EL PAíS › CADA UNO CON SUS MOTIVOS PARA ESTAR EN EL ACTO DE VELEZ

El fervor de reconocerse juntos

El resurgimiento militante hilvanó el sentimiento que expresaron los protagonistas de las distintas agrupaciones que colmaron el estadio de Liniers. “Estamos construyendo la historia colectiva”, “Esto es una fiesta”, repitieron envueltos en la pasión.

 Por Marta Dillon

La cita fue en una cancha de fútbol, escenario de pasiones populares y sentimientos que, para explicarlos, hay que vivirlos. Ayer, en Vélez, la pasión era el aire que se respiraba, espeso y caliente como el humo que despiden los chorizos cuando están a punto. Pero el sentimiento, a ése sí se lo sabía expresar. Estaba en las banderas, en ese modo de vocear la introducción del Himno Nacional hasta convertirlo en baile y en arenga, en las remeras que desafiaban los lugares comunes de la descalificación –“joven incauto captado por la militancia”, decía una–, en las lágrimas que se enjugaban con el dorso de la mano. Pero al sentimiento que convirtió en verano una tarde fría de otoño, además, se lo podía explicar. Con palabras claras, tan pensadas como vívidas, capaces de recorrer nueve años de historia y dar cuenta de cómo la sorpresa y el “apoyo” frente a las primeras medidas tomadas por el kirchnerismo en 2003 se convirtieron en fervor militante. De cómo la sospecha hacia “la política” se trastocó en orgullo por apropiarse de esa herramienta para empezar a ser, cada quien, protagonista de la historia colectiva.

El acto de ayer fue un acto militante. Era imposible contar, como se hace habitualmente, cuánta “gente suelta” llegó hasta la cancha porque aun quienes no habían ido encolumnados declaraban su pertenencia política con orgullo o se incorporaban a las columnas para que el abrazo del calor popular fuera más apretado. Así entró María Angélica a la cancha, con sus tres hijos de la mano y cobijada por dos mujeres de una de las agrupaciones que integran Kolina, la fuerza política de Alicia Kirchner. Cocinera en una pizzería de Ramos Mejía, nacida en el ’81 y madre desde los 19, María Angélica sintetizó el porqué de su concurrencia con tres palabras: “Ganas de estar”. Ayer, abrigó a sus chicos apenas volvió del trabajo y se tomó un colectivo de línea hasta Liniers. “Vinimos solos, pero no estamos solos. Es una manera de enseñarles a los chicos que si una quiere algo tiene que poner esfuerzo, tiene que defender lo que quiere”, dice y después agrega: “Yo a Cristina siempre la quise”.

“Esto es una fiesta, no tenemos más que festejar. Mirá, está mi mamá, mi hermana, mis compañeros. Es como el cumpleaños de tu mejor amigo”, hablaba y se reía a la vez Lorena Leal, una mujer de 36 que a los 20 militaba en organizaciones sociales, “en educación popular, porque en esos años no había espacios políticos en los que me pudiera sentir parte. En esa época yo quería que las cosas cambiaran, pero la verdad es que creíamos que era una causa perdida. Si algo recuperamos es la capacidad de soñar, pero soñar con libertad, pensando que después va a ser posible”. Lleva puesta una remera verde, “de la Nacional y Popular de Avellaneda”. Con su mamá se encontró sin saber que iban a estar las dos ahí, ya no viven juntas y entre el trabajo y el estudio se ven poco. Esa actividad, de alguna manera, es una confirmación para ella de que su lugar, ayer, estaba en la cancha de Vélez: “Yo empecé a laburar y estudiar después de Néstor Kirchner; me estoy pagando la licenciatura en cine”. Pero no es el cambio en su situación personal lo que definió que se integre a este nuevo modo del viejo peronismo sino lo que ve en Villa Corina, el barrio donde sigue militando: “Mirá a la gente a tu alrededor, mirá la forma de vestirse. Antes andaban desgarbados, comiendo de la basura lo que encontraban. Recuperamos la dignidad, la autoestima, ahora la comida se sirve en la casa. Recuperamos la subjetividad, una subjetividad propia, no colonizada”. Lorena se deja acariciar por las banderas que flamean y la despeinan, desde donde está no ve el escenario, ni siquiera las pantallas gigantes que antes de la llegada de la Presidenta resumieron en imágenes ese guión que hablaba de la salida del infierno, la estadía en el purgatorio y la promesa de ir un más allá pero de este lado, del lado de quienes viven. No le importa; está rodeada de compañeros y compañeras y el festejo está donde ellos están. “¿Si tuve dudas de este proyecto? Te puedo decir que a ella la quería menos que a él, qué sé yo, me parecía muy ‘cheta’, pero sabe construir mayorías; para hacer política hay que saber comerse sapos. Y ahora lo de YPF, ¿tengo que explicar algo más?”

