EL PAIS › OPINION

El mercado y el trabajo

 Por Gregorio Kaminsky *

En medio de dos concepciones que se diferencian en principios y fines, el liberalismo y el marxismo priorizan cuestiones económicas, incluso con lenguajes antagónicos. Respecto del conflicto que los sectores agropecuarios mantienen con el Gobierno nacional, el marxista y el liberal acordarían en subrayar la importancia de partir de la perspectiva económica, aunque difieran en aspectos de su modelo de análisis y por cierto en qué es lo que entienden por “económico”. El liberalismo clásico y, de manera exacerbada, el neoliberalismo adoptan como un comienzo imprescriptible el escenario del mercado cuyas dimensiones se desplazan de lo local a lo nacional y de allí a lo “global”. La economía, la renta, las ganancias, etc,. mandan, después viene todo lo demás, por ejemplo las condiciones sociales de vida, el trabajo, el consumo alimentario, etc. En cuanto a los productores protestatarios que han cortado rutas nacionales, la relación entre local/nacional/internacional se ha estrechado tanto que han devenido casi indiscernibles. Pasan del costo del gasoil para los pequeños productores de algún pueblo de Santiago del Estero hasta el precio de los commodities en alguna de las Bolsas globales, transitando u obviando las prácticas (des)reguladoras del Estado. Aquello que se (des)regula es la intervención estatal en el mercado, entidad capaz de reunir en un mismo discurso a un trabajador rural entrerriano con un consumidor chino o indio. El arco que se traza entre uno y otro extremo es, dicen, el de la oferta y la demanda. Los grandes, medianos o pequeños son productores nacionales de ofertas, o sea, de los insumos de producción que participan de una oferta mayor: la de producción de alimentos. La oferta de estos productores es de materia prima, que no son –todavía– alimentos. Para que lo que se oferta llegue a ser comida, exige labores humanas, esto es: trabajo. Afirma el marxismo que la categoría de productor es consustancial a la de trabajador, en este caso en la escala nacional de la pampa húmeda. La demanda de granos (Su Majestad, la soja) se traza desde la escala local pampeana, a la escala nacional por acopio, transporte, impuestos, etc., para luego ascender a la escala o nivel internacional. Es su crecimiento el que potencia la producción de bienes, en este caso el trabajo necesario para participar de la oferta de productos primarios. Principio marxista: el rostro humano de la oferta es el trabajo, esto es, el cuerpo del trabajador. La demanda procede de las necesidades de consumo –alimentación– de una población. Entre oferta y demanda existen mediaciones de intercambio, que por cierto no es de granos por otros granos, sino de divisas y otros medios internacionales de pago. El marxismo funda su punto de partida en la producción, pero no abstractamente entendida como pura oferta, sino como elaboración efectiva de esos bienes por medio del trabajo necesario para realizarlos. De una semilla a un pan elaborado con soja hay un largo trecho: trabajo desde la cosecha a la siembra, trabajo en la producción de los agroquímicos empleados, trabajo en la producción de las palas hasta las sofisticadas maquinarias (y las 4x4) que hoy hacen posible la cantidad de producción de casi 100 millones de toneladas anuales de granos que, recién a partir de allí, se encuentra en condiciones de formar parte de la oferta de aquello que cae como maná del cielo: la demanda de alimentos, la alimentación del mundo, la comida. Este es el punto: los alimentos. No se trata de consumos suntuarios, temporarios o eventuales, se trata del más primario de los actos que la humanidad –occidental u oriental– demanda: comer.

El arco tendido entre oferta de alimentos y demanda de comida requiere mediaciones que componen el abastecimiento. Abastecer es la condición de posibilidad de la alimentación de una población. Desabastecer es interrumpir oferta y demanda, frenar el acto productivo, suspender trabajo y resignar bienes. En la comida hay producción, es decir trabajo de materias primas que también deben ser producidas (el “campo” es su escenario) dado que no son productos espontáneos de la naturaleza. La demanda de alimentos y la insatisfacción de los mismos desborda la ecuación (neo)liberal y se desentiende del abastecimiento. El desabastecimiento es el abatimiento del consumo alimentario. Los medianos y pequeños productores adoptan un lenguaje de economía política marxista cuando enfatizan problemas de las condiciones de trabajo, la remuneración y otros aspectos laborales, la desprotección ante monopolios propietarios de tecnologías sofisticadas, las obstrucciones burocráticas y el intervencionismo intrusivo del Estado, de cuyo distribucionismo descreen. Mientras que su rostro humano es a través de su participación primordial en la producción de alimentos, en la alimentación de la sociedad, cuando se asocian con los pescados (o pulpos) grandes poco importa si esa sociedad es la misma en la que ellos interactúan y en la que también se alimentan, o es la africana o la asiática, dentro de la participación en un mercado en el que cotidianamente oscila oferta y demanda, demanda y oferta. La lógica que los absorbe es la de productores agropecuarios con piruetas intelectuales: parecen socialistas por un lado y (neo)liberales por el otro. Alejandro Kaufman apuntó hace poco –en este diario– “es la comida, estúpidos”, recordándonos la dimensión de la alimentación junto al énfasis de lo económico del ex presidente Clinton. Aportemos, son también estúpidos aquellos que lloran con lágrimas marxistas y se meten las manos en sus bolsillos (neo)liberales.

* Doctor en filosofía, profesor de psicología social (UBA).

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