EL PAIS

La conciencia desgraciada

 Por Rubén Dri *

En el despacho del segundo piso del Palacio Legislativo que ocupa el jefe de la bancada radical, Oscar Aguad, no faltó nadie. Efectivamente, junto a los ilustres representantes de la CC, del PRO, del PJ-PRO y del socialismo, estuvieron Claudio Lozano (Sur), Eduardo Macaluse (SI) y Miguel Bonasso. ¿Y Libres del Sur? Nadie se asuste, pues nos aclaran que “el centroizquierda no debe ser funcional al Gobierno”, porque ése es el peligro. La derecha, la de la Sociedad Rural, la del PRO, es “democrática” y el Gobierno, del cual anteriormente era aliado, no lo es.

El “centroizquierda”, categoría política, es correspondiente a “clase media”, categoría social. Son categorías ajenas a las luchas populares que jalonan nuestra historia y al pensamiento nacional que las expresa. Es sabido que la clase media es, por una parte, sádica hacia los de abajo y masoquista hacia los de arriba, y bascula desde un extremo hacia el otro, buscando siempre el sol que está arriba, a la derecha.

“La conciencia desgraciada –dice Hegel–, desdoblada en sí misma debe (...) necesariamente puesto que esta contradicción de su esencia es para sí una sola conciencia, tener siempre en una conciencia también la otra, por donde se ve expulsada de un modo inmediato de cada una, cuando cree haber llegado al triunfo y a la quietud de la unidad.”

La conciencia desgraciada va hacia la derecha, o sea, hacia dios si se trata de la experiencia religiosa, o hacia los valores fijados por la tradición y, al no poder identificarse plenamente con esa derecha, bascula hacia la izquierda, hacia su particularidad plena de deseos terrenales que afean su pretendida pureza.

Los dos extremos entre los que basculan nuestros centroizquierdistas –salvo la digna posición de Sabbatella– son la derecha (CC, UCR, PRO, PRO peronismo, Clarín, La Nación y sus respectivos canales) y el Gobierno y sostienen que el peligro es la hegemonía del Gobierno. Por lo cual hay que hacer alianza con la derecha, que asegura la “calidad institucional”. Quienes hasta hace poco, muy poco, fueron aliados del Gobierno, son ahora quienes rehúyen como de la peste su contacto, pues se ha transformado en un verdadero demonio.

Decía Hegel, comentando el comportamiento de la “conciencia desgraciada”, que ésta no puede ya realizar las funciones animales, es decir, comer y copular, como algo normal, sino que en ellas “el enemigo se manifiesta bajo su figura peculiar, constituyen más bien objeto de un serio esfuerzo y se convierten precisamente en lo más importante. Pero como este enemigo se produce en su derrota, la conciencia, al fijarlo, en vez de ser liberada de él, permanece siempre en relación con él y se siente siempre manchada”.

Para la conciencia desgraciada, los actos comunes de su naturaleza se transforman en el enemigo. El esfuerzo por ayunar y por observar el más estricto celibato hace que ante su imaginación se presenten los manjares más exquisitos y las mujeres más hermosas y descaradas. Para el centroizquierdista, el esfuerzo por separarse del Gobierno –sobre todo si hasta hace poco era aliado del mismo– inflama la imaginación que ve en él los más terribles fantasmas. Para rechazarlos se acercará lo más posible a la pureza que se encuentra a la derecha, lo cual produce el efecto psicológico señalado por Hegel de que estos fantasmas quedan fijados.

Por ello, en el debate sobre la composición de las comisiones en Diputados, “la oposición se plantó como un solo bloque UCR, PJ disidente, CC, PRO, GEN, socialistas, juecistas, Proyecto Sur y SI”. La posición de estos dos últimos centroizquierdistas no nos puede extrañar, pues son los mismos que votaron junto a la Sociedad Rural en contra de la resolución 125.

Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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