atendemos, los estabilizamos, los medicamos y recomendamos a las mamás sobre cómo prevenir las enfermedades, que hay que lavarse las manos y hervir la mamadera. Pero ellos en sus casas no tienen ni siquiera agua potable ni baños. Las causas de las enfermedades de estos chicos residen en la miseria y en la exclusión. Mientras no haya trabajo, seguirá habiendo hambre y desnutrición”.
Así como la falta de trabajo es garantía de hambre en Tucumán, una internación en el hospital es garantía de comida diaria. “Muchas madres quieren que se interne a su hijo así comen los dos y se quedan hasta que está curado del todo. Entonces no hay lugar para otros”, señaló Analía Fernández, médica también de la guardia.
Será por la cantidad de gente que puebla la guardia que todos los ambientes parecen chicos o escasos. Las dos salitas destinadas a atender a los casos más complicados son utilizadas para una especie de pre internación hasta que se desocupe una cama en las salas de los pisos de más arriba. Es que las 200 camas están todas ocupadas y, cuando es necesario, bien valen los sillones de las salas para que sean ocupados hasta que se desocupe una de las cunas.
“El problema está en el sistema. Los Caps no funcionan como corresponden, entonces la gente viene hasta el hospital que termina por saturarse”, sostiene Mario mientras analiza una radiografía y se prepara para rendir su última materia. Señala que la falla en la atención de los dispensarios provoca que patologías menores que van desde resfrío, picaduras hasta anginas terminan siendo atendidas por la guardia cuando debería limitarse a atender las emergencias. “Así no hay hospital que aguante.”
Lágrimas en la oscuridad
A diferencia de la guardia, en las salas de los tres pisos restantes del hospital lo que predomina es el silencio que se rompe tan solo por uno que otro llanto. La gente que puebla los anchos y apenas iluminados pasillos camina con cuidado buscando el mejor lugar para pasar la noche. Los papás prefieren el descanso de las escaleras. La madres, en cambio, duermen al lado de las camitas que utilizan sus hijos o, cuando es posible, comparten el estrecho lecho.
En las salas de internación hace calor, es un calor pegagoso, húmedo. Esta noche del subtrópico tucumano es mezquina en vientos y los ventiladores de techo no dan abasto. Adelina Jerez tiene 25 años, soltera y con tres hijos. Normalmente vive en Leales, una localidad del este tucumano donde dejó a sus otros hijos al cuidado de su madre. Está sentada sobre la cama de Diego, su hijo de 2 años, desnutrido y que dormita molesto por la fiebre. Adelina levanta su escuálido brazo derecho y extiende una mano de largos dedos. En sus ojos hay bronca: “No quiero fotos. No quiero que le tengan lástima a mi hijo”, dice mientras las lágrimas comienzan a recorrer sus huesudos pómulos y agrega: “A los ricos, los que tienen plata, no les interesamos. Acá, los pobres nos ayudamos entre nosotros, nos acompañamos. Capaz que uno o dos cambien por lo que pasa, pero los ricos no cambian. Así son las cosas, don”.
Adelina vive con su madre y cada tanto trabaja como empleada doméstica. Pero hace quince días que no vuelve a Leales porque su hijo no mejora. Sus otros niños, de once y ocho, años tienen problemas en la escuela “porque no tengo para darle de comer todos los días”. Dice que se pasa el día pensando en cómo hará para comprar el remedio –cuesta 80 pesos– para Diego que debe recibir de por vida por sus problemas neurológicos. Las lágrimas no dejan de caer, a su lado mira Lucrecia, una adolescente de 19 que tiene sus dos hijos desnutridos e internados. “Tengo bronca”, repite Adelina mientras seca las lágrimas que se empecinan a seguir cayendo y ahora decidió ocultar al darse vuelta.
Poco después se acercará y pedirá perdón por haber sido lo que ella denomina “mala” y explica que “hace dos horas creí que mi hijo se moría, que se me iba. Lo tenía en mis brazos, estaba calentito con fiebre y no le bajaba. Disculpe, don”.
Por la tarde
Si con 267 pacientes atendidos la guardia del jueves era considerada por los médicos como “tranquila”, la tarde del viernes podría decirse que estaba “un poco más movida”. El comentario entre los que esperan para ser atendidos es la nena que uno de ellos vio en una de las salas de internación.
–Vea, nunca vi una changuita tan flaquiiita –asegura un hombre que sostiene de la mano a un inquieto varoncito. La sorpresa del hombre genera sorpresa en las mujeres que lo escuchan.
–¿Y dónde vive usted que no ve las criaturas flaquitas? Porque donde yo vivo todos son flacos. Si no hay para comé (sic). ¡Ve lo que dice! –le responde la mujer huesuda y de tez morena que da el biberón a su hijo.
Adentro, en la guardia está Ciomara Bertoli, una de las jefas de ese día. Brasileña de nacimiento, pero criada y formada en Tucumán, jura que no hay nada mejor que la adrenalina de la guardia. “Todas las patologías que atendemos son sociopáticas. Están íntimamente relacionadas con los problemas que tiene la provincia. Y el hospital es el resultado de esos problemas. Tenemos 200 camas y 207 médicos, muchos de los cuales vienen dos horas y se van. Entonces la guardia se hace cargo de todo. Si no se cambia el sistema, no sé dónde terminará esta provincia”, dice y sus impresionantes ojos celestes parecen llenarse de lágrimas.

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