EL PAIS › OPINION

Mi derecho a la identidad

 Por Hugo Roberto Ginzberg

El 2 de agosto depositamos en el mausoleo de los caídos en Monte Chingolo, del cementerio de Avellaneda, los restos de quien en vida fuera mi madre, Aída Leonora Bruschtein.

Mi vieja fue militante del PRT-ERP y tenía 24 años cuando la asesinaron. Estaba a cargo de un grupo de doce personas en la periferia de lo que fue el asalto al cuartel. Ella y seis más habían logrado pasar el cerco del Ejército, pero en vez de retirarse ella volvió a buscar a sus compañeros y no pudo volver a salir. La capturaron y asesinaron el día siguiente, 24 de diciembre de 1975, en la víspera de Navidad.

Dos meses antes, el 21 de octubre de 1975, ella y su compañero Adrián Saidon habían tenido un hijo, yo, Hugo Roberto Saidon. Estaban clandestinos, perseguidos por el gobierno de Isabel Perón y López Rega, y nunca lograron tramitar mi partida de nacimiento. Sin embargo, a riesgo de su propia vida, anotaron en los registros del hospital, con sus verdaderos nombres, que ellos dos eran los padres de ese bebé buscado y deseado.

Los días posteriores al asesinato de mi mamá, mi abuela Laura Bonaparte fue a pedir información y reclamar el cuerpo de su hija. Le respondieron que el cuerpo acribillado estaba bajo secreto de sumario y le ofrecieron una mano en un frasco de formol. Ella y su ex marido, mi abuelo Santiago Bruschtein, iniciaron un juicio por asesinato a las Fuerzas Armadas.

El 24 de marzo de 1976 fue asesinado mi papá, Adrián Saidon, su cuerpo continúa desaparecido.

Me adoptaron mis tíos Irene Bruschtein y Mario Ginzberg, que me anotaron como hijo propio. No había muchas otras opciones en medio de la persecución. Tuve así mi primera partida de nacimiento, en la que fui inscripto como Hugo Roberto Ginzberg. Pasamos un año y medio juntos como familia, con ellos y mi prima hermana Victoria Ginzberg, hasta que un grupo de tareas del Ejército allanó la casa donde vivíamos. Victoria tenía casi tres años; yo, dos. Presenciamos el secuestro y nos dejaron en la casa de unos vecinos. Irene tenía 21 años; Mario, 24, y creemos que fueron trasladados a Campo de Mayo. Continúan desaparecidos.

Mi abuelo Santiago Bruschtein, enfermo cardíaco, fue secuestrado de su casa en junio de 1976. La enfermera que lo cuidaba contó que los milicos le gritaban que “cómo un judío hijo de puta se atrevía a hacerle juicio al Ejército argentino”. Nunca nos entregaron el cuerpo. Muchos años después, aparecieron en algún archivo policial las fotos de un grupo de cadáveres incendiados en un predio de Cañuelas entre los cuales se reconoce la mitad del rostro de mi abuelo, preservado por la escarcha junto al cuerpo calcinado de una mujer con un avanzado embarazo.

Poco tiempo después fue secuestrado otro hermano de mi mamá, mi tío Víctor Bruschtein, junto a su compañera Jacinta Levi. Continúan desaparecidos.

En 1984, mi abuela Laura Bonaparte hizo la primera excavación en fosas comunes buscando identificar restos de desaparecidos, en el fondo del cementerio de Avellaneda, en una zona que era un basural y donde ella había investigado y sabía que estaban los cuerpos de aquella masacre. Hay una foto terrible, que fue tapa de la revista Life, y que en parte impulsó la conformación del Equipo Argentino de Antropología Forense.

Ese fondo del cementerio de Avellaneda se fue transformando con los años, primero con césped, después con un pequeño cantero. Mi abuela era una persona fuerte y alegre, trataba de no llorar delante de mí, excepto los 24 de diciembre, que era algo así como su día permitido de la mañana a la noche. Cuando vivíamos en Almagro se levantaba muy temprano para ir al mercado de flores que quedaba a unas cuadras, compraba dos docenas de claveles rojos, nos tomábamos el colectivo 24 y llegábamos al fondo del cementerio. En ese pedacito de césped íbamos dejando las flores para todos los compañeros y para mi vieja, nos sentábamos un rato y se acercaban siempre algunos vecinos del barrio a darle un beso y dejar también alguna flor. A veces, también alguien que había ido a visitar a sus seres queridos separaba una de su ramo y la acercaba al lugar donde los muertos no tenían derecho ni siquiera a un nombre.

Con los años y la tenacidad de algunos familiares, ese lugar se fue transformando. Hoy en ese baldío hay un mausoleo con un hermoso mural que rinde homenaje a los militantes asesinados. Los antropólogos hicieron su enorme y generoso trabajo identificando cada uno de los cuerpos mutilados y permitiendo que tengan al fin un lugar de descanso.

Los restos de mi mamá fueron identificados en parte con mi ADN. Pero cuando fui a realizar los trámites para poder llevarla al mausoleo, en el juzgado me contestaron que no podía porque no era el hijo, ya que mi DNI es el de Hugo Ginzberg. Mi tío Luis, el único familiar vivo de mi madre reconocido por el Estado, se ocupó de realizar los trámites.

En los ministerios tampoco me reconocen como hijo de Irene y Mario. Es razonable, primero porque es cierto y además porque mi expediente en la Conadi (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad) en el que solicito al Estado que interceda institucionalmente ante la Justicia para recuperar mi verdadera identidad lleva ya 18 años de iniciado. Por alguna razón que no termino de entender, hay compañeros funcionarios que hacen y han hecho un gran trabajo en la búsqueda y recuperación de identidad de mucha gente, pero que consideran que no es importante en el caso de mi historia particular. La Justicia, además, parece que necesitara años y años para resolver lo evidente.

Mi acta de nacimiento se hizo bajo el peor gobierno de la historia reciente argentina, en medio de una terrible persecución y aniquilamiento familiar. El acta de nacimiento de mis dos hijas, Franca y Carmela, en medio del mejor gobierno y la mayor libertad de la historia reciente argentina. Pero, hasta ahora, ninguno de los tres tenemos derecho a nuestra verdadera identidad.

Mis viejos arriesgaron sus vidas el 21 de octubre de 1975 en un hospital de Avellaneda, dejando registro con sus verdaderos nombres. También se merecen que su hijo y sus nietas sean reconocidos como tales.

Este agosto, antes de ir al cementerio charlamos con Franca, mi hija de cinco años, sobre el ADN, porque despedíamos a su abuela 38 años después. Ella dejó en el lugar señalado con nombre y apellido un clavel rojo antes de cerrar el nicho y afuera un ramo que también era para los demás compañeros. En algún momento vamos a volver a charlar sobre ADN con ella y también con Carmela, cuando los tres llevemos con orgullo los apellidos que nos pertenecen, será en poco tiempo o será en otros 38 años, pero será.

Memoria. Verdad. Justicia.

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