La cerveza de medio litro a diez pesos, el chipá, los chorizos y las tortillas asadas en parrillas armadas sobre el asfalto fuera de la cancha, un hombre que muestra y reparte su propio afiche con el perfil de Néstor Kirchner y una leyenda: “Juro que lo vi en Vélez”. En la cancha no falta nada, ni siquiera las banderas que cubren por completo las tribunas y se mueven como si fueran parte de una coreografía ensayada. José Ramírez, rosarino de 33, salta como si algo más que sus piernas fuera capaz de sostenerlo y canta con la multitud embanderada con las insignias de La Cámpora aquella canción que ahí, en el acto de Vélez, parecen saber todos: “A pesar de las bombas y los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos ¡No nos han vencido!”. Estudiante de Estadísticas, José se declara “hijo de la 125. Para mí fue un antes y un después, ya venía teniendo coincidencias con el kirchnerismo pero me sentía más cerca de Proyecto Sur; después de la 125 no lo pude sostener más. Para mí, como para un montón de compañeros de la facultad y del laburo, era como si vinieran a quitarnos las cosas que veníamos consiguiendo, por eso empecé a militar. Y me comprometí más todavía después del 27 de octubre de 2010. Ahí me di cuenta de que si no salíamos a la calle, nos pasaban por encima”.

El relato que hace este joven de su historia militante es un relato insistente, repetido, una huella por la que se puede transitar para entender este estadio repleto de agrupaciones políticas y sociales –pero también politizadas en el más estricto sentido de ese neologismo–. Esos dos hechos –el conflicto por las retenciones móviles y la muerte del ex presidente– no sólo marcaron el compromiso de muchos y muchas de los que estuvieron ayer escuchando a la Presidenta, también diseñaron nuevos entramados sociales. Ezequiel Echenique y Camila Roel, de 24 y 22, apenas unos niños cuando el estallido social de 2001 fue calificado como infierno. Estudiante de traductorado de inglés uno, y de periodismo, la otra, dicen que cuando fue “el conflicto con el campo” se sintieron como si fueran ellos dos contra el mundo. Había gente con la que ni siquiera podían hablar. “Mi familia es de Recoleta. Imaginate, me costó un año entero que me entiendan –dice Camila–; para ellos la política era una mierda, pero no, es una herramienta de cambio. Lentamente fuimos convenciendo a los que dudaban o estaban en contra. Es que hay cosas que son innegables, como lo de YPF.” Ezequiel completa la pintura de su aldea: “En la facultad, antes, reconocías al que era de River o de Boca. Ahora también reconocés a quienes estamos con este proyecto porque queremos dar debate. Antes te saltaban a la yugular, ahora el debate sigue. Y eso está buenísimo, porque es debate político”.

Fuera de la cancha pero dentro del estadio, el estruendo de los redoblantes es como una tormenta; se estremecen los parches y tiemblan quienes forzosamente salieron para que otros pudieran ingresar porque apenas es posible caminar ahí donde la Presidenta vence la afonía para agradecer y estimular a las jóvenes y a los jóvenes que tienen que tomar la posta de lo que ahora mismo está en construcción. Un grupo de adolescentes con las banderas de su agrupación puestas como si fueran capas de superhéroes buscan conjurar a la gravedad tratando de trepar un plano demasiado inclinado. Unos se agarran con otros para llegar al final, a una baranda que sirve de sostén para los audaces. Julio Orellano los deja hacer. Vino de Luján con la mesa de trabajo que integra, vinculada a La Cámpora. “Yo soy desocupado, pero más allá de mi situación personal, lo que me motiva es ver a los chicos hablando, discutiendo, participando. Me motiva como papá y como militante. Para mí, tener una presidente mujer es como borrar el pasado y abrir una esperanza nueva. Si ella está ahí y fue reelecta, todo puede cambiar”, dice haciéndose cargo de las inequidades de género. Carlos Pizarro, de 66, también pone en juego el género pero de otra manera. “¿Por qué estoy acá? Porque la amo”, dice y los ojos celestes se hacen un poco más transparentes. Integrante de Unidos para la Victoria, una agrupación que reúne a seis comunas de la ciudad de Buenos Aires y que se formó hace apenas unos meses resume su sentimiento: “Nos sentimos reivindicados primero como generación y ahora como pueblo. El peronismo ya no está vaciado de pueblo, ya no lo puede captar la derecha”.

No todos pudieron escuchar a Cristina Fernández de Kirchner. Entre los cantos y los bombos, las palabras se perdieron un poco. De todos modos, eso de lo que muchos hablan como si fuera una misión, o mejor, un compromiso, está cumplido. “Esto no se sostiene sin participación popular, lo sabemos, los venimos viendo, lo aprendimos de jóvenes aunque de grandes nos convertimos en desconfiados. Pero acá estamos, orgullosos de ser protagonistas de un cambio”, dice Humberto Paz, de 57, ex preso político, exiliado, con su nieto sobre los hombros. A su lado, su compañera. Liliana Valente, de 66, llora sin vergüenza de frente a una pantalla que muestra los últimos saludos de Cristina Fernández antes de abandonar la concentración. “Estoy emocionada por YPF, por la lucha de tantos años, por los años que vendrán, porque soy docente en Laferrere y venimos empujando desde hace décadas y ahora veo cómo los chicos volvieron a la escuela.” Fue el hijo de ella el que enseñó a esta pareja que se formó cuando terminó el exilio a volver a confiar: “Se aprende de los hijos y de eso se trata este acto, de aprender de cómo ellos pueden cambiar la historia. Y de la alegría de participar, que es una responsabilidad política de todos y de todas, pero sobre todo es esta emoción y esta alegría”.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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