EL PAIS › OPINION

¿Qué tipo de gobernante querrá ser?

 Por Mario Wainfeld

Con la excepción explicable de Raúl Alfonsín, todos los presidentes de la reapertura democrática transitaron el peldaño previo de un gobierno provincial. Menem, De la Rúa. Kirchner, los elegidos por el voto popular, cumplieron ese cursus honorum. También los provisorios, emergentes de la crisis: Rodríguez Saá, Puerta, Duhalde. Sagaz, costumbrista, resulta la decisión de Mauricio Macri de jugar la liga local porteña antes de ir por la Copa Nacional. A estas horas parece que no intentará hacerlo en octubre, sino que se tomará un tiempito, probándose en la Ciudad Autónoma. Preguntarse cómo le irá y, antes que eso, qué tipo de mandatario querrá ser deviene más que interesante. Mauricio es Macri, ya se sabe. ¿Qué gobernante querrá ser el hombre que hizo campaña prometiendo todo y camuflando bastante su condición de dirigente de derecha, de sueño redivivo de la derecha nativa? ¿Mauricio Blumberg, Mauricio Binner, Mauricio Duhalde, Mauricio Bergoglio-Bergman, por imaginar unos porvenires posibles?

El ejercicio especulativo apelará, un poco en solfa y un poco comparativamente, a “modelos” estilizados, con personajes o situaciones ya existentes. Se da por hecho que ninguno se repetirá puro en la realidad, pero pueden dar una orientación. Son, al uso nostro, tipos idealizados que se usan con fines didácticos. Ahí vamos.

Arranquemos con un punto de vista edificante, brotado del imaginario de campaña del ganador.

El mito urbano

Según su propia gente, quienes le diseñaron el discurso Macri será Mauricio Arana-Binner. Las referencias son dos intendentes modelo de Montevideo y Rosario, para nada de derecha. Muertas las ideologías, se encandilan en torno de Macri, Mauricio será como esos alcaldes de primer nivel, respetados por la sociedad civil, especialistas en cuestiones urbanas, que mejoraron la calidad de los pobladores de su ciudad en tanto agrandaron y embellecieron el espacio público. El relato no da cuenta de que eran hombres de centroizquierda, capacitados por su formación previa (arquitecto y médico sanitarista) y que sus modelos de ciudad reflejaban su concepción equitativa del mundo. La ideología (que se decreta pasada de moda y hasta entorpecedora) no quedaba en el desván, sino en primer plano. En la narrativa macrista, se supone que la gestión todo lo puede.

Esa lectura utópica saltea la ardua conflictividad porteña, que tiene entre varias concausas el permanente intercambio de población con el conurbano. Por eso, los adversarios de Macri denuncian otra cara imaginable del futuro.

La ciudad amurallada

Macri es Mauricio Adolfo Alsina, metaforizan aludiendo al ministro de ¿Roca? que cavó un (ay, insuficiente) zanjón para separar a los ciudadanos blancos del asedio de los indios. La gobernabilidad blanca que es bandera del líder de PRO, vaticinan, sólo se logrará “aislando” a los pobres que trasgreden la General Paz, trabajan de cartoneros, educan a sus hijos en las escuelas porteñas o buscan atención en sus hospitales. La ciudad sin conflicto debe ser cerrada, egoísta, una suerte de gigantesco combo entre un country y un shopping. Claro que demarcar esos lindes no será sencillo, por eso los críticos advierten que, al tiempo, habrá otras máscaras que se calce el gobernador.

Para sus detractores, Macri se encamina a ser Mauricio Blumberg Ruckauf, paladines de la mano dura contra cierta delincuencia, la emergente de la pobreza. Represores severos del pillaje urbano, de los delitos contra la propiedad y también verdugos de la portación de aspecto peligroso. Asesores como Eugenio Burzaco, la amistad con Blumberg cuando el hombre tenía grado universitario, la filiación de derecha habilitan la sospecha. Macri se cuidó como una niña de mostrar esa faceta en los meses recientes aunque (porque) lo había hecho en campañas anteriores. Eligió una lectura policlasista de la seguridad, con menciones recurrentes a la inclusión social. Eventualmente, cuando habla para su tribuna, escoge otros referentes para referirse a esos temas, se remite a otra geografía y propone que será Mauricio Rudolph Giuliani. Un clon criollo del alcalde neoyorquino, derechoso y muy popular, que le cambió la cara a la Gran Manzana. Como pocos conocen qué factores confluyeron en ese cambio, la promesa de “tolerancia cero” es una referencia simpática para la barra brava macrista, la que le prodigó el 80 por ciento de los votos en los barrios posta.

Claro que los arquetipos Ruckauf o Giuliani no soportaron los límites que estipula la Ley Cafiero. El jefe de Gobierno, en cambio, está desprovisto de facultades que tienen colegas suyos de otras latitudes. Y la sociedad capitalina suele ser dual frente al conflicto callejero, que muchas voces asimilan taimadamente con el delito. Por un lado pide que se lo reprima, por otro se indigna si en ese menester se ejercita la violencia. Un riesgo acecha a Macri, quien enfatiza que liberará las calles y que subordinará toda movilización al cumplimiento de reclamos previos y pago de papel sellado. Pongámoslo así:

Macri puede recaer en ser Mauricio Duhalde-Sobisch. Más allá de ser un administrador astuto y hasta legítimo, ceder a su idiosincrasia, sacarse ante la movida social, instar o tolerar la brutalidad policial. Y verse desbancado o muy perjudicado porque las agencias de seguridad locales no son muy PROlijas para tratar a los ciudadanos.

