EL PAíS › OPINION

Disculpe el señor

Por Eduardo Aliverti*

En Galicia no se habla de otra cosa que no sea el desastre provocado por el “Prestige”, buque de procedencia griega que colapsó en el Cantábrico provocando sobre las costas gallegas el derrame de una cifra escalofriante de toneladas de petróleo. Es la zona pesquera más importante de Europa, y pueblos enteros como Muxía corren el riesgo de desaparecer en términos económicos, literalmente, si la marea negra no es controlada y Madrid no provee la ayuda necesaria. La catástrofe, que también ocupa la atención de toda España, disparó una polémica enorme y acusaciones directas sobre la responsabilidad, por imprevisión, de las autoridades regionales y nacionales. Desde ya, la conclusión generalizada es que estas hecatombes bien se pueden evitar con políticas públicas de prevención activa, en vez ajustar presupuestos más allá de límites elementales. En un mar casi permanentemente bravío, buques petroleros de todo el mundo se esparcen a sus anchas sin mayor control. Y el espectáculo del gobierno gallego y de la administración de Aznar, que intentan atribuir lo ocurrido a la fatalidad del destino, es patético. Lejos de la Argentina acostumbrada y resignada a que el Estado haya desaparecido como regulador de los desequilibrios sociales y en sus funciones de impulsor del desarrollo productivo, en Europa no se concibe nada de nada sin la participación estatal directa o indirecta. Los subsidios agrícolas; la malla de protección contra el desempleo; las estructuras educativas y sanitarias; la intervención en las decisiones de las megacorporaciones empresariales. Todo pasa por el Estado, y por una dependencia mental fortísima respecto de que la administración pública no es ya la última reserva a la que recurrir cuando se ve afectada la calidad de vida sino, directamente, el motor de esa condición y de las aspiraciones personales y colectivas.
El cultural es uno de los sectores en que eso se advierte sobremanera. Ni en España ni en el resto de la Europa desarrollada, fuera de la gran industria e inclusive dentro de ella, se concibe un emprendimiento fílmico o teatral, una muestra plástica, un trabajo documental, que no pase por alguna forma de apoyo estatal. Ni hablar de la investigación científica o de los estudios en ciencias sociales y políticas. Cuando ocurren episodios como el del “Prestige”, entonces, ligados con la desidia de políticas oficiales, la furia que se desata tiene características conceptuales que los argentinos perdimos de vista. El gran interrogante sigue siendo hasta dónde aguanta la teta de esa vaca. Tan sólo en Vigo, en las tres oficinas que la Confederación Intersindical Gallega tuvo que dedicar a los asuntos de inmigración, se reciben entre 40 y 50 consultas diarias relacionadas con argentinos interesados en radicarse. Las cifras extraoficiales que se manejan en Madrid hablan de alrededor de 300.000 argentinos ya asentados o dando vueltas a la búsqueda de lo que aparezca, al punto de haber equiparado a la inmigración colombiana y sólo detrás de la masa de ecuatorianos. Hay unos pobres en el recibidor, como dice Serrat, que se han vuelto prácticamente incontables mientras el desempleo se estabiliza o crece en números inmorales para el desarrollo y la potencialidad de un continente como el europeo. Las capas medias, sin embargo, pueden verse como en una especie de limbo de consumo, a todo nivel, que recuerda a los mejores tiempos de la fantasía menemista. En España lo distintivo es, quizá, la manera un tanto culposa con que las grandes empresas con intereses en la Argentina señalan la gravísima afectación a sus intereses generada por nuestra crisis. Pero no más que eso. La generalidad es que se nos vea africanizados, gracias al sensacionalismo de una prensa que aun en los medios “serios” resuelve hurgar de forma poco menos que morbosa en el señalamiento del desastre argentino.
Tal vez juega la determinación de simplificar las cosas, a falta de escarbar en su complejidad. También eso se consigue en Europa.
*Desde Vigo, España.

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