EL PAIS › OPINION

La mística

 Por Eduardo Aliverti

Hasta mitad de la semana pasada fue una cosa y después otra, pero el marco es exactamente el mismo.

Confirmado que a valores de hoy la oposición desapareció, en términos de aspiraciones presidenciales, no deja de ser tan significativo como impactante lo que debieron reflejar los medios. Y en este caso, tanto en la prensa directora del discurso oposicionista como en la que abreva en el kirchnerismo. Producidos los abandonos de Solanas y Macri, más el hijo de Alfonsín dedicado a su cura antitabáquica, si es por el primer segmento enunciado quedaron anuladas –no sólo en gráfica sino también en sus amplificaciones electrónicas– las noticias “políticas” de primera plana. Clarín –en orden aleatorio y por ejemplo, pero no el ejemplo precisamente menor– comenzó a dedicar títulos sucesivos y coberturas centrales, desde portada, a cómo operan los presos que hacen secuestros virtuales; a la desidia eterna en torno del Riachuelo contaminado; a la falta de leyes y prevención sobre el turismo sexual; a la transformación de pasta base en cocaína líquida, en el Gran Buenos Aires, para despacharla a Europa; a que Lezama es un pueblo aterrado por la varicela; a la reaparición del caso García Belsunce. Temas todos de interés más o menos estimable e incluso a través de buenas notas, bien que presentadas editorialmente con la sensación de que estamos viviendo en una catástrofe generalizada. Los puntos no son ésos. La interpretación prevalente es que se quedaron sin piolín. Macri, encima, subió la apuesta de su desconcierto y llegó a afirmar en público que el PRO entra al ballottage porque ganar de una le será “imposible”. De modo que, en un par de semanas, pasó de competir por la Presidencia a bajarse a la Capital, y de descender a la Capital a jurar que en segunda vuelta entran seguro. Si sigue así, y ya circulan numerosos chascarrillos por el estilo, en cualquier momento dirá que debe volver a Boca porque las masas se lo reclaman. Al periodismo opositor –y a la misma oposición explícita, si es que todavía hay que diferenciarlos para algún habitante de frasquitos, creyente de la neutralidad periodística– ya no le alcanzaba con las disecciones de las encuestas. Ni con los radicales reducidos a expresiones testimoniales, ni con la letanía especulativa de los socialistas, ni con nada de nada. ¿Por dónde apareció entonces el repechaje de “volver” a “lo político” entendido ipso facto como tal? Obvio: por la conflictividad real y/o actuada del oficialismo.

La utopía contrera no ofrece dudas: que Cristina también abandone. Nadie cree, o nadie quiere creer, que eso vaya a ocurrir. Y no porque sería impensable que su subjetividad reniegue de sumirse en el desgaste de otro período presidencial. Sea porque efectivamente siente que ya lo dio todo; porque está cansada; porque ya no tiene a su compañero administrando el barro del pejotismo; porque ya entró en lo mejor de la historia argentina y no tiene ganas de arriesgarse en vaya a saberse cuáles avatares; porque puede calcular que le conviene salirse, reinar desde afuera y presentarse con nuevos bríos en 2015 o cuando la Patria la llame o algo así. Sea por lo que fuere, esa mujer tiene el derecho personal de apartarse. Sin embargo, no cierra por ningún lado que eso pueda ser más fuerte que su necesidad de compromiso político. Y además hay el tiempo que dejó pasar sin el anuncio de su decisión, ya hasta el límite de los plazos legales. ¿Alguien se imagina a Cristina dejando el futuro a la deriva, sabiendo y sabiéndose de sobra que la jefa es ella, lavándose las manos para que el peronismo resuelva de golpe quién va en su lugar? Es o debería ser obsesionante que todo dependa de una sola persona. Porque nunca debería ser así. Porque demuestra la fragilidad de un proyecto. Pero como la historia se da en condiciones concretas, esto es lo que hay. No en términos de connotación posibilista sino de probabilidades llanas. Siempre vale la aclaración de que no es lo suficiente para seguir adelante. Es nada más y nada menos que lo imprescindible, ya que cualquier otra opción es retroceso. Una persona. La condición histórica es la decisión de una persona, para que a su alrededor continúe generándose una mística que sin su concurso se cae casi sin remedio, a la par de que ella es igualmente “nadie” sin pasión de multitudes.