En el corto plazo, el flamante gobernador puede escudarse en un rebusque que le sale bien, pues se aviene a su currículo y pertenencia social. No lo zarandeó mucho en esta campaña, tan facilitada por sus contrincantes, se lo vio más años ha. Macri puede ponerse el traje de Mauricio Isidorito Cañones, el dandy malcriado. Pedir mucho, rezongar si no es complacido, mostrarse caprichoso y contrariado porque “no le dejan hacer”. No da la impresión de que pueda ser una herramienta estratégica pero sí bastarle en la coyuntura, embellecido por su victoria y muy bancado por amplios sectores de la prensa.

El arte de surfear

Hay otras formas imaginables de surfear el conflicto. La vocación de Macri es ejercitar la paciencia, jugar con el desgaste del kirchnerismo. Sobrevivir sin mella en la Capital es un prerrequisito básico. Tal vez no sea imprescindible y hasta sea sutil no elegir un perfil muy preciso y confrontativo. Un “exceso” en la represión, un escándalo de corrupción pueden ser el talón de Aquiles de un emergente político. La inacción, enunciaba un rabino fabulado por Borges, es la cordura. Jugarse por una administración prolija, no mostrar mucho la hilacha ideológica podría ser una autopista al éxito.

Para engalanarlo Macri podría trasvestirse de Mauricio Grinbank. Los megaespectáculos públicos dan enorme visibilidad, fascinan a los medios, propagan por el mundo libre la imagen del alcalde-presidente de Boca abrazando a Luciano Pavarotti frente al Obelisco, ante una congregación de millones de porteños, un cacho de cultura gerenciado por administradores diestros en el arte de seducir sponsors.

Gambetear definiciones tajantes, manteniendo la vaguedad que le sumó tanto en este junio campeón, es una tentación enorme.

Un par de formatos no explorados aún, que aluden a su propia tropa, podrían dificultar ese sesgo.

Por sus aliados políticos y sus ligazones corporativas Macri puede terminar en el triste papel de Mauricio Carlos Grosso. El intendente peronista también se aprestaba para recorrer las dos cuadras que separan al municipio de la Casa Rosada. Era un político de buen nivel, su formación y su oratoria eran insultantemente superiores a las de Macri. Pero sucumbió a su propia avidez y a la de su cortejo, un conjunto de peronistas con síndrome de abstinencia tras tres décadas de extrañamiento del poder y de las arcas públicas. El hambre atrasada derivó en un festín de corrupción combinado con un descontrol patente. Las comparaciones son siempre odiosas. Tal vez el hecho de estar rodeado de gerentes formados en el impecable sector privado argentino y dirigentes peronistas (dotados de fenomenales anticuerpos contra las ansias de medrar) lo aleje de ese penoso precipicio.

Laica o Libre, ya

Otro sector que puede ponerse impaciente si Macri amasa la pelota y no se lanza a una ofensiva frontal es la entente confesional que jugó en el escenario porteño. La vida urbana no solo alberga a pobres que reivindican derechos fastidiosos o a motochorros. También es el venero de la secularización creciente que subleva a la derecha cultural ex PROcesista cuyo principal referente es la jerarquía de la Iglesia Católica. Heredera de Sodoma y Gomorra, la ciudad alberga libertades sexuales exasperantes, tutela a mujeres que aspiran a disponer de su cuerpo. La transitan travestis y aun jóvenes de extraños ropajes y bocasucias. Pululan en ella los preservativos y los artilugios para limitar la fecundidad. Las obras de León Ferrari se exhiben como si tal cosa y la educación incorpora contenidos usuales en cualquier democracia que se precie, algo diabólico. En retroceso, desde hace años ante una sociedad civil cada día más plural y abierta, la jerarquía eclesial puede darle un par de manitos al gobernador, pero el trato debe ser equitativo. El César deberá atender las necesidades de la educación privada, que son ingentes. Hasta ahí todo podría hacerse sin ripio. Pero quizá la intransigencia y la angurria de una derecha cabal e ideológica le pidan a Macri pruebas de amor más conflictivas. Hacer lobby para que Macri sea Mauricio Bergoglio-Bergman, un adalid de los intereses tangibles y del ethos reaccionario de algunos hombres de Dios.

Ningún cambio en ese carril sería sosegado en esta ciudad pecadora y Macri debería pensar si le conviene explorar un purgatorio de protestas, reacciones, cuestionamientos de la prensa políticamente correcta. La tendencia de los porteños a movilizarse podría acercarlo a momentos propios de Mauricio Duhalde-Sobisch. Las ventajas para el César pueden ser un castigo en este valle de lágrimas.

Senderos que se bifurcan

Las referencias podrían multiplicarse, va siendo hora de terminarlas. El cronista no pretende ser profeta en ésta, su tierra. Sí sugerir que el porvenir de cualquier dirigente no depende sólo de su formato previo ni de su voluntad. También lo formatean las circunstancias, sus límites o errores, la existencia de circunstancias colectivas imposibles de desafiar sin tropiezos.

En la contienda por la Capital fue un tópico discutir si Macri será lo que augura su pedigree o si se ceñirá a lo que prometió. Habrá que añadir como interrogantes si capacita para llegar hasta donde aspira o si su proyecto cuaja con el estadio histórico de la sociedad. Todo se irá viendo con el tiempo. De momento, el hombre está en carrera, en su mejor momento. Varios temores pueden tener quienes sueñan con un modelo de país distinto al que se burila en el Colegio Cardenal Newman o en la UCA. Todos podrían cifrarse en un ejemplo de dos caras. Que Macri sea Mauricio Fernando de la Rúa, el alcalde cuya incompetencia se disimuló lo necesario como que para llegara a Presidente.

O, aún peor, que Macri sea Mauricio Chupete de la Rúa, el hombre que terminó mandando disparar contra el pueblo que no había sabido gobernar ni comprender.

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