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La gran estafa

 Por Luis Bruschtein

“El pueblo argentino no decidió esa guerra”, afirmó la Presidenta en su discurso desde Ushuaia. Se ha discutido mucho sobre el respaldo popular a la guerra, expresado en la famosa movilización ante la cual habló Galtieri desde los balcones de la Casa Rosada. Pero la Presidenta usó el verbo decidir y no el verbo apoyar. Porque las dos cosas son ciertas: el pueblo fue puesto frente al hecho consumado de la guerra que decidieron los militares de la dictadura y apoyó un hecho que no había decidido.

Desde el punto de vista de las responsabilidades, es diferente “decidir” que “apoyar”. Sin embargo, ese sujeto social definido como pueblo, que en este caso equivaldría a la sociedad (con las excepciones que confirman la regla), respaldó esa decisión. Treinta años de democracia, el juicio a los represores, el Informe Rattenbach y los testimonios coincidentes sobre los maltratos que sufrieron los ex conscriptos demostraron que la guerra fue una gran estafa. Una estafa para los soldados que lucharon con valentía en una causa para la que habían sido convocados, una estafa a los que hicieron donaciones solidarias que nunca llegaron a los soldados. Como no podía ser de otra manera con una dictadura de esa calaña, la guerra fue una gran estafa al pueblo argentino.

Sobre la base de una reivindicación justa, legítima y sentida, la dictadura montó una farsa que fue la continuidad de sí misma. Con el mismo cinismo que habló de los desaparecidos cuando ellos mismos los habían secuestrado, habló de la soberanía en las Malvinas, cuando en realidad la decisión de la guerra fue pura especulación para su supervivencia. Con el mismo sadismo que torturó a los prisioneros políticos, torturó a sus mismos soldados, que los llegaron a odiar más a ellos que al enemigo inglés. Hay hilos de continuidad entre los testimonios de los ex conscriptos veteranos de guerra y los relatos de los sobrevivientes de los campos de concentración.

Lo único que podía hacer la dictadura era más de lo mismo y, sin embargo, usando una reivindicación legítima, pudo engañar y estafar al pueblo argentino y sumar a la mayoría de sus políticos, intelectuales y gremialistas de izquierda, de centro y de derecha. Hasta la misma conducción de Montoneros, en un gesto entre trágico y patético, se ofreció como voluntaria para ir a combatir a las islas. Sin embargo, el sentimiento popular por la recuperación de las Malvinas no alcanza a explicar por sí solo la posibilidad de ese engaño. Hay un contexto histórico, y sobre todo una cultura política de época, que ayuda a completar ese mecanismo.

Para una sociedad como la argentina de aquella época, sin tradición democrática y con una cultura de violencia para resolver sus conflictos, la dictadura no estaba tan lejos como ahora. Era una sociedad esencialmente ambigua y contradictoria para hablar de democracia y de violencia, una sociedad que había formado a las Fuerzas Armadas como el Partido Militar de una minoría, una sociedad que había naturalizado los golpes militares, las proscripciones y la represión, que había silenciado fusilamientos y bombardeos, una sociedad que había sacrificado en la hoguera de la violencia a lo mejor de una generación y se disponía a hacerlo nuevamente con los jóvenes conscriptos que eran entregados en guarda a los torturadores.

La idea de sociedad no está centrada en este caso tanto en las personas sino más en los valores que ordenaban las actitudes de las personas, porque hasta las rebeldías estaban regidas por parámetros donde las ideas de democracia o de resolución pacífica de los conflictos no aparecían muy valoradas.

Aunque todavía haya quienes siguen manteniendo su respaldo a la guerra, lo concreto es que esa confusión creada por la dictadura con respecto a las Malvinas al decidir la guerra favoreció finalmente a los británicos y fue letal para los argentinos. Por eso resulta tan importante la decisión estratégica de unir el concepto de democracia al reclamo por las Malvinas.

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