EL PAíS › OPINIóN

El pedagogo oficial

 Por Horacio González

El titular del Sistema de Medios Públicos, Hernán Lombardi, ha producido lo que podemos considerar el primer documento macrista escrito en torno a la cuestión del pasado. El macrismo abunda en gestos, imágenes prefiguradas, cálculos escénicos diversos y numerosas teatralidades, pero no se destaca por producir textos. Esta carencia no solamente es propia del macrismo. Aprovechemos entonces esta excepción, pues en el escrito que Lombardi ha mandado fijar en el Centro Cultural Kirchner se encuentra una tesis palpable sobre lo que piensa el Gobierno sobre el pasado. El documento de Lombardi se ha adherido en las paredes del mencionado Centro, al lado de las enormes placas de mármol que suelen colocarse cuando una obra está terminada. En ella, como se sabe, figuran los nombres de la ex presidenta, del ex ministro de Planificación y de la ex ministra de Cultura. También está el ex secretario de Obras Públicas. Sí, no hay error posible, es… ¡José López! Es sabido que este último nombre no es atacado del mismo modo que los otros, que pueden ser odiados, judicializados, despreciados, insultados. Pero el de López, rígido en ese frío mármol, pasa a significar lápida, muerte, corrupción, fosa, cripta, esto es, lo que pertenece de modo general a un mundo tanático e infecto. Lombardi cree así haber resuelto los enigmas del pasado, no “dinamitarlo” –así dice– sino ponerlo como parte de una memoria que aliente la “comprensión crítica” para que la historia “no se repita”. El tema al que está abocado tiene una augusta definición: “la preservación de los símbolos de una etapa terminada”. Con esta frase profética, que disfraza de generosidad una vulgar agresión, afirma dos cosas. El fin de una historia y el comienzo de su propia benevolencia ante “la hipertrofia de la toponimia” que “nos sesga y nos divide”. En resumen una “victoria sobre el pasado”.

¿Debemos festejar que Lombardi haya encontrado la solución que tantos se desesperaron para definir y situar? ¿Qué hacer con los emblemas, vestigios e insignias del pasado? Una primera falacia es la declaración jactanciosa sobre una superación que no se evidencia ni en los innumerables testimonios de insistencia de la memoria del período anterior, ni en las maniobras avasallantes que caracterizan el actual. El pasado necesita de símbolos y al mismo tiempo los supera. Los modos inconmensurables de la memoria van más allá de los símbolos que pretenden representarla. Pero siempre ellos son necesarios, pues ante el pavor de la memoria tomada solo en su impalpable misterio y pureza, siempre están el mármol y el bronce. Ante la casi siempre presumible indiferencia de esos talismanes, nos pasamos discutiendo, porque los hechos sin nombre, al vaciar la historia, también vacían nuestra vida. Pues bien, los actos tajantes en torno a los símbolos surgen de una conciencia colectiva que habitualmente permanece inerte, pero suele comprenderse que de tanto en tanto le sea necesario un gesto incisivo. Pero poner y sacar símbolos pertenece al modo categórico del juicio histórico, y estos gestos exponen a la vez un deseo lanzado hacia la opinión del presente, para modelarla rápidamente en pedagogías adulatorias o su reverso, el desprecio. En cambio, cuando se precisan gestos concluyentes y terminantes, resulta. Tal como el título del “Nunca más”, una frase que parece escrita en planchas de acero, como anhelo convencido ante la fragilidad del mundo histórico. El titular del Sistema de Medios Públicos menciona a los “dinamitadores”. No quiere ser uno de ellos y llama a la prudencia. Su método es delicado y no produce estampidos. Acordona la placa para inmunizarla como si la dinamita estuviera encerrada en ella y señala su baldón. Es como si fuera un empleado de Palacio de Madrid ante un Caravaggio (por ejemplo, Salomé con la cabeza de San Juan Bautista) precintando el cuadro insigne para llamar la atención sobre la crueldad, lo intolerable y feroz de la escena. Y que después nos dijera que hay que terminar con este barroco concupiscente, que derrama sangre, decapita y horroriza, aunque decida mostrarlo porque “no queremos darle la espalda a lo sucedido”. Deduce, así –según su texto implantado como exorcizo al lado de los nombres del “gran estigma”–, que queremos superar lo que hubo en aquel remoto presente, al que ahora proclama como pasado.

Pero en verdad se trata de un acto de encono revestido de astucia, de un acto de inquina disfrazado de corrección museística, de un acto político que tiene más violencia y exceso en la señalización de los nombres que la madurez con la que dice que hay que invocarlos. Seguramente pondrá una luz cenital iluminando el texto que declara el triunfo sobre el pasado, ambición ingenua que nunca se cumple con tan pobres malabares. Al mismo tiempo pide una ley de nombres para ahorrarse en el futuro tantos esfuerzos educativos ante los perezosos que aún no han comprendido. Es que uno de esos nombres le facilita la tarea y con elegante señorío vemos en manos de Lombardi el spray depurativo, el purgante para los tiempos oscuros. ¿No está la mácula purulenta de la época, el nombre de López, en la placa inaugural? López les es un símbolo necesario, una toxina encasquetada que tienen que exhibir por todo el país, emponzoñado y lleno de furúnculos, cualesquiera que sean las graves causas que pesan sobre él. Lo que hizo Lombardi es una venganza infantil del bedel de la Sala. ¡Hubiera sido preferible que se animara a bajar la plaqueta! ¿Cree que los que precisan recordar la historia lo hacen yendo a su malicioso museo como quien va a ver El Coloso de Goya para aprender a repudiar el vértigo que nos causan el presente y el pasado?

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