EL PAíS › MURIO CLYDE SNOW, EL ESTADOUNIDENSE QUE FUNDO EL EQUIPO ARGENTINO DE ANTROPOLOGIA FORENSE

Un hombre que hizo justicia con la ciencia

Vino a la Argentina en 1984 y formó un grupo de jóvenes que luego trabajó aquí y en todo el mundo en la identificación de víctimas de violaciones a los derechos humanos.

 Por Ailín Bullentini

Clyde Snow ya era un antropólogo reconocido cuando se topó con lo que se convirtió en una pasión que le duró hasta el fin de su vida: la antropología forense aplicada en casos de violaciones a los derechos humanos. El encuentro no fue en su Texas natal. Tampoco en Nuevo México, donde completó sus estudios universitarios, ni en Arizona, donde obtuvo su doctorado. Fue en Argentina, adonde había llegado junto a un puñado de colegas cuando el país aún olía demasiado a la muerte que había dejado la dictadura cívico-militar. “Planteó que el análisis de los huesos podía servir para trabajar el tema de los desaparecidos y destruyó lo que hasta entonces todos pensábamos que había sido un crimen perfecto”, recordó Carlos Somigliana, integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense, la institución que fundó Snow en 1984, que exportó a varios países del mundo y que acompañó hasta que falleció, ayer, a los 86 años.

Snow llegó a la Argentina en 1984 a través de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, una ONG a la que Abuelas de Plaza de Mayo y la Conadep habían acudido en busca de ayuda: miles de desaparecidos sin paradero, cientos de nietos perdidos. “Lo que sucedía en Argentina lo dejó pasmado”, recordó Mercedes Doretti. Entonces, ella y un grupo de amigos, Luis Fondebrider, Patricia Bernardi, Darío Olmo, entre otros y otras, eran jóvenes estudiantes que pisaban el final de la carrera de Antropología y Snow había tirado una piedra que nadie en el círculo de la profesión argentina recogió: con los esqueletos se podía hacer algo para avanzar en la identificación de los desaparecidos, pero se necesitaba mano de obra.

Los jóvenes casi antropólogos se enteraron de la búsqueda a través de quien, por aquellos días, oficiaba de traductor del “científico” en Buenos Aires. “Estábamos en una movilización en contra del Fondo Monetario Internacional y este chico nos empezó a contar de Clyde, que andaba buscando gente para ese proyecto y que nadie se sumaba. No le creímos mucho. Pero al otro día insistió y fuimos”, recuerda Dore-tti. Lo fueron a buscar al hotel en el que entonces Snow se hospedaba, escucharon su propuesta y le pidieron tiempo para pensar qué hacer. Tenían un poco de miedo por la cercanía del genocidio. “No sabíamos qué podía pasar, si podían volver los militares. pero decidimos que lo coherente con lo que pensábamos y con lo que creíamos, con la lucha de los familiares en busca de sus seres queridos, era empezar a trabajar”, sumó. Snow había viajado a Argentina por una semana y terminó quedándose cinco años.

El grupo de amigos colegas comenzó a trabajar a la par del antropólogo forense, un camino que tuvo y tiene mucho de técnica científica, pero también de investigación histórica. “Fue siempre muy generoso. Era un tipo muy sencillo, súper modesto, facilísimo para convivir y apasionado en su trabajo. A los 75 años trabajaba 15 horas seguidas como si tuviera 40”, destacó Somigliana, quien se sumó al EAAF poco tiempo después de su fundación. “Era muy inteligente, muy valioso para todos nosotros, pero también para todo el movimiento de los derechos humanos”, añadió Doretti, quien destacó no sólo los aportes del fundador del EAAF en cuanto al conocimiento y a la técnica para trabajar, sino también a la hora de amalgamar al grupo de trabajo. “La primera exhumación fue muy impactante para todos no-

sotros y también un momento bisagra”, recordó. Fue en el cementerio de San Isidro, en 1984. Estaban rodeados de policías. “Algunos no volvieron, otros seguimos hasta hoy. Y para eso fue fundamental su apoyo y su confianza. Trabajábamos mucho, pero no teníamos experiencia. Y él nos apoyó y escuchó siempre.”

A través de un comunicado, la institución informó sobre la muerte de “su fundador, maestro y amigo” con “profundo pesar”. “El EAAF tuvo el privilegio de haber compartido 30 años de trabajo en Argentina, Chile, Perú, Guatemala, México, El Salvador, Venezuela, Etiopía, Croacia, el Kurdistán iraquí, Zimbabwe, Congo, Sudáfrica y Filipinas”, entre otros países del mundo. “Su visión y su gran corazón cambiaron el mundo”, señaló el EAAF.

“Nos dio una idea que no teníamos, una fuerza que no imaginábamos, una generosidad que no abunda, una pasión diferente, una sabiduría que no alcanzamos, una humildad que tratamos de honrar cada día. Es de las personas que hacen falta”, concluyó Fondebrider.

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El antropólogo nació en Texas y murió ayer, a los 86 años.
 
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