EL PAIS › OPINION

No la echan, ella renuncia

 Por Marta Dillon

Entre las muchas frases célebres que se podrán contar como legado de color de su paso por la arena política, hay una injustamente olvidada por su hondo dramatismo, audaz creatividad y porque finalmente aquella sentencia hoy parece tener un desenlace: “Estoy preñada de mi propia candidatura, soy como una adolescente de 16 que a pesar de no desear su embarazo arremete y enfrenta su destino”. Era el año 2003 cuando enunció estas palabras frente a los jóvenes de su partido con los ojos perdidos más allá de su auditorio, como quien mira en una pantalla invisible un futuro que sólo se revela ante elegidos. Claro que le faltó ver el final de la película, el momento en que su candidatura, la tercera de su historia, finalmente era abortada por mandato –o indiferencia– popular para ponerla a salvo de más innecesarios renunciamientos.

Porque ella siempre lo dejó todo: su exitoso estudio jurídico, sus hijos en su Chaco natal cuando hacía los primeros palotes como diputada, su puesto como docente universitaria, y también su afiliación política al radicalismo cuando según ella la traicionaron por derecha –por esos ajustes que llevó a cabo su ahora delfina, Patricia Bullrich, cuando era ministra de Fernando de la Rúa–, su primera inscripción política en el campo del progresismo –en aquel año de su preñez–, sus fugaces alianzas con el radicalismo –otra vez, sí–, con el socialismo, con quienes integraron su propio partido, el ARI, que cambió tantas veces de nombre que cuesta recordar qué significa esa sigla. En su afán por la verdad, esa a la que dice rendirse, ella lo dejó todo, incluso dejó caer a una de sus jugadoras más fieles y más inteligentes, la diputada Marcela Rodríguez, a quien sacó del closet compulsivamente durante la discusión sobre el matrimonio igualitario para abonar el argumento del amigo judío que conjura la sospecha del antisemitismo, sólo que entonces se trataba de una amiga cuya presencia en su bloque justificaba su voto en contra de la ampliación de derechos para las minorías sexuales. Sí, ella renunció a todo, incluso al amor de su pueblo. Pero no porque haya querido renunciar, sino porque este pueblo no está a la altura de su extrema intransigencia. Y eso que cada uno y cada una de los integrantes de este pueblo fuimos a votar pensando en ella, con ella en la cabeza. ¿Ah, no? ¿Quiere decir que Carrió se equivoca otra vez cuando dice que el 97 por ciento de este pueblo votó en su contra? En su contra, por eso Lilita insiste en renunciar, en ofrecer su cuello para ser decapitada de la boleta de su escuálido partido en pos de sus candidatos y candidatas a legisladores que podrán presentarse en algunos distritos y no en todos sencillamente porque no alcanzó el nivel deseado de votos para hacerlo.

Pero a no temer, Carrió no se retira de la política y eso augura buenas escenas por venir en los programas de escritorio cuyas producciones saben que Lilita siempre paga. Que si es la Virgen la que le dicta en el oído lo que tiene que decir y hacer, como confesaba a fines del 2000, cuando la cruz sobre su pecho que le había regalado Jorge Bergoglio era casi tan grande como la que éste tenía en su despacho de la curia, el dictado es siempre efectista y la audiencia lo agradece. ¿O no es disfrutable ese momento de zozobra en que ella revolea los ojos como si peloteara entre ellos una verdad evidente que después se traduce en apocalipsis por venir? “Ahora vienen por la tierra”, decía cuando tenía a la cruz y a la Virgen de apuntadores aunque menos de una década después le haya importado un cuerno el “vienen por la tierra” si los que venían a por ella plantaban soja a gran escala en desmedro de la diversidad de producción y la preservación del suelo pero a favor de hacerle un lugar en una oposición que parecía ganar su primera gran batalla contra el actual oficialismo. Sí, es cierto, la madrugada del voto no positivo de su compañero en el mutis por el foro del ágora política la corrieron a codazos del escenario del triunfo de la Mesa de Enlace. Pero ella es dada al renunciamiento, ya se dijo, y por eso ahora, en las últimas elecciones, en las que logró descender de los 23 puntos obtenidos en 2007 a apenas tres y monedas, tuvo a un representante de aquella Mesa de Enlace entre sus espadas legislativas. No alcanzó y no lo responsabiliza, la derrota es suya, toda suya; algo tiene que ser suyo aunque sea el rechazo de la mayoría porque la indiferencia es intragable, algo imposible de proyectar en esa pantalla donde ella avizora el futuro con no poca interferencia y sobre la que, ex profeso, sabe borrar con el codo lo que dijo en el pasado. Como sucedió con sus declaraciones a favor de la extracción compulsiva de sangre para determinar la identidad de quienes podrían haber sido víctimas de apropiación en el marco de la dictadura militar –2003– para pasar a reclamar a voz en cuello que con la extracción compulsiva de sangre se violaban los derechos humanos de las víctimas. ¿Qué había pasado en el medio? Unos pocos años y un caso paradigmático: el de los hijos de la dueña de Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Otro renunciamiento más, esta vez a sus otrora convicciones.

Gorda, provinciana, periférica; ésa era la definición de sí misma que más le gustaba cuando denunciaba lavado de dinero, acusaba línea directa con el más allá y se jactaba de no peinarse. Intransigente, transparente, incorruptible, fueron las últimas definiciones que dedicó a sí misma y a su partido para explicar el porqué de la derrota, ahora que la cama solar y el lápiz de labios son su máscara, sin detenerse a pensar que tanto insistir en el lema “votá limpio” que usó para los spots electorales de radio tal vez confundieron su llamado con una propaganda de desodorante de ambiente. Sin embargo tal vez sea más sucinta la definición que podría darse ahora: 3,24 por ciento de los votos. Esa y no otra es la razón más transparente para que la larga preñez de su candidatura terminara en aborto; arrasada por el único Apocalipsis que ella no predijo.

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Imagen: Joaquín Salguero
 
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