EL PAíS

Una historia cooperativa en peligro de desalojo

Cómo fueron los cuatro años de autogestión de los trabajadores que permitieron que el hotel sobreviviera y los planes para mantenerlo.

 Por Laura Vales

En la puerta del hotel un grupo de turistas brasileñas se trepa a un colectivo y un botones reparte volantes del festival El Bauen es de todos, una de las actividades programadas para oponerse a la orden de desalojo. “El plazo para dejar el edificio vence el 17 de septiembre”, informa Federico Tonarelli, uno de los trabajadores del lugar. Esa es la fecha que resulta de contar los 30 días hábiles que fijó la Justicia para que entreguen el inmueble con el fin de traspasarlo a la sociedad anónima Mercoteles, pese a que los cálculos de los empresarios fijan el plazo para este jueves. Aunque ya hubo otros intentos de clausura, esta intimación es la más grave de las recibidas. De hecho, pone a la cooperativa que reabrió el hotel frente al peligro de perderlo.

Después de cuatro años de autogestión, el Bauen está trabajando a lleno. Se nota aunque sea sábado a la tarde. Una pareja cruza el hall con look de vacaciones, cámara de video y zapatillas. En las mesas del bar unos venezolanos gritan chévere, y los salones están ocupados por la extraña marca del hotel, siempre un poco bizarro. En el auditorio principal se realiza un campeonato nacional de figuritas, mientras en la sala aledaña veinte o treinta jóvenes discuten sobre las pasantías; son de la Unión de Trabajadores Precarizados. En el piso de arriba hay un encuentro ambientalista. Y carteles que anuncian que a la noche hay programado un show de salsa bien caliente.

Esta mixtura da trabajo a 154 asociados a la cooperativa. Pero nada era así en el 2003 cuando, después de dos años largos de estar en la calle por el cierre del hotel, un grupo de empleados decidió intentar su reapertura. Contactaron al Movimiento de Empresas Recuperadas para saber cómo y consiguieron el apoyo de algunas asambleas barriales. En marzo de ese año entraron al edificio. Salvo algunos salones que podían alquilarse para fiestas, el hotel estaba inutilizable.

“El primer año fue ponerle guita y hacer obra. Salimos a pedir fondos. Venezuela mandó su Orquesta Filarmónica Juvenil, que dio un concierto para que recaudemos; ellos fueron también los que alquilaron las primeras habitaciones. Zanon nos regaló el piso de cerámica para que ampliáramos el bar. Pasaban cosas muy locas, como vender un evento y en lugar de cobrar canjearlo por cien litros de detergente. Otras empresas recuperadas nos dieron préstamos que fuimos devolviendo”, recuerda Tonarelli. En esos primeros meses nadie cobró sueldos porque todo se reinvertía. Había que comprar desde vajilla a muebles y televisores, porque después del cierre había sido vaciado.

Ese movimiento de transformación que empezó por lo edilicio se extendería pronto a otros rubros. “El recepcionista pasó a ser tesorero de la cooperativa, el encargado del front asumió como presidente. Y como secretaria se hizo cargo una de las mucamas.”

El hotel volvía a funcionar de a poco. Primero, alquilando los salones para fiestas, más tarde reabriendo un piso, y después otro. Hoy tiene en funcionamiento el 80 por ciento de su capacidad, 220 habitaciones.

Era la época de la gestión de Aníbal Ibarra y en la Legislatura el oficialismo sumado a la izquierda quedaba en una situación de empate con los macristas, que se opusieron a votar la expropiación. Después la cosa empeoró: en diciembre del 2005, con el quórum dado por dos diputadas ibarristas, el macrismo votó una ley para “normalizar” el Bauen, que convocaba a negociar a las partes pero poniendo como condición la entrega del inmueble a Mercoteles. Ante las movilizaciones de protesta, su implementación fue congelada. Hasta ahora, con el nuevo fallo judicial.

“Darle el edificio a Mercoteles es lo mismo que devolverlo a sus antiguos dueños”, cuestiona Tonarelli. Lo dice porque en la firma aparece “un cuñado (del antiguo propietario), Marcelo Iurkovich. Se llama Samuel Kaliman” (ver la nota principal).

En el programa Facultad Abierta de la Filosofía y Letras de la UBA inventaron un término para describir una herramienta generada por las fábricas recuperadas: el de “innovación social”. El concepto designa un paquete de recursos que les dan fortaleza a estos proyectos que nacieron débiles. Por ejemplo, las nuevas relaciones que los trabajadores establecen entre sí y la política de puertas abiertas a la sociedad. La idea es especialmente aplicable en el caso del Bauen, un lugar de encuentro de los movimientos sociales, políticos y sindicales de la ciudad. Tras recibir la orden de desalojo, esos sectores se reunieron para armar un plan de lucha. En principio, van a hacer un festival hoy, con cierre de León Gieco, en la esquina de Callao y Corrientes. Y para el 27, una marcha a la Plaza de Mayo.

Isabel Sequeira lleva once años en el Bauen. Los primeros siete fue empleada de los antiguos dueños, los últimos cuatro como integrante de la cooperativa. “Cuando esto cerró, yo seguí trabajando para Iurkovich en el Suite Bauen (que funciona en la misma manzana, sobre la calle Corrientes); después tuve que elegir entre seguir allá o recuperar el hotel. Fue una decisión conflictiva porque tenía cuatro hijos a cargo, ¿quién iba a parar la olla en mi casa? Pero mis chicos más grandes, que ya trabajan, me apoyaron y me ayudaron económicamente el primer tiempo.”

–¿Qué la decidió a venir?

–Que estaban mis compañeros. Pero además, mientras estaba en el Bauen Suite, que está comunicado con este hotel por la parte de atrás, veía que los Iurkovich se estaban llevando cosas de acá para usarlas allá. Soy mucama, y cuando limpiaba los cuartos reconocía los muebles robados. Nos habían dejado sin trabajo y ahora se estaban robando hasta la mesita de luz. Eso, que es lo que me hacía sentir más impotencia, fue lo que me decidió a cambiar.

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La cooperativa de los empleados recibió el respaldo del Movimiento de Empresas Recuperadas.
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