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Bergoglio, candidato a número dos del Vaticano

En Roma y en Buenos Aires se cuentan los datos para ver si el arzobispo porteño puede ser nombrado secretario de Estado papal, en reemplazo del muy poderoso Angelo Sodano. El argentino quedó bien colocado en la última votación que eligió al papa Ratzinger.

 Por Washington Uranga

Como resulta habitual en la Iglesia Católica en virtud de su cultura institucional, es imposible confirmar en fuentes oficiales u oficiosas las versiones y rumores de los últimos días acerca de la candidatura del cardenal Jorge Bergoglio para asumir el importantísimo cargo de secretario de Estado del Vaticano, real número dos en la jerarquía universal. No obstante, en la mayoría de los círculos eclesiásticos consultados el hecho se considera “dentro de las probabilidades”. Nadie, obispos o analistas, cercanos o no al arzobispo de Buenos Aires, se anima a lanzar un pronóstico cierto sobre el particular. Pero, además de las repercusiones internacionales y eclesiásticas que el hecho pueda tener, es evidente que el tema agita también el escenario de la Iglesia Católica en la Argentina en vista de las próximas elecciones en el Episcopado y de la necesidad de cubrir ciertos puestos clave dentro de la estructura diocesana del país. Una realidad que tampoco le resulta ajena al mundo de la política y en particular al Gobierno que, a pesar de la calculada distancia que maneja con los temas eclesiásticos, sigue atentamente todos los movimientos en el seno de la institución religiosa.
Varias son las circunstancias que se suman a la hora de analizar el hecho. Pocos días después de asumir el pontificado, el papa Benedicto XVI confirmó en sus cargos a todos los cardenales de la curia romana que se venían desempeñando con Juan Pablo II. Entre los confirmados se incluyó al actual secretario de Estado, el cardenal italiano Angelo Sodano, un hombre de ideas conservadoras, tan cercano a Juan Pablo II como al papa Raztinger. Sin embargo, aquella ratificación se consideró transitoria, dado que los papas suelen tomarse un tiempo para conformar su nuevo equipo de gobierno. No está entonces fuera de los cálculos que Benedicto XVI se encuentre ahora próximo a renovar los nombres de la curia, entre ellos el estratégico puesto de la Secretaría de Estado. Sodano, que ya presentó su renuncia hace dos años al cumplir los 75 de edad, bien podría seguir en su cargo hasta los 80, algo que no descartan tampoco en Roma quienes siguen los temas vaticanos.
En cuanto a Bergoglio, las miradas concurren sobre él en virtud de que es una de las personalidades del colegio cardenalicio que reúne respeto y reconocimiento por parte de sus pares. En general, tanto los cardenales como los miembros de la curia romana tienen por el titular del arzobispado de Buenos Aires una gran valoración por su capacidad intelectual y por sus dotes políticas. El cardenal porteño, que el 17 de diciembre cumplirá 69 años, fue ordenado sacerdote jesuita en 1969 y es obispo desde 1992. En el Vaticano, el cardenal Bergoglio integra la Congregación para el Culto, la Congregación para el Clero, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y es miembro del Consejo Pontificio para la Familia. Algunos trascendidos periodísticos aparecidos en la prensa internacional señalan también que Bergoglio obtuvo una alta votación en las primeras rondas del cónclave en el que finalmente se eligió al papa Benedicto XVI.
Entre el 7 y el 12 de noviembre, los obispos argentinos se reunirán en asamblea plenaria y para esa ocasión Bergoglio aparece como el candidato más firme a ser elegido por el voto de sus pares como presidente de la Conferencia Episcopal, suplantando al arzobispo de Rosario, Eduardo Mirás, que termina su mandato y ya ha presentado su dimisión también a las responsabilidades pastorales en su diócesis. Actualmente, Bergoglio es vicepresidente segundo del episcopado.