Lo que dijo la Presidenta en José C. Paz son muchas cosas a la vez que también se describen en orden ocioso, para que cada quien las ubique como mejor le plazca. Primero, eso sí, no me jodan. O no me jodan lo imperioso de que se entienda que conmigo no se jode. Se necesita garantizar el triunfo conquistando sectores medios refractarios a la imagen del sindicalismo. Se requiere igualmente no detenerse en nombres propios, para que el sayo se lo pongan o le sea adjudicado a Moyano, a los petroleros de Santa Cruz, o a cualquiera de los ovnis que enquilomban porque sí para regalarle a la derecha el discurso del que carecería si no es por eso. Sí una mención específica a Aerolíneas Argentinas, dirigida a los indescifrables gremios aeronáuticos. Si cabe un rol de cercada o agobiada por “los compañeros”, lo hago, pero tampoco se crean que no digo la verdad cuando subrayo que no me muero por seguir. Y es certero que algunos muchos confunden el interés de sector con la necesidad de clase. Cebados de las filas de Venegas, Barrionuevo & Cía., a quienes el único fin que les queda en la vida pública es hacer bardo, y cebados del cegetismo, que opera zancadillas para conseguir lugar en las listas electorales. Por eso digo, dijo esa mujer, que ni explotación ni extorsión. Una semántica políticamente brillante. No me jodan, ojo que la única jefa soy yo y ojo que todavía no decidí si continúo.

Listo. Un par de frases, con el carisma que tiene y con esa construcción sintáctica impecable, a salvo incluso de emociones de tribuna, para que todos corran atrás de ella. Para que se especule, se denueste, se elogie, atrás de ella. Un primer apunte tiene rasgos de antítesis graciosa: la derecha apoya su sentir de ofensa a las instituciones en el discurso confrontador de que hace gala el kirchnerismo, pero cuando esa verba agresiva o provocadora es aplicada a caciques gremiales se la saluda calurosamente. ¿En qué quedamos? ¿La ofuscación viola a la República si es contra las corporaciones empresariales, pero está bárbara si topetea a los sindicalistas? Una chicana, nada más. Lo central es que los dichos presidenciales monopolizaron la atención de inmediato pero, y ahí el centro de la cuestión, no en primer lugar por ser presidenciales –que también, está claro– sino porque lo único que pasa... pasa en el oficialismo. Ya prácticamente las cosas quedaron reducidas a lo que se mueve en esa parcela totalizadora. Cómo navegar en las contradicciones de que la CGT fue y es ineludible para garantizar cierto piso de paz social, y a la vez mostrarle los dientes porque es piantavotos de clase media. De qué modo sacar el mejor cálculo para resolver la candidatura de Capital. Qué conviene a la hora de elegir al vice nacional: ¿alguien que dé imagen de sucesión confiable a largo plazo, o alguien que ante todo sea potente en la coyuntura? ¿O habrá alguien que cumpla con ambos requisitos? ¿Y si ella se baja? Y si no se baja, ¿quiénes suenan o convienen para su gabinete, para tomar cuáles medidas que ratificarán o corregirán el rumbo, en todo o en una parte o en ninguna?

Si se mira bien, piensa el firmante, sólo ocurrió y ocurre que si la oposición no existe hay que crearla de alguna manera u operar en ese sentido. No porque sin oposición no se pueda gobernar. De hecho, no la hay y se gobierna sin mayores sobresaltos. Es que sin oposición no se puede contrastar, y sin contraste no hay mística. Y sin mística no hay gobierno que valga la pena.

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