EL PAíS › OPINION

Lo único transversal

Por Susana Viau

El sábado al mediodía, mientras los directivos de alguna institución privada se enfurecían porque aún no estaba claro quién pagaría los gastos de los pacientes que se había visto obligados a aceptar en terapia intensiva, el calor volvía irrespirable la cuadra de la morgue. Los familiares aguardaban en las dos veredas, sentados en las sillas de plástico rojo que ya habían llegado, como habían llegado los baños químicos dispuestos por el Cevip y el hielo y las frutas y los caramelos aportados por los vecinos. El abatimiento era el reactivo que permitía identificar a los padres y las madres de los jóvenes cadáveres que trasladaban sin cesar hasta la calle Viamonte. Personas humildes, con ojotas y pies hinchados por las horas de vigilia y también gentes de clase media, mujeres rubias con claritos, vestidas de beige y marrón, y hombres de sport, con ropa de buena calidad. Las tragedias, las catástrofes, las desgracias colectivas tienen siempre un protagonista hegemónico y la víctima suele ser el pobre. Ahí, frente a la morgue, sin embargo, la ecuación habitual no se cumplía: se había producido un equilibrio macabro dentro del desequilibrio, una equidad siniestra en medio de la injusticia. Es que el rock es democrático. A diferencia de la música electrónica o de la bailanta, allí están todos, un poco de aquí y un poco de allá, jóvenes. Una franja, una etapa de la vida que se simbolizó en las zapatillas colgadas como tributo en las vallas de Once. Hasta los cementerios han hablado de esa diversidad: Chacarita, Flores, Recoleta.
Algunos moverán el dedo índice para culpar a la feligresía porque llevó sus hijos a ese sitio y a otros, en cambio, el dato les hará pensar una vez más que tienen hijos a la edad de ir a bailar y ese fenómeno forma parte de nuestra actualidad; algunos le darán vaya a saber qué interpretación retorcida a las bengalas y otros preguntarán quién puede escandalizarse y criminalizarlos por eso en un país donde una fábrica de armamento vuela por los aires para que no se descubra un chanchullo descomunal; algunos dirán que con la pirotecnia buscan visibilidad y otros se plantearán que es precisamente ahí, en el recital, donde pierden el contorno individual y se zambullen en una identidad común y ya no hay conurbano ni Barrio Norte, colegios pagos o secundarios nocturnos. Todo lo que la política ha separado de modo implacable, se recompone, se pegotea y transpira codo a codo al borde del escenario. La del rock es la ilusión de una sociedad sin clases. Ahí, por un rato, agitando remeras, levantando los brazos y balanceándose, los jóvenes son todos iguales, parte de una misma grey. Tan iguales como era igual el desconsuelo de los padres que esperaban en la morgue de la calle Viamonte. Y cualquiera de ellos podía haber gemido como gemía esa mujer, el lunes, viendo entrar el cajón con el cuerpo de su chico en un nicho de Chacarita: “¡Decime que es un error! ¡Decime que se equivocaron! ¿Cómo puede una madre dejar a su hijo acá?”. El rock es lo único transversal de estos tiempos.

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