ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

La carta de Doyle

 Por Alfredo Zaiat

Peter Doyle fue uno de los principales economistas del Fondo Monetario Internacional durante veinte años. En junio pasado presentó su renuncia. Hasta ese momento era un miembro destacado del Departamento Europa del FMI. En la carta que anuncia su alejamiento de la institución, Doyle utiliza términos sorprendentemente negativos para un integrante de la tecnoburocracia de Washington: incompetence, failing, ashamed, disastrous, failure, ilegitimacy. El área donde desempeñó su labor en los últimos años diseñó los programas de ajuste para Grecia, Irlanda y Portugal. Doyle afirma que el FMI retrasó la emisión de advertencias sobre la crisis financiera mundial y europea. La carta de renuncia no tuvo mucha repercusión ni ha provocado un gran debate sobre la actuación del Fondo pese a las fulminantes críticas al organismo multilateral que ocupa un lugar central en la estructura de las finanzas internacionales. Las observaciones son significativas porque provienen de un funcionario de rango jerárquico y están referidas al manejo de la crisis europea que mantiene al borde de la cornisa la estabilidad del capitalismo mundial. El profundo silencio alrededor de la carta de Doyle revela la escasa autocrítica del actual liderazgo político por el fracaso de sacar de la crisis a las economías (Estados Unidos y Europa) que representan en conjunto la mitad el PBI mundial, y expone la amplia red de complicidad en la preservación de los privilegios de las finanzas globales.

La carta de Doyle, un documento de gran valor publicado en español por el sitio de Internet SinPermiso, es esclarecedora sobre cómo funciona el FMI y los desastres que sigue haciendo al imponer políticas de austeridad a economías vulnerables. A continuación, la traducción del texto completo de la renuncia.

Departamento Europeo, Washington DC, 18 de junio 2012

Al Dr. Shaalan, Decano del Comité Ejecutivo del FMI,

Me dirijo hoy por última vez al Comité Ejecutivo porque abandono el FMI.

En primer lugar quiero expresar formalmente mi más profundo agradecimiento a las autoridades de Suecia, Israel y Dinamarca, con las que he trabajado en el último período, así como con todas con las que he trabajado con anterioridad, por su extraordinaria generosidad conmigo.

Asimismo, quiero aprovechar esta oportunidad para explicar por qué me voy.

Después de veinte años de servicio, me avergüenza toda relación con el FMI.

No solo por su incompetencia ante la crisis global, expuesta solo parcialmente por el informe de la OIA, así como por el informe TSR en relación con el seguimiento previo a la crisis de la Zona Euro. Sino sobre todo porque los problemas sustanciales de esta crisis, como los de otras, fueron identificados mucho antes de que se produjeran, pero fueron negados en el FMI. Dados los largos períodos de gestación y la lentitud en el proceso de toma de decisiones internacionales para hacer frente a esos desafíos globales, era esencial advertir a tiempo y de manera sistemática y continuada sobre estos peligros. En este sentido, el fracaso del FMI a la hora de hacerlo supone un fracaso de primer orden, incluso si esas advertencias no hubieran sido tenidas en cuenta. Las consecuencias implícitas suponen sufrimientos para muchos (y lo peor aún esta por venir), incluyendo Grecia, que la segunda divisa de reserva global esté al borde del precipicio, y que durante los últimos dos años el FMI haya fracasado a la hora de seguir, y jugado un papel meramente reactivo, en los esfuerzos desesperados para salvar al euro en última instancia.

Es más, los factores probables que han causado esos errores en la tarea de vigilancia del FMI (rechazo al riesgo analítico, prioridades bilaterales y prejuicios europeos) se están reforzando a pesar de las iniciativas para corregirlos. Ello es especialmente evidente en lo que se refiere al nombramiento de los directores gerentes, que durante la última década han sido desastrosos a todas luces. Ello afecta incluso a la actual directora gerente porque ni el hecho de ser mujer, ni su integridad ni su impulso de dirigente pueden compensar la ilegitimidad esencial del proceso de selección. En una institución jerárquica como ésta, las consecuencias implícitas de esas designaciones se transmiten en cadena a otros puestos administrativos vía nombramientos, contratos por tiempo definido y planificación de la renovación del personal de dirección, hasta contaminar a la organización en su conjunto, a pesar de todos los esfuerzos para evitarlo. La opción del Comité Ejecutivo es un FMI tullido, limitado en su capacidad de acción por las mismas causas estructurales que han provocado los errores de vigilancia descritos. Ojalá hubiera entendido que así era hace veinte años.

Hay mucha gente buena y sabia en esta institución. Pero el abajo firmante se marcha para siempre. Quizá no quieran perder al resto.

Sinceramente,
Peter Doyle.

Impresiona el contenido de la carta. Está describiendo la organización, la conducción y la acción de uno de los actores principales de la economía mundial. Y más impactante es que quien se quitó una mochila pesada sobre sus espaldas y se desahogó ha sido un funcionario de nivel jerárquico del FMI durante dos décadas. Doyle es lapidario cuando se refiere al mecanismo de selección para la designación de los directores gerentes del FMI. El recorrido desde la dimisión, en 2004, del alemán Horst Köhler ofrece el paradójico resultado de una institución desprestigiada por las crisis de los noventa recuperando rol protagónico impulsada por las potencias económicas en el G-20, al tiempo que se desarrolla el proceso de degradación de los diferentes jefes de mando. El español Rodrigo Rato abandonó el máximo cargo del FMI a mitad de su mandato en 2007 para ponerse al frente de la ahora quebrada Bankia. El reemplazante, el francés Dominique Strauss-Kahn, tuvo que abandonar el cargo tras ser detenido y acusado por una supuesta violación. Su lugar fue ocupado el año pasado por la ex ministra de Economía francesa Christine Lagarde, imputada en un escándalo de corrupción con el empresario francés Bernard Tapie, al estar sospechada de favorecerlo por ser amigo del entonces presidente Nicolas Sarkozy en el arbitraje entre Tapie y el banco Crédit Lyonnais por una deuda de 285 millones de euros.

La carta de Doyle muestra en toda dimensión la actuación de Fracasos Múltiples Internacionales. El mismo desastre de los noventa con las economías latinoamericanas, y especial dedicación con Argentina, lo reitera hoy en Europa. Uno de los aspectos notables es cómo logra sobrevivir a pesar de la sucesión de fiascos ordenados bajo el credo de la ortodoxia económica. El FMI y el Banco Mundial fueron creados al final de la Segunda Guerra Mundial bajo un esquema keynesiano de impulso de la economía mundial. Pero no pasó mucho tiempo para que esas instituciones sean conquistadas por la elite política, técnica y académica neoliberal para ser utilizadas como vehículo fundamental de aplicación de políticas de ajuste que priorizan el pago de la deuda a los acreedores y el rescate financiero de bancos.

Sólo la protección de la comunidad de negocios de bancos, acreedores y grupos económicos, con la complicidad de grandes medios y analistas, puede facilitar la cesión de autoridad al actual FMI para opinar y pedir asesoramiento técnico sobre cualquier aspecto de la economía, desde la calidad de las estadísticas hasta la evaluación sobre las perspectivas de la economía. La confesión de Doyle es suficientemente elocuente para minimizar la opinión del FMI y desentenderse de la prepotencia de querer erigirse en palabra calificada en materia económica.

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