EL PAíS › OPINION

Tengo un amigo goy

 Por Mario Wainfeld

El primer reflejo de este cronista fue desconfiar de la noticia, suponer que el diputado Alfredo Olmedo se había valido, otra vez, de una foto trucada. Lo hizo días atrás, cuando se valió de una instantánea obtenida junto a Lionel Messi. Malversó la imagen para promocionar su cruzada contra las drogas. Los abogados del crack le enviaron una carta documento y le exigieron que, ejem, dejara de sacar la foto de contexto.

Pero, en esta ocasión, la información era veraz: el rabino Sergio Bergman fatiga Salta avalando la candidatura a gobernador de Olmedo, por el PRO. El propio religioso confirmó la especie hablando, previsible y coherente, por Radio 10.

Bergman es habitué de los medios, con una trayectoria digna de mención. Emergió a la fama nacional el 1º de abril de 2004 en la primera, multitudinaria, manifestación convocada por Juan Carlos Blumberg. Llegó por descarte, porque otros rabinos se apearon del palco, atisbando que un reclamo fundado en la legitimidad del dolor se travestía en una convocatoria de derecha.

Andy Warhol, es consabido, corroboró que cualquiera tiene un cuarto de hora de fama mediática. La saga del rabino es una variante de la regla: su gran momento fue el inicial. Jamás volvió a exponer ante una muchedumbre similar. Fue un trance imborrable, en el cual, ebrio de protagonismo, propuso cambiar “el grito sagrado” del Himno: de “libertad, libertad, libertad” a “seguridad, seguridad, seguridad”.

Desde entonces sigue en el candelero, aunque ante tribunas y plateas menos pobladas. Es comensal recurrente en la mesa de Mirtha, asistente esporádico a programas políticos, orador de relleno en actos “por la seguridad”. Pero nunca más fue pasión de multitudes. La decadencia de Blumberg, remachada cuando se supo que usurpaba (“de boquilla”) título universitario, dividió sus caminos.

El rabino fue tenaz y hasta probó ser orador de fondo. El 18 de marzo de 2009 compartió cartel con el sacerdote católico Guillermo Marcó, en el contexto de otra “ola de inseguridad”. Se apalancó en el dolor de otros, convocó a un acto con formidable apoyo de la prensa dominante. Comprobó, en carne propia, que los “apocalípticos” mediáticos no siempre aciertan. El backstage, las vísperas, el motivo, remedaron esa imborrable noche de Blumberg. La asistencia fue entre menguada y patética.

Durante años, de cualquier forma, articuló con el espectro que luego se llamaría Grupo A. Y se embelesó, más vale, con los que llamó “nuestros hermanos del campo”. No hablaba de la peonada (siempre se supo y ahora se certifica) sino de la patronal Mesa de Enlace.

Como fuera, el religioso era más bien ecuménico dentro del arco opositor y ahora funge de militante PRO. Tal vez lo mueva una pasión terrena: la ambición. Alguna vez se lo mentó (y se lo “midió”) como potencial candidato a vicejefe de Gobierno porteño, por el partido de camiseta amarilla. Sus chances ralean ahora, a medida que se empareja la futura elección, pero la fe es lo último que se pierde. Antes se traspapelan, por lo visto, la chaveta y el buen gusto para elegir aliados.

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El mayor momento de visibilidad mediática nacional de Olmedo fue menos espectacular: lo jugó de local en la señal C5N. Discutió, en el estudio, con la militante María Rachid sobre el matrimonio igualitario. El debate se extendió mucho más de lo pautado porque el “minuto a minuto” marcaba que se sumaban televidentes. Olmedo alardeó de intolerancia, exhibió nula información. Canchereó de lo lindo. Rachid, una luchadora social de larga trayectoria, supo mantener la calma frente a las provocaciones y le ganó la polémica por goleada.

Olmedo, hay que reconocerlo, logró algo: hacerse conspicuo por su fascismo primitivo y por su campera amarilla. Un icono de la derecha rancia, con recursos cancheros y coloquiales. Ningún tópico reaccionario le es ajeno, ningún tema escapa a su arrogante ignorancia.

Su mayor traspié, empero, no son sus ideas, sino las fundadas sospechas que lo vinculan con el trabajo esclavo, en la provincia que aspira a gobernar. Las responsabilidades penales deben ser investigadas con minucia y observando la presunción de inocencia. Las responsabilidades políticas son otro cantar y suenan graves.

Bergman lo absuelve, de oficio y sin apelación, de esos cargos. No suministra data que justifique su postura, sencillamente aguanta los trapos de PRO.

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Dos potencias se saludan, habría dicho Gatica. Dios y Jehová los crían y ellos se juntan, parafrasea el cronista. Olmedo está jugado, tiene poco que perder. Bergman, un Cicciolino con kipá, es fiel a quienes a su vez lo han bancado. El cronista, que es agnóstico, no es quién para imaginar qué dirían Dios o Jehová sobre tamaña joint venture.

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