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Lupin look

 Por María Moreno

Nunca me canso de citar el fabuloso libro de Richard Sennett titulado El declive del hombre público, sobre todo en lo que ilumina acerca de la secularización del carisma y sus entramados con la política: la desaparición de la vida pública, que permite cada vez más las transacciones de paredes para adentro, el desarrollo de los medios electrónicos eficaces para hacer visible al poder a través de la vida privada de sus representantes, el culto de la personalidad favorecido por las tecnologías del yo, bajo el desarrollo de la psicología, habrían desviado la atención de la política hacia los políticos. Hoy un líder es más atractivo por la irradiación de su estilo que por sus acciones concretas. Los ejemplos de Sennett son pedagogía de primeros auxilios: la televisación de un presidente pulseando con un dirigente gremial en un club de barrio se vuelve más definitiva que el hecho de que esa misma tarde haya recortado beneficios sociales para los trabajadores. En 1952, Richard Nixon, acusado de corrupción, volvió a ganarse a sus votantes llorando en público, hablando de “la chaqueta de paño republicano” de su esposa y de su amor a los perros como el suyo, Chekers. El espectáculo de esa revelación desviaba la atención de los cargos. El catálogo del carisma es funcional y por eso capaz de contener valores antagónicos, la vehemencia puede identificarse a la rectitud y la seguridad en las convicciones, pero también a un descontrol traducible en despotismo, la honestidad ser indicio de debilidad para actuar en la trama del último capitalismo en donde el alma bella parece menos apta que el comisario –¿quién confiaría hoy en un Lisandro de la Torre dejando 250 pesos para su entierro, antes de suicidarse?–, la estupidez da idea de una no actuación en medio de la creencia mayoritaria de la política como mascarada.

¿En qué consistía el carisma de Néstor Kirchner? Hay que recordarlo: su carne no era estetizable como la del Che merced al dramatismo de la técnica de solarización fotográfica, ni ofrecía un perfil nítido como Perón y Evita, pregnantes para la silueta victoriana. Es más: una mímesis de su rostro precede a su carne pública en el de un personaje de historieta. Su oratoria no era notable a la hora de crear metáforas o resonancias culturales, carecía de poder hipnótico. Su fuerza semiótica: Kirchner se veía espontáneo hasta el despropósito. La diferencia entre ser espontáneo y poner en escena la espontaneidad es la de la estrategia, sólo que la estrategia no es un plan sino el fruto de una interpretación que se acciona a conciencia entre el síntoma personal y el comando de un efecto que, si es eficaz en lograr consenso, puede capitalizarse. El triunfo de Kirchner se asocia a un chichón y unas gotas de sangre. Es una versión bizarra y peruca de La rosa púrpura del Cairo, el objeto de la imagen embiste la cámara, pero eso también es una imagen. Uno de sus primeros ademanes fue salirse del balcón, lo que podía leerse como un deseo de fundirse cuerpo a cuerpo con la multitud –hasta muchas veces caerse en ella– hasta anular la distancia –arriba, lejos, en custodia– naturalizada en el poder, pero también como la declinación de una iconografía gastada.

Sin pudor, aunque con la coartada del factor carisma, sus críticos le han discutido características negativas más propias de figurar en un manual para modelación del carácter que del debate político: la ira, la prepotencia, la intemperancia. ¡A ver, educandos de la UBA, ¿para cuándo una tesina sobre la incidencia del carácter en el debate político 2003-2012?!

Sin embargo, ¿no fue la oposición antiperonista la autora del sentimiento más flamígero, más Tía Vicenta –la disparatada tía gorila de Landrú– del vademécum de pasiones políticas argentinas? La indignación cuyo mero enunciado en primera persona certifica per se la pertenencia a la razón (justicia), libertad (antiperonista), educación (decencia). En el teatro político donde un Fidel o un Chávez hipnotizan por un titanismo discursivo que no escatima el acompañamiento gestual commedia dell’arte a la latina, el carisma de Kirchner proyecta el efecto de ser incapaz de simular: todo en él sería aunque furioso, descortés, excesivo: verdadero.

