EL PAíS › LIDIA QUINTEROS, LIDER DE LOS CARTONEROS DEL TREN

“Es el único trabajo que hoy es posible”

“(Daniel Scioli) es muy duro. Estuvo mal. Que se fije él qué haría si no tuviera qué darle de comer a sus hijos.” Lo dijo a Página/12 Lidia Quinteros, líder de los cartoneros del Tren Blanco. Y agregó: “No buscamos esta vida. El forma parte de los que vendieron todo en la Argentina. ¿Por qué no vino con una propuesta, en vez de dejarnos sin el único trabajo hoy posible? ¿Por qué se la agarra con los más débiles? Pero que sepa que somos muchos, estamos organizados y vamos a seguir trabajando duro. Si tanto le molestamos, un día de éstos nos juntamos todos y nos aparecemos donde esté para hacerle pasar vergüenza”.
Es una mujer de cuarenta y siete años que habla en el andén de la estación Colegiales, por donde pasa (no siempre puntual) el Tren Blanco. Tiene una cara enérgica y hermosa a pesar de que la vida la marcó a fuego. Tiene nueve hijos. “Tres mayores y seis menores”, como dice con candorosa precisión legal. Y cuatro nietos. Hace tres meses su marido fue arrollado por una camioneta luego de una agotadora jornada de cirujeo. Murió en el Thompson de una infección. Entró al hospital a las 12 de la noche y no lo atendieron hasta las seis de la mañana. Privilegio de cartonero.
Antes de ingresar a la cofradía del cartón, Lidia fue oficial zapatera durante años. Durante los años en que hubo industria y empresa. Después trabajó en el servicio de limpieza de la agencia LimpSer para Telecom San Martín. Ningún novelista ha escrito su historia. Lidia es muy lúcida. Sabe, por ejemplo, “que serían tres las empresas que pasarían a retirar la basura puerta por puerta en bolsas que previamente les darían a las casas. Nosotros quisiéramos que ese trabajo el Gobierno de la Ciudad nos lo dé a nosotros; no a una empresa”. También denuncia lo que nadie publicó de la persecución a los cartoneros: los reiterados ataques a balazos por parte de efectivos de la Policía Bonaerense y la guardia de seguridad del Ceamse (del Camino del Buen Ayre).
Y, en un solo trazo, muestra por qué es dirigente: “Nosotros nos pusimos de acuerdo con los vecinos de los distintos barrios para pedirles que nos dejen trabajar tranquilos, porque estamos organizados y no vamos a constituir una amenaza para su seguridad. Vamos a usar chalecos (que estamos fabricando) y vamos a llevar un carnet para identificar la carreta y al recolector que la lleva. Les proponemos a los vecinos que, ante cualquier problema con un cartonero, le pidan el carnet y se acerquen a conversar con el delegado que estará en la estación”.
Igual que Daniel Palacios, relata ese extraño desperdicio de mercadería que los cartoneros pudieron observar en las montañas de basura del Ceamse (ver nota central). Dice que además de la mercadería que está por vencer, se encontraron otras, con vencimiento a dos o tres años, herramientas sofisticadas y hasta alguna bicicleta para hacer gimnasia. Pero añade un dato clave: extrañas camionetas recorren la zona ofreciendo la mercadería encontrada por los guardias en las colinas de la inmundicia. “Sabemos que los que están trabajando allí en seguridad sacan igual algunas cosas, las negocian y las venden.” Hasta ahora no ha logrado que los atiendan en el Ceamse, más allá de una entrevista que sostuvieron con Mercedes Cafiero, quien les explicó que si entraban a esos terrenos a hurgar en la basura, “era como robar”.
La señora Quinteros también le solicita al poder, en voz baja, una campaña educativa para que la población separe la basura, para que ellos no tengan que revisar las bolsas; guarderías; depósitos donde acumular lo que se fue juntando para poder venderlo directamente al mayorista o a las empresas que reciclan los distintos materiales. Todas las noches a las once se la puede ver. Pequeña, delgada, con la mirada triste y lúcida. Observando como una madraza que todos regresen en el Tren Blanco.

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