EL PAíS › PANORAMA POLITICO

AUGURIOS

 Por J. M. Pasquini Durán

La sidra, el pan dulce, los obsequios debajo del arbolito y toda la simbología navideña, más que una tradición religiosa forman parte de los objetos que identifican a sus poseedores como miembros reconocidos de la sociedad, los incluidos de una cultura, para decirlo en términos actuales, más allá de sus circunstancias económicas. Esa cultura se generalizó a mediados del siglo XX, cuando el Estado de bienestar administrado por el peronismo se encargó en primera instancia de proveer gratis a la Nochebuena y a los Reyes Magos en los hogares más desposeídos. Fue otro gobierno del mismo origen, volcado en los años 90 al conservadurismo internacional más duro, el que le quitó al Estado todo vestigio de bienestar y confió los destinos del pueblo y de la nación a los núcleos más crueles del mercado. Si aquel Estado de bienestar pudo parecer a muchos una especie de paraíso, tanto es así que sus bondades continúan transmitiéndose por vía oral de una generación a la siguiente, el mercado sin Estado fue la visión más cercana a las representaciones del infierno.
El actual presidente Néstor Kirchner sostiene que la Argentina salió del infierno hacia el purgatorio, aunque parece una exageración considerar al país como un cuerpo único, que se mueve al unísono, ya que la fragmentación de todo tipo lo convirtió en un rompecabezas en el que ninguna pieza es igual a otra. Peor aún: cada fragmento suele resistir a la idea de pertenecer a un cuerpo mayor y disputa por su propia suerte como si en ella estuviera contenida la de todos. De allí que muchas veces, sobre todo en los centros urbanos grandes, la solidaridad sea militancia individual o de grupos antes que actitud social generalizada. Esta insularidad fue visible en las marchas y actos que realizaron las diversas fracciones de los piqueteros en el segundo aniversario de la pueblada de 2001, puesto que algunos tuvieron la compañía de expresiones militantes de derechos humanos, de asambleas populares que sobrevivieron al paso del tiempo y poco más, además de las agrupaciones de izquierda, también divididas por la cercanía ideológica con éste o aquel fragmento de un movimiento que debería ser capaz de reunirse alrededor de acuerdos mínimos, en lugar de crisparse y separarse cada vez más de los que son en realidad sus pares, por lo menos en las bases.
Si entre ellos están divididos, mucho más alejados están de las clases medias, ganadas al fin por los malestares que ocasionan las intempestivas interrupciones del tránsito. Nadie deja de comprender las legítimas urgencias de los que más sufren, pero no han sabido combinarlas con las que también tienen otros grupos de postergados. Para colmo, el indispensable recurso de los subsidios, ya que el súbito empleo para todos los que lo demandan es imposible, ha desenvuelto algunos aspectos deformantes, puesto que hoy por hoy los salarios están tan depreciados que, a la hora de echar cuentas, para algunos conviene un subsidio de 150 pesos mensuales, con contraprestaciones mínimas, que un salario de 300 pesos en un empleo, descontados los costos de transporte, comida, ropa, etc. Los empresarios, a su vez, aprovechan la existencia del ejército de desocupados para mantener los salarios a la baja, con o sin reactivación.
El Gobierno no oculta sus deseos de una alianza de clases que, a diferencia de la menemista que reunía los votos de los más ricos y los más pobres, sirva de cimiento social a una fuerza política propia, reconocida por ahora con el nombre genérico de transversalidad. En la fragmentación, es más arduo el diálogo y, por supuesto, la satisfacción de las muy diversas reivindicaciones de cada sector. Pese a los esfuerzos, cada uno por su lado, del Gobierno y los piqueteros para que las jornadas del 19 y 20 transcurrieran sin sangre, bastó un acto terrorista para trastornar el balance de dos días que, sin ese hecho, fueron una buena expresión de cultura cívica. Ahora, el Gobierno tiene la misión urgente de aclarar responsabilidades y, ojalá, capturar a los autores materiales del salvaje acto.
A diferencia de otras zonas del mundo, donde predominan odios raciales, en estas costas el terrorismo que golpea a ciegas, sin saber a quién lastimará, suele ser la marca de la derecha ultramontana. Los datos preliminares de la investigación indican que la bomba fue armada y depositada para una explosión predeterminada. En las especulaciones, por supuesto, los autores pueden ser profesionales de distinta procedencia, pero ese desafío es una prueba para las autoridades. Lo mismo que en los varios delitos que perturban la seguridad urbana, el tema, incluso por sus repercusiones mediáticas, ha ganado espacio en la agenda prioritaria de la sociedad. El Gobierno que se atrevió con la Corte Suprema y altos mandos de las fuerzas armadas y de seguridad, no puede darse el lujo de sucumbir ante las bandas organizadas del crimen, así tenga que disolver a las policías sospechadas de corrupción y reemplazarlas de arriba hasta abajo.
Por momentos, parece que el Gobierno litiga mejor con los superpoderes que se atribuyen al Fondo Monetario Internacional (FMI) y con la avidez de los llamados acreedores internacionales, que con la trama de la sociedad anónima del crimen. Es lógico pensar que en un caso hay una voluntad política clara y los instrumentos aptos para realizarla, mientras que para responder al delito esa misma voluntad carece de los instrumentos adecuados. Está claro que forjar esos instrumentos forma parte de una tarea mayor, que es la reconstrucción del Estado, todavía una hipótesis. En cada repaso de la situación, aparecen a flor de piel la cantidad de problemas que retan al Poder Ejecutivo para su próximo año de gobierno, decisivo para el futuro de su proyectos y también para el conjunto nacional. Ojalá se cumplan los augurios de felicidad que se dice con tanta repetición enfática durante estos días. Lo más importante, como siempre, es lo que cada uno esté dispuesto a comprometer para que el augurio sea una realidad para muchos.

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