EL PAíS › OPINION

Nunca más, mucho más

 Por Mario Wainfeld

Cientos de actos, textos, reuniones, movilizaciones cuya mera enumeración es imposible, serán el marco del trigésimo aniversario del comienzo de la última dictadura militar. La consigna “Nunca más”, escrita primero en un libro emblema, pronunciada luego en un alegato memorable es ahora el común denominador de un rechazo extendido entre sectores muy mayoritarios de la ciudadanía. Un acuerdo básico, fundacional, que fueron forjando a pulso los que fueron al principio grupos muy pequeños, dotados de coraje y convicciones imbatibles, que lograron la hazaña democrática de ir convenciendo a muchos sin malas artes y sin apelar al uso de la fuerza. La multiplicidad de los fastos habla de una fuerza social que bulle y también de las divisiones que desde siempre aquejan a los que acuerdan en lo esencial sobre el núcleo de lo que conmemora el feriado de hoy.

Las distintas organizaciones que integran el movimiento de derechos humanos saben poblar el espacio público desde cuando hacerlo no era una libre opción ciudadana, como lo será hoy, sino la asunción de riesgos enormes e indeterminados. Hoy, no hace falta una bola de cristal para predecirlo, los que siempre estuvieron serán la merecida vanguardia de una oleada de gente. Suyo es el mérito primero de lo mejor del tono de estos días y nunca será bastante el agradecimiento a su aporte a la, incipiente, construcción de una sociedad democrática.

- El imperio del terror. El terror extendido fue el núcleo fundante de la dictadura. Estaba enderezado a extinguir todas las organizaciones sociales, sindicales y políticas que existían en una Argentina concientizada y resistente. En tal sentido, algunas presuntas desmesuras (como la Noche de los Lápices) no eran tales sino la aplicación congruente de un principio básico. La represión por izquierda tenía una perversa funcionalidad, disuadir aún a los menos radicalizados o a los no encuadrados, ni qué decir a los que fantaseaban con sumarse a alguna forma de movimiento popular.

La falta de tipicidad de “delitos” que podían merecer la pena capital procuraba (y a fe que en buena medida logró) desmovilizar, acallar, anular no ya la acción sino hasta el pensamiento disidente.

Basada en la tortura, incitadora a la delación, creadora de cien modos de abatir la solidaridad y hasta el diálogo, la dictadura fue una máquina de desaparecer personas pero también una propaladora del miedo, la culpa y el silencio. Todo sobreviviente era un sospechoso, para los sicarios del régimen y muchas veces para él mismo. Una de las consecuencias más perversas del régimen, sobre la que tal vez no se discurre bastante, pues la eclipsa el peso de las muertes y los tormentos, es el grado de abatimiento, achatamiento cultural y sentimientos desolados que obró aun entre quienes la recusaban o rechazaban, como podían. Vivir bajo una dictadura o padecer sus emanaciones desde el exilio interior o exterior equivale a una humillación cotidiana, una mutilación deletérea pero implacable. El individualismo, la pérdida de lazos solidarios, la desmovilización son derivaciones inevitables de lo que pasó.

- Un gobierno protagonista. El actual gobierno hizo suyas las principales banderas de la lucha por los derechos humanos. Néstor Kirchner las receptó en su discurso, produjo hechos de potente simbolismo, promovió la nulidad de las leyes de la impunidad. Y, como señala lúcidamente la historiadora Marysa Navarro, consolidó esas acciones con un broche institucional perfecto que fue armar una Corte Suprema que será garante de los derechos básicos por muchos años, más allá de los avatares del actual oficialismo.

Amén de esa calidad institucional, Kirchner tuvo la virtud de posibilitar que las víctimas del terrorismo de Estado recuperaran la palabra y la autoestima. La presencia del Estado, seguramente, también tuvo un rol determinante en la masificación de las banderas de los organismos de derechos humanos. Si se acepta una hipótesis en pos de mejor exploración, el peronismo vuelve a tomar reivindicaciones sostenidas por consistentes pero minoritarios agrupamientos políticos (como las conquistas sociales del ’45 o el voto femenino) y las potencia por su masividad. Claro que lo hace con su desprolijidad, su ritmo tumultuoso y cierta inevitable propensión al sectarismo y a la excesiva auto apología.

Ya que de eso hablamos, las postrimerías del feriado deberían propiciar mejor polémica sobre la valoración que puede merecer el peronismo, que tuvo verdugos y víctimas en los dos extremos de la picana, que promovió la “conciliación” vía indultos y que ahora (en muchos casos con los mismos protagonistas) obra una enorme vuelta de tuerca. Una valoración nada sencilla, que trasgreda los límites del ditirambo o el epigrama.

