EL PAíS › PANORAMA POLITICO

Mundial

 Por J. M. Pasquini Durán

Después de las elecciones legislativas, en los discursos y comentarios sobre la situación nacional, hay escasas referencias a la relación del país con el mundo, pese a que cualquier reflexión actual no puede ignorar la interdependencia forzada por la globalización. Ni la inminente Cumbre de las Américas, en Mar del Plata la próxima semana, provocó hasta el momento el pronunciamiento de los legisladores electos ni de las principales fuerzas políticas. Las excepciones son el gobierno nacional, que cumple con sus deberes, y algunas fracciones del movimiento popular, entre ellos partidos de izquierda que acaban de ser desahuciados por el electorado, que están convocando a manifestar el repudio a las políticas del gobierno norteamericano.
Esta Cumbre, según los planes originales de la Casa Blanca, debería proclamar la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA), inspirada por el llamado “Consenso de Washington”. El actual secretario de Comercio de Estados Unidos, Carlos Gutiérrez, explicó cuál era la prioridad para su gobierno: “Abrir los mercados internacionales a las empresas estadounidenses, para crear empleos y construir unos Estados Unidos más fuertes” (La Nación, 28/10/05). Sin reciprocidad alguna, ya que seguirán levantadas las barreras a las mercaderías de origen latinoamericano, por lo que hay fuertes resistencias en buena parte de los gobiernos de la región, sobre todo en Sudamérica, más allá de las identidades ideológicas de cada uno de ellos, a subordinarse al exclusivo interés norteamericano.
George W. Bush llegará a Mar del Plata en uno de los momentos de mayor debilidad política, acosado por las nefastas consecuencias de su gestión en todos los campos, desde el militarismo salvaje hasta la megacorrupción, apoyado en el dogmatismo fundamentalista de la ultraderecha que se proclama cristiana pero predica el odio y la aniquilación. Igual que Menem en su segundo mandato, después de conseguir la reelección la popularidad de Bush está viniéndose abajo como en un tobogán. A los desastres de su propia gestión, como la invasión de Irak, y a las catástrofes naturales cuyas víctimas fueron atendidas mal y tarde, o quedaron en el desamparo típico del retraso “tercermundista”, se suman decenas de problemas graves y urgentes de distinto tipo pero cargados de contaminación letal. El escándalo institucional que ayer llevó a juicio al jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney, acusado de perjurio y obstrucción de la Justicia en un tema de seguridad nacional, tiene chances de extenderse hasta tumbar a otros hombres de la intimidad del presidente.
En la economía, la mayor potencia del planeta tiene casi todos los déficit que harían intolerable para el Fondo Monetario Internacional (FMI) cualquier país latinoamericano. Para colmo, en el plano internacional, ya no tiene la competencia europea o japonesa como sus desafíos prioritarios, puesto que ahora el reto principal proviene de lo que los italianos llaman “Cindia”, la suma de China y de India, dos Estados-civilización habitados por 2500 millones de personas, cuya presencia en la economía planetaria es de tal dimensión que Business Week presume que este siglo XXI les pertenecerá (The Challenge and the Oportunity, 29/08/05). No es la única profecía en el mismo sentido: según los futurólogos del National Intelligence Council en el año 2040 el producto bruto interno de China superará al de Estados Unidos, mientras que la India, ya en el 2030, ocupará el tercer lugar sobrepasando a Japón y Alemania. Como señala un artículo de Limes, revista italiana de geopolítica, “no es sólo economía, está en juego el poder planetario” (04/05).
Las predestinaciones, por supuesto, no son infalibles, pero un imperio tiene que escuchar todos los oráculos. Además, ya hay indicios verdaderos: el Congreso norteamericano debió actuar para impedir que la China Nacional Offshore Oil Corporation se apropiara de la compañía energética de California. Otro dato de referencia: Beijing tiene pretensiones territoriales sobre algunas áreas por donde cruzan las principales rutas de los petroleros que transportan once millones de barriles por día, vigilados por la Séptima Flota norteamericana. La India, por su parte, crece a ritmos intensos, alrededor del 6/7 por ciento anual en este siglo, su población aumenta con posibilidades de superar a la china, es un productor de servicios de alta tecnología de fama mundial, de hecho es miembro del exclusivo club nuclear y, por si esto fuera poco, se ufana de ser la más grande democracia del planeta. De seguir con este ritmo, en 2015 India será la cuarta potencia mundial después de Estados Unidos, Unión Europea y China.
No son norteamericanos los únicos ojos que miran hacia esos horizontes. El socialcristiano Romano Prodi, después de obtener el 74 por ciento de las preferencias para aspirar a la presidencia de Italia entre los 4,3 millones de votantes que participaron de la interna de la “Unión” de centroizquierda, en su discurso de victoria de hace dos semanas afirmó que para Europa el futuro deberá estar focalizado en las relaciones con China y con India. Cuando una delegación china del más alto nivel visitó Buenos Aires o cuando el matrimonio Kirchner viajó al país de la Gran Muralla, las ocurrencias de tirios y troyanos no pasaron aquí de las frecuentes trivialidades, chicanas, de una vida política que cada vez se ha vuelto más parroquial, pajuerana, en un mundo cuyo entramado es cada día más complejo y cambiante, en el que los paradigmas rutinarios o ensimismados no sirven para nada importante. En el atlas de estos tiempos, América latina es prioridad sólo para los latinoamericanos.
A los que tratan de pronosticar el futuro nacional litigando por los porcentajes del último escrutinio o tratando de hurgar en los planes del presidente Néstor Kirchner, como si él fuera el dueño del país y, aún peor, del mundo, les vendría bien un repaso sobre la marcha y la dirección de los asuntos internacionales, de los que hoy nadie, ni la más remota isla, puede desligarse a la hora de pensar en el propio porvenir. El ejercicio de asomar la cabeza es todavía más imperativo para los que viven interrogándose sobre los métodos para cosechar inversiones externas, como si los fondos estuvieran encerrados en una cueva como la de Alí Babá y sólo hiciera falta conocer la consigna adecuada para ingresar a la fuente de riquezas. Basta observar con cierto detenimiento las fluctuaciones de estos días en la relación peso-dólar para darse cuenta de que los capitales son más volátiles que un barrilete y que se alejan apenas avizoran en el mapamundi cualquier otro sitio donde puedan satisfacer mejor su voracidad. El que pueda convivir con caníbales sin canibalizarse, que dé un paso al frente.
El último cuarto de siglo del siglo pasado, bajo el dominio de las ideas del neoliberalismo, dejó un legado que se marca en la geografía mundial como grandes manchas de pobreza y de injusticia, sea en Estados Unidos, Europa, China o India, para no hablar de las inequidades nacionales o las de toda América latina. Es verdad: mal de muchos, consuelo de tontos, pero la necesidad de superar esa sombría herencia es el mayor de los desafíos de la civilización contemporánea. Por eso importa saber quién tiene el poder, para qué y cómo lo usa, quiénes se benefician y quiénes se perjudican. Entre tantas incertidumbres, lo peor es no aprovechar de las experiencias propias y ajenas para buscar los caminos nuevos. La Cumbre de Mar del Plata debería tratar los temas de la pobreza y de la gobernabilidad, pero sería demasiado optimista esperar que el lenguaje diplomático, mediatizado por tantos intereses cruzados, pueda dar una respuesta a las inquietudes cotidianas del ciudadano. Mientras tanto, los senderos hacia el futuro tienen que ser una construcción colectiva, sin hadas buenas ni príncipes encantados. El país no es un sapo que espera un beso de amor para recuperar la condición humana. Basta de cuentos y leyendas mágicas.

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