ESPECTáCULOS

“No necesitamos líderes para ser democráticos”

La dramaturga Susana Torres Molina y el director Marcelo Mangone explican la lógica de la experiencia escénica “Proyecto Puentes”, que propone una sucesión de creaciones colectivas de improvisación.

 Por Hilda Cabrera

“La característica de este proyecto es que ninguno de nosotros llega con una idea previa, pero cada uno cumple su rol de actor, autor y director de manera activa, creando a partir del encuentro.” Esto dice Susana Torres Molina (autora, dramaturgista y directora teatral) a propósito de Proyecto Puentes, experiencia escénica que cumple su tercera temporada con la presentación de nuevas obras breves (los viernes y sábados a partir de las 22.30), en el Teatro del Abasto, de Humahuaca 3549. En diálogo con Página/12, esta autora de piezas periódicamente reestrenadas, como la antológica Extraño juguete, de 1977, aporta más datos, junto al director Marcelo Mangone, quien se encarga, en este ciclo, de la puesta de Los ángeles se alimentan de pájaros. Cada grupo genera su propia propuesta, construyendo la obra paso a paso. El autor hace anotaciones mientras observa a los intérpretes en acción, dejándose impregnar por ellos y por las indicaciones del director. Así se va configurando una célula creativa”, resume Torres Molina, quien comparte además otros dos ciclos con Mangone y una tarea docente: Nueve (programa que se viene ofreciendo en el IFT), Solomonólogos (en el Concert), y un curso de teatro para médicos, en el Hospital Alvarez.
La propuesta surgió, en este caso, a partir de que uno de los hijos de la autora, Federico Pavlovsky, cumple allí una residencia como médico psiquiatra. En cuanto a Proyecto Puentes, lo integran cinco piezas de sugestivo título: La secuela final, de Federico Penelas, dirigida por Javier Echániz; Memoria de alas quebradas, de Laura Coton y puesta de Pablo Ponce; Los ángeles se alimentan de pájaros, de Cristina Merelli y dirección de Marcelo Mangone (todas obras que pueden verse los viernes); Oratorio para un país en sombras, de Ariel Barchilón y montaje de Rony Keselman, Ponme la mano aquí, de Hugo Men y puesta de Manuel Gaspar (presentadas únicamente los sábados). Coordinan esta experiencia: Guillermo Ghio, Susana Torres Molina, Susana Gutiérrez Posse y Mary Sue Bruce.
–¿Cómo es eso de elaborar una obra “desde cero”? ¿No los asusta la incertidumbre respecto del resultado?
Marcelo Mangone: –No, porque esa sensación de abismo que se experimenta en la investigación favorece el diálogo. En nuestro caso, achica el papel en blanco. No sabemos bien cómo surge la química entre los distintos roles, pero tenemos conciencia de que en algún momento se da. Esta interrelación va generando imágenes muy fuertes hasta llegar al material escrito. En la que me tocó dirigir, comenzamos por instalaciones: los intérpretes componían imágenes y la autora (Cristina Morelli) escribía y rearmaba sus textos. Esta forma activa de participación inyecta dinamismo al trabajo. Introducimos cambios en la obra, y ésta a su vez nos modifica. Por eso la experiencia de los grupos es siempre diferente. Programamos además reuniones, siempre constructivas.
–¿Algún integrante le dijo no a tanta disciplina?
Susana Torres Molina: –Los grupos están muy consustanciados con lo que hacen, aun cuando entre nosotros hay diferencias de orden estético. Esto da lugar a debates, de los que salimos fortalecidos. Ese, creo, es el verdadero aprendizaje.
–¿Intentaron hallar un punto común a todas las obras?
M.M.: –No, pero casi todas hablan de la soledad y el temor a lo que viene.
S.T.M.: –La incomunicación y el futuro incierto son temas que invariablemente aparecen, como el encierro, en el sentido de protección frente a un afuera muy amenazador.
M.M.: –Eso se ve en La secuela final, donde uno de los personajes, Franca, cumple años. En la escena en que va a soplar la llama de una vela, recuerda situaciones pasadas, fantasmas que lleva adentro desde siempre.La obra no llega a ser trágica, porque está desarrollada en tono de farsa. Nos sucede con la mayoría de los trabajos del ciclo: a veces no sabemos si reír o llorar.
S.T.M.: –Como los grupos se organizan a partir de un sorteo (ni los autores ni los directores se eligen entre sí), tenemos que hallar necesariamente formas nuevas de comunicación, encontrar una vía de diálogo, aun cuando no exista previamente afinidad estética.
M.M.: –Ese trabajo lo tienen que hacer también los intérpretes, quizá más acostumbrados que nosotros a las certezas, porque aquí no existe el autor creando en solitario ni el director conduciendo según su único criterio. Estas experiencias no tienen semejanza con la creación colectiva que se daba en los años ‘60 y ‘70 en el teatro político. En la Argentina de las décadas siguientes ya se podía crear sin sufrir prohibiciones, pero se fue acrecentando el individualismo. Salvo excepciones, la creación colectiva decayó, también porque, generalmente, se organiza a partir de alguien que dirige al grupo de manera muy personal. Lo que hace es, entonces, sumar gente a su esquema de trabajo.
S.T.M.: –Cuando se tocan universos más íntimos, como sucede en estas obras, es más difícil lograr esa unión horizontal. También porque los valores ideológicos no son representados hoy de la misma manera que entonces. En estos ciclos, la ideología no aparece de modo frontal, aunque se toquen temas como el exilio político y económico que padecemos.
M.M.: –La permanencia del ciclo es un dato importante: logramos ser solidarios y mantener el apoyo de los coordinadores, que, como Susana (quien el año anterior participó con Azul metalizado) y Guillermo (Ghio), funcionan como nuestros consultores. Lo bueno es que uno sabe que el compañero va a responder, que se compromete con su rol y autofinancia su trabajo. Esto favoreció a las obras, que este año alcanzaron el formato de espectáculo. Nos ayudó además contar con un espacio amplio, como la sala Del Abasto, y con el apoyo de su dueña, Norma Montenegro.
S.T.M.: –La posibilidad de reunirse desde un lugar de autogestión es muy importante, porque nos hace responsables y nos ejercita en la aceptación de las diferencias. Crecemos a partir del intercambio y en un mismo nivel de debate de varones y mujeres. No necesitamos líderes para aprender a ser democráticos.

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“La posibilidad de reunirse desde un lugar de autogestión es importante, porque nos hace responsables y nos ejercita en la aceptación de las diferencias”, dicen Torres Molina y Mangone.
 
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