EL PAíS › OPINION

El costo de un viraje

 Por Mario Wainfeld

“Al perderte yo a ti

Tú y yo hemos perdido”.

Ernesto Cardenal. Epigramas.

Muchas mutaciones produjo Elisa Carrió desde 2003, tiempos en que se autodefinía como “gorda, periférica y provinciana”. Algunas, las referidas a su estética, fueron las menos relevantes, aunque congruentes con el conjunto. Las otras resultaron más significativas. La máxima, comentada meses ha por el politólogo Edgardo Mocca, fue un giro pragmático que obró sin resignar del todo su verba profética.

La primera señal de esa incursión en la real politik fue su sorpresiva entente con Jorge Telerman para disputar el gobierno de la ciudad. El afrancesado jefe de Gobierno tiene máculas que solían excluir a cualquiera del paraíso de Lilita: ser peronista explícito la primera, que no la única. París bien vale una misa, la Capital pudo valer una herejía, en aras de evitarse una derrota estruendosa y, quién le dice, de sacarse la grande en una virtual segunda vuelta. No se pudo lo mejor, se gambeteó la goleada. Un rebusque bilardista, si usted quiere.

Trascartón, Carrió se reconfiguró de cara a las elecciones nacionales. Puso el ojo en su antigua querencia, el electorado radical, y minimizó (también sin retractarlas del todo) sus banderas progresistas y novedosas. Siguió bregando por el ingreso universal a la niñez, pero adoptó a Alfonso Prat Gay (un paladín de ralentar la economía) y se hizo abanderada de los intereses “del campo”. Nadie se esmeró en hacer cerrar ese discurso, demasiado polisémico.

Su liderazgo, su imagen y su intención de voto siguieron siendo los más altos del abanico opositor. Y su interpelación se hizo más precisa, era la más opositora de los opositores.

La (por darle un nombre) evolución fue mirada con sorpresa y escasas chances de reacción por los compañeros de la primera hora del ARI. La campaña constriñe la discusión interna, la preeminencia marcada de la líder hacía el resto.

Ricardo López Murphy significó un límite. Unos cuantos diputados aristas lo cuestionaron no por derechista, sino “a la manera de la Coalición Cívica”: por su ética. Puntualizaron que no eran morales su política económica ni su gestión como ministro de Defensa de la Alianza. Los socialistas también habían puesto el grito en el cielo, situando a Carrió en un brete: era feo para su nuevo perfil ceder a presiones de abajo (y de centroizquierda), es malo en cualquier instancia perder tantos aliados. La elefantiásica falta de reflejos del Bulldog le jugó a favor: el hombre perseveró en su candidatura suicida, el entuerto quedó zanjado.

La fuerza centrípeta de la campaña evitó dispersiones pero trazó zanjas entre los recién llegados y los que recorrieron todo el camino. Las urnas premiaron y agrandaron a Patricia Bullrich y María Eugenia Estenssoro, dos de las más rechazadas.

Varios gestos inconsultos de la referente (ya no diputada, ni autoridad del ARI) redondearon una dispersión anunciada.

El anuncio de ayer sincera una situación que dará para más. Habrá que ver los realineamientos de los díscolos. Marta Maffei terminará su mandato y dejará Diputados, una merma sensible para el Parlamento y no sólo para uno de sus bloques. Los otros buscarán otras pertenencias políticas y habrá que ir viendo cómo gravita Hermes Binner, otro que aceptó ser aliado electoral a contragusto.

La potencia de Carrió es mayor que la de sus disidentes, su target es amplio, su opción parece clara. Nadie hace introspección después de una fractura; los antecedentes de Lilita autorizan a suponer que ella no será la excepción. Sin embargo, algo hay de fracaso en no haber podido contener a varios de sus mejores cuadros por trayectoria y desempeño parlamentario. Era peliagudo proponerse sumar a Prat Gay y Bullrich, más Macaluse, María América, Maffei. Esa alquimia ambiciosa, que se reveló imposible, era más sugestiva que reemplazar a unos por otros, aun si se los considerara equiparables.

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