Una eventual salida de Bergoglio hacia Roma abre a diversas lecturas desde el punto de vista político institucional. Nunca antes un argentino estuvo en un lugar tan clave como la Secretaría de Estado del Vaticano, una suerte de “primer ministro” del Papa. Actualmente, el arzobispo argentino Leonardo Sandri, un hombre de carrera diplomática en el Vaticano, hace las veces de “ministro del Interior” de la Santa Sede. Durante el pontificadode Pablo VI y luego de Juan Pablo II, el ya fallecido cardenal Eduardo Pironio ocupó importantes responsabilidades al frente de dicasterios romanos. También el cardenal argentino Jorge Mejía, ya renunciado, tuvo responsabilidades de importancia en los últimos años, pero ninguna del nivel del que se habla ahora para Bergoglio. El arzobispo de Buenos Aires es un ortodoxo en materia doctrinal y conservador moderado en lo político, si bien ha recibido serias críticas por su actuación durante la dictadura militar cuando era superior provincial de los jesuitas. En lo social y lo pastoral, Bergoglio se presenta como un religioso preocupado por la gente y cercano tanto al clero como a sus fieles. En caso de sustituir a Sodano estaría sucediendo a un hombre marcadamente conservador y que en la Argentina afianzó lazos políticos y económicos con el entorno del ex presidente Carlos Menem, fundamentalmente a través de Esteban Caselli, quien fuera embajador ante la Santa Sede.
Una eventual partida de Bergoglio hacia Roma dejaría vacante el estratégico puesto del arzobispado de Buenos Aires y, si fuera electo para ese cargo, también el de presidente de la Conferencia Episcopal. En este último caso, la sucesión es automática porque los estatutos establecen que el vicepresidente primero debería asumir el cargo. Descartado ya el de Juan Carlos Maccarone, varios son los nombres que se barajan para ese lugar, entre ellos los del actual obispo de Lomas de Zamora, Agustín Radrizzani y del titular de San Isidro, Jorge Casaretto. A estos cargos se accede mediante el voto de los obispos en asamblea. En cambio, las designaciones de obispos diocesanos depende directamente de Roma y, finalmente, del Papa. Por eso, en caso de ir a Roma, está claro que el propio Bergoglio tendría mucho que decir en la selección de su sucesor en Buenos Aires. Ese hecho haría que quede prácticamente descartada la posibilidad de que llegue a la Catedral Metropolitana el ultraconservador arzobispo de La Plata, Héctor Aguer. Más allá de ello se abre un abanico muy grande de posibilidades.
En la conformación del nuevo mapa eclesiástico deberían producirse en breve designaciones estratégicas. Siempre en el tono de las versiones y de los rumores que no tienen confirmación en medios oficiales, el nombre de Radrizzani se menciona entre los candidatos para sustituir a Mirás en Rosario. El obispo de Lomas, de destacada actuación en la Mesa del Diálogo Argentino, fue antes titular en Neuquén donde sucedió a Jaime De Nevares y cuenta también con mucho reconocimiento de sus pares. Otro puesto a cubrir que se ha transformado en clave por muchas razones es la vacante de Santiago del Estero. Los obispos argentinos habrían solicitado a Roma que se provea rápidamente el nombre de un obispo que se haga cargo de aquella diócesis. Otro lugar importante es Resistencia, donde ya se aceptó la renuncia al arzobispo Carmelo Guiaquinta, quien no ahorró críticas a la acción del Gobierno. El propio obispo, que también es titular de Pastoral Social del Episcopado, dijo ayer en su homilía dominical que “con septiembre ha comenzado lo que podemos llamar tiempo de descuento para el nombramiento del nuevo pastor arquidiocesano”. Resta por definirse además quién sustituirá a Antonio Baseotto en el obispado castrense, y en esto todas las informaciones apuntan en el sentido de que existe estancamiento en las negociaciones entre el Gobierno y la Iglesia.
Frente a todo este movimiento, desde la Casa Rosada se observa la realidad eclesiástica con expectativa, pero con distancia suficiente para evitar toda suspicacia sobre posibles interferencias mientras se ejecutan discretas acciones y consultas para evitar sorpresas que puedan resultar desagradables. Al mismo tiempo, se mira hacia Roma por lo que pueda pasar con Bergoglio y hacia la asamblea episcopal de noviembre que delineará un nuevo mapa político institucional de la Iglesia Católica y de la que puede surgir también un postergado documento crítico hacia la acción del Gobierno.

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Bergoglio tiene prestigio en Roma como político.
 
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