- Otros debates pendientes. El abundante material producido durante lo que va del año se centró en la represión y el testimonio de las víctimas. Esa lógica centralidad es, empero, insuficiente para dar cuenta de una época tremenda. La comisión de delitos de lesa humanidad, deliberados y premeditados pesa sobre sus autores, sus instigadores, sus cómplices y sus encubridores. Pero el sufrimiento de sus antagonistas no debería impedir un debate político acerca del fracaso compartido que fueron los años ’70. Un gobierno popular derivó en una experiencia horrible, la más vasta etapa de radicalización de la historia fue consumiéndose aun en tiempos de Juan e Isabel Perón. Hubo allí responsabilidades variadas, que deben explorarse y discutirse. Los partidos políticos mayoritarios, el sindicalismo oficialista y opositor, la sociedad civil en su conjunto deberían proponerse repasos que acepten que la dictadura no fue una invasión marciana sobre la Argentina, sino que tuvo ingredientes importantes de continuidad de lo ya existente.

Respecto de las organizaciones revolucionarias de la época algo han ido avanzando los debates, sobre todo introspectivos. Hay ya textos valorables que cuestionan la vertiente militarista que tendió a primar en casi todas ellas. Los libros de Pilar Calveiro o Cristina Zucker son pilares en esa polémica, que tiene como precursor inigualado a Rodolfo Walsh cuya Carta Abierta a la dictadura militar (en línea con otros documentos internos de la organización Montoneros) es un sobrado ejemplo de cómo se pueden asumir los errores propios sin renegar de las banderas y las identidades. Más allá de lo ya hecho queda por iluminarse si hubo algo más denso que las desviaciones de las conducciones en la opción de “los fierros” sobre “la política” siendo que buena parte de las militancias pugnaba en el sentido inverso.

- El número rojo. Solo dos efemérides de sucedidos del siglo XX se han incorporado en el último medio siglo: la que evoca Malvinas y la de hoy. En ambos casos rememoran hechos infaustos, pródigos en sangre de argentinos, casi todos ellos jóvenes. Algo da que pensar que se optara por esos momentos y no, por caso, por la implantación del sufragio universal o la del femenino o el 17 de octubre o el 30 de octubre, días que podrían ser celebratorios de la ampliación de los márgenes de la democracia.

De cualquier modo, la conmemoración de hoy debe incluir, dialéctica como se obstina en ser la historia, la elaboración del dolor y la celebración de los tiempos mejores o menos peores.

El discurso dominante en estos días se afincó en el genocidio, eje del repudio masivo y es válido que así sea. Pero es del caso asumir que la dictadura no sólo sojuzgó a quienes aspiraban a representar a las mayorías sino también arrasaba con las minorías culturales, sexuales, religiosas, de género, etcétera. La actividad política estaba prohibida pero también era delito (o pecado, o falta, o conducta pasible de vaya-a-saberse-qué) usar pelo largo, minifalda o pantalones las mujeres, besarse en las calles, vagabundear por ellas a la noche. Ni qué hablar de ocupar las plazas para, por ejemplo cantar en ellas o, de mínima, tomarse un vino. Una dictadura expande el autoritarismo, la discriminación, el machismo, el racismo, la intolerancia en el sentido más lato imaginable.

La dictadura que se quiere dejar en el pasado es el terror (del que se habla bastante), el modelo económico (del que se habla menos, pero algo) y un modelo de sociedad cerrada, poco explorado en los discursos dominantes. Una pregunta sugestiva, inquietante, podría ser ¿cómo se combate una dictadura cuya estructura de poder político se ha desarmado pero cuyas secuelas sobreviven en buena medida? La respuesta de cajón es con herramientas diferentes, lo que incluye tolerancia, pluralismo, respeto a las instituciones y a las minorías, voluntad de convivencia. Una dictadura como la argentina no sólo acalló, también obligaba (en la sala de tortura y en muchos niveles menos espantosos de la vida cotidiana) a decir lo no querido o lo no pensado. Y ciertamente implantaba al silencio como salud.

El relato de esos tiempos debe contradecir esa marca, conjugando los esfuerzos de construir una sociedad diferente y mejor. No es posible imaginar en democracia un relato único, debe ser coral o (para ser más certero) polifónico. Todas las voces deben elevarse en pos de la construcción de acuerdos y no de verdades impuestas u oficiales, así se propongan con fines edificantes. La unanimidad es un imposible social, una horrible utopía autoritaria.

Decenas de miles de argentinos poblarán el espacio público que es suyo, reclamando por verdad y justicia. Todo indica que la lucha por los derechos humanos arribará a otro punto de inflexión, como el ocurrido con la formidable marcha del vigésimo aniversario. El recuerdo de los desaparecidos, el sentido “presente” y las palabras “Nunca más” serán coreadas en un innegable avance de las luchas populares. Ese avance sólo será redondo si, además de honrar al inigualable compromiso del pasado, la rememoración sienta las bases para promover una sociedad diferente a la que quiso moldear la dictadura. Una sociedad igualitaria (como pugnaban tantos por establecer en los ’70) y también democrática y tolerante. Una sociedad menos dispar en la distribución de los bienes materiales, los prestigios, el futuro. Una sociedad en la que todos tengan legítimos derechos políticos y expresivos, amén de los recursos materiales básicos necesarios para ejercitar una ciudadanía plena.

Un baño de multitudes consensuando y coreando “Nunca más” es, ciertamente, un buen principio.

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