EL PAíS › MUCHOS SUELTOS Y MUCHOS ORGANIZADOS DESPLEGARON ENTUSIASMO Y AGRADECIMIENTO

“Creí que esto no llegaría nunca”

Con la impronta de un Bicentenario recreado, miles de personas empezaron desde temprano a colmar los accesos a Plaza de Mayo. Agradecían el trabajo, defendían la ley de medios pero sobre todo querían estar, participar, mostrar que son parte.

 Por Alejandra Dandan

“El vino y el choripán los pongo de mi bolsillo. Acá vengo por convicción”, escribió el hombre con un fibrón sobre la base de un grabado, lo colgó y siguió camino. Enseguida tomó la posta Mario Vallone, 68 años, astillero de Río Santiago en la década de los setenta, perseguido, exiliado, dueño de una casa perdida en manos de la dictadura y de un oficio que nunca más pudo volver a ejercer. Con el mismo fibrón, agarró otro grabado en blanco, de una serie de miles que rodearon desde el mediodía uno de los monumentos de Diagonal Norte, renombrada durante la fiesta como Paseo de la Integración. “Tengo 68 años”, puso. “Creí que esto no iba a llegar nunca. Gracias Cristina.” Y se fue caminando rumbo al encuentro con su mujer, sus hijos y sus nietos que lo esperaban entre los que buscaban espacio para acercarse a Plaza de Mayo.

Como sucedió durante la semana de festejos del Bicentenario, decenas de instalaciones expandieron los límites de la plaza hacia los alrededores como un gigantesco escenario de la Fiesta Patria Popular. Puestos regionales, de colectividades y de los distintos ministerios se ubicaron a lo largo de la Avenida de Mayo, Diagonal Norte y Sur, que para la ocasión también pasaron a llamarse avenida de la Diversidad y de la Pluralidad. Los stands de lo que en un momento se leía como “Feria de las industrias culturales por la democracia” ofrecieron productos con un orgulloso emblema de “industria argentina”. Mucho diseño moderno, juegos de cartas que en lugar de caballeros y reyes tenían imágenes de Mercedes Sosa o Gardel. Entre las mesas, proyectos editoriales. Unas naranjas dieron vueltas entre ejemplares de la revista Cítrica, cooperativa de los ex trabajadores del diario Crítica. Las chicas de Clítoris, una revista de historietas y critica cultural feminista, contaban que recibieron un subsidio del Ministerio de Cultura para editar cuatro números. Por allí, derrapaba imágenes el fanzine “Mi cuca es de oro”, de Lucía Borjas. Y circulaban productos de Eloísa Cartonera, destellando en contraplano historias de la crisis del 2001. Más acá los pibes de Hamartia, una revista de cultura política que se pasaron la tarde repartiendo fotocopias de su “Carlín”, una humorada a lo Barcelona, parodia del Grupo que recogió más críticas durante el día. “Golpe a la democracia”, chillaban desde el título principal: “El 7D finalmente llegó e hizo trizas el periodismo independiente: el stalinista Martin Sabbatella fue elegido por la dictadura K para aplicar la ley de control de medios”.

Mate, budines y niños. Mucha bandera desde temprano. Aunque las columnas más numerosas entraron a la Plaza a la caída del sol, a las cuatro de la tarde empezaban a ingresar las banderas de La Cámpora. Siempre cantando “porque Néstor no se fue, lo llevo en el corazón” se abrieron espacio mientras Ana María, una enfermera de Avellaneda, se detuvo, encantada, a saludarlos. Entre batucadas, las banderas mostraron referencias claras a la proyección territorial: Boedo, Palermo, Comuna 2, y así, y hasta de los Secundarios. Atrás, pisándoles los talones entró Encuentro Nacional de Pueblos Originarios; Nación Wichí y enseguida la Tupac de Milagro Sala con los tupaqueros enfilados en hileras que no terminaban de meterse en la Plaza.

“¿¿Que qué??”, decía la misma enfermera Ana María a los gritos. “¿Qué porque estoy acá? ¡Vine a la fiesta! Muy lindo, precioso, mucha convocatoria, viene para apoyar la organización, unidos vamos a salir de todo esto, mucha fuerza.”

“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Porque Néstor no se fueeee, lo llevóóó’en el corazónnnn....!!!!!!!!!!!!!!”, se escuchaba.

Adelante, avanzando hacia la Rosada, las banderas de La Paco Urondo, Encuentro Popular Latinoamericano, la Martín Fierro. Una bandera de La Kirchner. La gente que avanza y esta vez extrañamente avanza y avanza casi hasta el escenario central, pegado a la Casa Rosada, que esta vez no tiene vallas de protección. Una madre, bajo un paraguas, le saca una foto a su hija.

