EL PAíS › OPINION

Etica y estéticas

 Por Washington Uranga

El bochornoso y repudiable caso de José López puso de manifiesto, una vez más, las debilidades del sistema democrático, del sistema político y de un Estado que se demuestran incapaces de ponerle límite a los corruptos. El ex funcionario es, sin duda, el emergente de otras situaciones lamentables e igualmente similares y que no están circunscriptas sólo al tiempo en que el Frente para la Victoria ejerció el gobierno. Pero no menos indudable es que la conducta delictiva de López afecta la credibilidad del proyecto político del que formó parte, de la democracia como propuesta y deteriora la imagen que la ciudadanía tiene sobre el manejo de lo público, en general, y de los dineros públicos en particular.

Lo acaecido exige autocríticas y revisiones profundas desde el espacio político, pero también desde la democracia misma, porque lo contrario no solo sería rehuir responsabilidades sino incurrir en connivencia con el o los delincuentes. Si la política y la democracia toda no encuentran los anticuerpos que permitan expulsar y acabar con las lacras que la afectan, nada puede ser finalmente creíble. Ni siquiera las propuestas políticas más honestas, ni aquellas que potencien derechos y generen beneficios ciudadanos. Tampoco la democracia como sistema, el mejor de cuantos se conocen hasta el momento, puede resultar convincente.

En lo político, lo sucedido esta semana en General Rodríguez termina por implosionar en el seno del kirchnerismo y del peronismo en general, multiplicando la fragmentación generada después de la derrota electoral. Habrá en consecuencia –si sus dirigentes tienen la altura suficiente– un largo proceso de reconstrucción que deberá asumir los errores, realizar depuraciones de sus líneas, recuperar el sentido de defensa de derechos que alimentaron el proyecto y abrir las puertas a otras miradas para recomponer un frente político y social con posibilidades de regresar al poder. El camino puede hacerse ahora más largo y espinoso después de los acontecimientos recientes. Las luchas internas que se avecinan pueden ser feroces y desgarradoras en ese espacio donde los liderazgos también están atomizados.

Desde la otra acera, la del oficialismo gobernante, se escuchan voces de satisfacción por el daño que se autogeneró la principal fuerza opositora. La alegría llegó desde el lugar menos pensado. También porque razonan que, en medio de un momento crítico en lo económico y en lo social, con una oposición débil y herida en su credibilidad, el camino parece allanado para consolidar los cambios que se buscan hacia un modelo económico social de cada día mayor concentración en menos manos. Sin embargo el oficialismo no debería perder de vista que la resistencia al modelo se germina en el descontento de las bases populares, aún cuando carezcan de una representación política que las cobije de manera coherente. Y por otra parte, si bien los vientos parecen propicios para la alianza gobernante y la Justicia juega a su favor acomodada al clima de época, no se puede perder de vista que las cuentas offshore, los capitales en el exterior y la evasión fiscal son parte del mismo sistema corrupto que se denuncia; así tenga una estética más prolija, admitida por el capitalismo y disimulada o ignorada por el aparato mediático que actúa en este caso como cómplice. No habrá entonces fotos de detenidos con casco y chalecos antibalas, pero el daño para la ciudadanía es igual o peor. En definitiva y en términos prácticos no hay mucha diferencia entre esconder plata en un convento o en paraísos fiscales en el exterior. La diferencia no es ética sino apenas estética. Al mismo tiempo habrá que seguir de cerca cómo afectan las repercusiones del “caso López” a muchos de los actuales integrantes o socios del gobierno de Cambiemos que también fueron contratistas del Estado en la etapa anterior. Solo para recordar que el delito tiene dos caras: el corrupto y el que corrompe.

Sin pretender minimizar la enorme gravedad del “caso López” es bueno recordar que la enfermedad de la corrupción no es exclusiva de los políticos o de los funcionarios, sino que atraviesa la sociedad. Ya en 2006 el investigador Oscar Oszlak escribía que “la mini-corrupción burocrática y la maxi-corrupción política de alto vuelo no son compartimientos estancos, sino parte de un único sistema de vasos comunicantes”. Y agregaba que “el chico de diez años que paga al vista para pasar sus juguetes electrónicos y el empresario de cincuenta, que paga sobornos para poder construir un shopping en una escuela o lofts junto al puerto, son parte de un mismo fenómeno” (Oszlack, O. 2006, “Estado de corrupción o corrupción del Estado”).

Sin embargo, en el mismo trabajo, Oszlack sostiene también que “no hay un estado corrupto ni una sociedad corrupta. Hay actores que hablan en nombre del estado (sin representarlo en su espíritu) y sectores que obran desde la sociedad, empeñados en desviar de sus legítimos fines a los recursos que la sociedad civil confió al estado”.

Acumular ilegalmente paquetes de moneda extranjera además de una conducta delictiva, es patético y espectacular y sirve a los propósitos de quienes intentan meter en la misma bolsa de la corrupción a todas las personas y los logros de un proyecto político que aportó indudables beneficios para la gran mayoría de la población. Pero la diferencia con el robo de guantes blancos que transfiere ganancias a los sectores concentrados de la economía mediante medidas macro económicas, permite sin más el blanqueo de capitales fruto de la evasión (que también es un delito) o hipoteca los fondos previsionales en contra de los jubilados presentes y futuros, es apenas estética.

Para José López, sus eventuales cómplices y todos los que actúen de igual forma, habrá cascos, chalecos antibalas y mucha exposición mediática destinada a un escarmiento que apunta ante todo a castigar y desprestigiar el proyecto político del que formó parte antes que a la misma persona del delincuente. Para los otros, los defraudadores de guante blanco, habrá explicaciones técnicas e igualmente cínicas, recubiertas de discursos en los que abunda la alegría, la “pobreza cero” y el reencuentro entre los argentinos.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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