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Hay en la política, en su protocolo bélico, dos palabras afantasmadas que, más allá de sus sentidos, se usan como conjuro ante el adversario en aras de una disputa en donde prima la voluntad de prontuario y que no suele escapar a lo especular: “corrupción” y “seguridad”. La primera alude a un enriquecimiento que aseguraría a su detector en un tiempo por fuera de la relación esfuerzo-remuneración o siquiera legitimidad-herencia y conseguido por fuera de la ley, pero no del poder sino desde su interior o con su vista gorda y beneficio; la segunda aludiría a la amenaza sobre bienes cuyo origen es ajeno a la acepción y que incluyen la propia vida. Quizás una tarea intelectual loable debería ir más allá de la aceptación de estos términos-conjuro funcionales a la puja política para devolverlos a la historia. Hace algunos años, Alvaro Abós escribió Delitos ejemplares. Historias de la corrupción argentina, 1810-1997, en donde consigna casos que van desde un Santiago de Liniers, por dos veces reconquistador de Buenos Aires que se armó junto a su hermano una fábrica de pastillas de carne y gelatinas que abastecieron a los ejércitos reales y fueron consumidas en buques de guerra, mercantes y hospitales sin pagar impuestos, hasta el de los niños cantores que hicieron tongo en el sorteo de la Lotería Nacional del 4 de septiembre de 1942 para que saliera el número 31.025, de donde el Estado –el presidente era Ramón Castillo–- sacó su parte en calidad de impuestos. Pero no se trataría ahora de buscar antecedentes para lavarse las manos en una idea de destino, sino de preguntarse en qué condiciones políticas, económicas y sociales una palabra multiplicada en la prensa se vacía de historia, falsifica sus pruebas o las multiplica en espejos enemigos hasta convertirse en un mero instrumento en busca de consenso.

Por ejemplo: “niño” no siempre tuvo las resonancias actuales. En la primera década del siglo, el caso del petiso Orejudo, asesino probado de un niño, niño él mismo, y al que endilgaron crímenes de otros, contribuyó a un cambio en el concepto de castigo, que pasó de la sanción legal por un crimen cometido a la sanción legal en prevención de un crimen en potencia. El valor “niño” no era el de hoy. El caso, de gran resonancia especulativa académica y como no ficción popular, sólo duró una semana en la portada de los diarios y la sensibilidad social ante la víctima o las posibles víctimas se tradujo en instituciones de protección de los niños argentinos contra los niños hijos de inmigrantes.

De cero

El sentido parecía transparente. Si se iban todos los que estaban, el que vendría tenía que ser un virgen político o parecerlo. Quien no puede fingir fue un maestro en fuertes ademanes simbólicos devolviéndole al término su sentido de aquello que no podría faltar en cualquier fundación y no de imaginario u ornamental. Manda descolgar los retratos de los generales Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone de los salones del Colegio Militar; es crudo y fuera de todo protocolo de cortesía en un desayuno organizado por la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), demostración empírica de que la cortesía es una sublimación de la violencia a fin de negociar y convivir, pero entre iguales o en una posición equivalente; paga la deuda externa no como el que la paga porque calcula pusilánime el riesgo de no pagarla ni como el que no la paga como gesto ideológico que se imagina más allá del cálculo de los efectos de no hacerlo, la paga como quien tiene y puede. El 24 de marzo de 2004, en un gesto que sería mezquino colocar en serie junto a los otros, pidió perdón en nombre del Estado y recuperó en su representación los predios y el edificio de la ESMA, anunciando en su lugar la próxima fundación de un Museo de la Memoria.

Hay en Kirchner, de menor a mayor, una autoatribución del lugar de regeneración simbólico, expuesto como producto de una suerte de partogénesis política. De los pasados de los que se lo acusan en nombre del desagradecimiento, la deuda o la impureza, él elige uno releyéndose en los valores de la política revolucionaria de los años setenta. Buscar una comprobación fáctica de su compromiso, fechar como pruebas descalificatorias una supuesta militancia prêt-à-porter en los derechos humanos es no entender que el presente no es la actualización del pasado, sino lo que nos permite entender ese pasado y el lugar que ocupábamos en él. Observar en ése y otros actos de Kirchner la razón instrumental es dar por sentado que quien realiza una investigación sobre corrupción es un adalid de la batalla moral y no alguien que también opera con cálculo en la coartada coyuntural de la disputa política.

Mesías o recienvenido según quién califique, Kirchner parece concurrir al llamado de un azar imaginado como profecía. Alguna vez Enrique Raab entrevistó a Enrique Pavón Pereyra y le habría escuchado decir: “Porque si Perón no le da respuesta a este país, no sé quién le va dar respuesta. La solución tiene que venir del Sur. Ya se lo predijo Teddy Roosevelt al perito Moreno. El futuro de la Argentina nacerá del triángulo mágico: entre Puerto Camarones, Rawson y otra localidad más. Ahí se va a dar el hombre que salvará a la Argentina”.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
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