“Venimos de Merlo porque sí: ¿cómo no vamos a estar apoyando este modelo?”, dice ella, Amalia Teresa Aguirre, 60 años. “Sin cacerolas, sin odio, sin agresión”, completa su hija, Laura, 32 años, y sigue: “Yo antes de la muerte de Néstor era una descreída de la política, después se me empieza a abrir la cabeza”. Y con un tono que promete, se pone a decir casi sin respirar, ni dejar de hablar, como si no hablara ante un pobre lápiz y papel sino ante un estadio: “Estamos acá para pasar una verdadera fiesta popular, es la primera vez que venimos; bah, vinimos nada más al Bicentenario, pero vinimos ahora más después de la noticia, de lo que pasó el 7D. Con la extensión de la cautelar siguen mandando las mafias en el país, venimos porque esperamos que se terminen las mafias y que respeten la democracia del pueblo”.

Los cuerpos políticos

Con el paso del tiempo, la Plaza va sumando distintas memorias. Sobre el vallado que durante los días del funeral de Néstor Kirchner fue recogiendo carteles y mensajes de lo que iba dejando la gente, ayer se pusieron dos mujeres: Denis Rego y Gladys Alvarez. Colgaron cajas de cartón pintadas como pantallas de televisión. Un cartelito al costado decía: “9D. Rosana y Albertico. Presentes”. Y otro: “Cristina. Lopo, estás conmigo”. “La valla sobre la que estamos colgando las cajas fueron las de Néstor”, dice Denis. “Son las vallas donde todo el mundo puso sus mensajes y ahora quedó instalada y el que quiere decir algo viene y lo pone, algunos medios vienen y lo muestran, y está bueno porque más allá de todo es una valla, pero es a la vez un gran pizarra”. Ahí, sus cajastelevisores decían lo que tenían que decir: la ley de medios. “El otro día nos dijimos: ‘vamos a hacer televisores con las cosas que tenemos ganas de decir y que no podemos decirlas hasta que no se implante la Ley’, no son mensajes de confrontación, sino de inclusión.”

Una cosa muy extraña es que no hubo un lugar donde hacer descansar la mirada. Un lugar para dejar de ver cosas. Eso, un lugar sin nada. Si hace ya hace un tiempo, las banderas empezaron a incorporarse al lenguaje de los cuerpos y entonces todo el mundo empezó a ponerse remeras obstinadamente políticas, ahora la cosa iba por más. A esa multiplicación de “banderas-remeras” se sumó un montón de personas con carteles y mensajes ambulantes como en pequeñas performances.

Ahí está por ejemplo, frente a la Catedral, Gerardo Rechister, docente de San Miguel, con dos carteles enormes: uno colgado adelante y otro atrás. “Para repartir la riqueza es imprescindible distribuir la palabra. ¡Sí a la ley de medios!”, dice el de adelante. Gerardo dice que es uno de los que empezó a “venir” el 12 de marzo de 2010, cuando Martín Redrado se atrincheró en un momento que a esta hora parece muy lejos. Poco más allá, un grupo de tres se presenta como: la “Familia Caballero”. Ella maestra, él “taxista K”, y el niño estudiante “secundario de una escuela pública”, dice la madre. Llegaron de San Francisco Solano y caminan con carteles de una frase dividida en tres partes: “Democracia o Monopolio”. El tachero sostiene el que dice “monopolio”. Le dibujó caritas enojados a cada una de las “o”: “A mí –dice– me tocó la peor parte”.

Los otros stands

Además de la tira de stands institucionalizados por el circuito de los ministerios, la Plaza tuvo sus propios espacios de feria. Javier Ramponelli, por ejemplo, puso su pequeño lugar de venta con una versión peronista de las “mamushkas” a las que llamó Perushkas: un Perón, una Eva, Cámpora, Néstor y Cristina, uno adentro del otro. “Es un juguete con contenido político que representa la génesis del peronismo que a nosotros nos gusta”, dice y advierte que de la serie eliminó a “Méndez” y “Duhalde”. En otro sendero, camino al Cabildo, alguien vende imanes para heladeras con fotos que van marcando momentos sagrados en la historia popular del kirchnerismo. En medio de idas y vueltas, la vendedora advierte que la más vendida es la de Néstor Kirchner bajando el cuadro de Videla. Al lado, Mirta Simón, una mujer de Temperley, puso su puesto de pequeñas almohadas con imágenes grabadas: almohadas de Néstor y de Cristina y también alguna del Gauchito Gil. Sonia aclara que no son cosas distintas. “Unas y otras son parte de las cosas nuestras: así como están las de Cristina o el Gauchito también tenés las de YPF y Malvinas.”

Daiana, del Movimiento Peronista Patria Grande, tiene remeras extendidas en un paño.

–Las de Jauretche se venden bastante –dice.

–¿Las de Cristina?

–¡Las de Cristina son un furor! Desaparecen al toque. En este momento tenemos dos puestos, y me quedan las remeras mas chicas porque como buenos peronistas, somos bastantes gorditos.

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“Para repartir la riqueza es imprescindible distribuir la palabra. ¡Sí a la ley de medios!”, repetían cartelitos.
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