EL PAíS › OPINION

Blejeritud e intolerancia

 Por Julio Nudler

No sé si estoy a tiempo, pero a través de estas líneas quisiera pedirle a Mario Blejer, presidente del Banco Central, que no renuncie a su apellido, desoyendo el emplazamiento que le efectuó a través de este medio su pariente Ana Laura. Ante todo, porque nos produciría una gran confusión a los periodistas, que nos hemos habituado a rescribir una y otra vez nuestras agendas con cada cambio de elenco gobernante, pero no a que un mismo funcionario pase a llamarse de otro modo. Ella, la prima, quiere, como indica, “expulsarlo” del apellido familiar porque él, por su trayectoria en el FMI y su papel en el actual Gobierno, lo estaría deshonrando. Se supone, según el relato de Ana Laura, que los Blejer constituyen una noble estirpe de colonizadores judíos, que luego derivaron hacia ocupaciones diversas, llegando uno de ellos, David, a ministro de Trabajo de Arturo Frondizi. En principio, lo razonable es pensar que los Blejer, como los Blajer, los Blijer, los Blojer y los Blujer, han sido y son seres humanos con lo bueno y lo malo de cualquiera, y que la “blejeritud” o “blejeridad” que reivindica Ana Laura, si es que representa una condición especial, incluye también lo que pueda aportarle Mario B., salvo que los demás Blejer hayan instalado un antivirus en el programa familiar para practicar, puertas adentro del apellido, una suerte de limpieza étnica. La reaccionaria idea del linaje se transforma así en un arma para la condena de un individuo, a quien se pretende descastar. En general, el de la prosapia fue un argumento de odio y discriminación utilizado por el nacionalismo de derecha argentino contra las nuevas oleadas inmigratorias en general y el ingreso de judíos en particular. Ahora, por lo visto, ese germen de intolerancia prende dentro mismo de una familia judía, uno de cuyos miembros reclama expurgar la progenie con el destierro nominal de otro. Notablemente, en el artículo dominical no se aclara específicamente de cuáles hechos concretos se acusa a Mario B., o qué debería hacer otro en su lugar como presidente del Banco Central. Se supone que son sus actitudes desde el actual cargo las que motivan esta tarjeta roja directa de su parienta, porque no nos enteramos de que le hubiera mostrado la amarilla durante los muchos años en que él jugó de enganche para el International Monetary Footballteam (FMI, según sus siglas en español). Pero está bien. La hora del escrache siempre llega. Que se vaya Blejer del apellido, como reclama su prima biennacida. Es el tiempo del rifle sanitario. El corralito nos transforma en fieras, y este Blejer es una buena presa. ¿Cuál será la próxima, señora Blejer?

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