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Por fin una buena pelea

 Por Martín Granovsky

La postulación de Eugenio Raúl Zaffaroni para la Corte Suprema desatará una polémica formidable. Sus críticos más duros dirán que es “garantista” como si dijeran “ladrón”, “chantajista”, “torturador” o “asesino”. El sindicato del gatillo feliz suele acompañar su acusación con un slogan cansador. Dicen: “Los garantistas se preocupan más por los delincuentes que por los derechos de los ciudadanos”.
Está bien que la integración de la Corte Suprema marque, por una vez, una discusión sobre el garantismo y no sobre cuál mafia judicial o política predomina sobre otra.
Antiguo miembro de los jóvenes de la Unión Cívica Radical Intransigente, la UCRI, que apoyó a Arturo Frondizi en un principio, Zaffaroni puede ser definido hoy como un peronista, pero esa identidad no lo agota. Fue convencional constituyente del Frepaso en 1994, legislador porteño y director del Instituto contra la Discriminación en tiempos de la Alianza, pero tampoco puede ser definido a partir de estos datos de su curriculum. A diferencia de un Julio Nazareno, no llegará a la Corte Suprema saltando desde el estudio del Presidente. No es hombre de Néstor Kirchner. Su caso ni siquiera es parecido al de Juan Carlos Maqueda, que llegó a la Corte desde el Senado sin escalas intermedias. En rigor, cada vez que hizo política Zaffaroni conservó su perfil técnico e intelectual, y en todo caso más que a los partidos se dedicó a las garantías individuales. Así fue su actuación en la Convención Constituyente, donde junto con Alicia Oliveira peleó por la incorporación de los tratados internacionales a la nueva Constitución.
Si ahora viene una discusión en serio, será la ocasión de plantear que ser garantista no es un insulto ni una caricatura sino una visión ortodoxa de las garantías individuales, derechos que según la Constitución corren para todos los ciudadanos y tienen que ver con la igualdad ante la ley, el derecho a un juicio justo y la preservación de la vida y la integridad física.
Hay otra polémica posible. Aumentar las penas, construir nuevas cárceles, dar a la policía facultades típicas de una dictadura, ¿es la forma de terminar con el delito? Como criminólogo, Zaffaroni tiene una visión que no fetichiza el sistema penal. Un ejemplo: como colaborador habitual de Página/12 insistió en frenar el contrabando de armas para reducir los niveles de violencia y dijo que “no hay sociedad sin policía” pero que hay que decidir qué policía quiere una democracia, si “la policía empírica que tortura o la policía profesional que usa el laboratorio de criminalística”.
Un punto más para la discusión que viene: además de antidemocrática, ¿la policía empírica no es profundamente inútil?

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