ESPECTáCULOS › LA OBRA ALEMANA “D’AVANT” INAUGURO EL IV FESTIVAL INTERNACIONAL

Las sutiles vibraciones del cuerpo

La creación coreográfica y musical conquistó a los espectadores con su dinámica de baile y canto. El espectáculo navega entre la comicidad y la violencia, mezclando lo espiritual con lo terreno.

 Por Hilda Cabrera

El escenario es para los artistas. Por lo tanto, no hubo discursos en la apertura oficial del IV Festival Internacional de Buenos Aires. Esa discreción permitió apreciar en la noche del martes, directamente, sin que mediaran prólogos, una obra compleja por el sentido filosófico que, se supone, han querido imprimirle sus creadores. Despojada de oropeles, recortándose sobre códigos geométricos, la escenografía de D’avant muestra un espacio en construcción. Los andamios, sogas, escaleras y los largos lienzos que cubren el armazón desde lo alto se constituyen en herramientas de acción, tanto en los segmentos de quietud como en las escenas de desplazamiento de los cuatro avezados cantantes y bailarines que componen el elenco de esta rara pieza. Ellos son Sidi Larbi Cherkaoaoui y Damien Jalet (de la Compañía Les Ballets C de la B) y Luc Dunberry y Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola (de la Schaubühne am Lehniner Platz), responsables todos del diseño coreográfico, en tanto al artista vasco se debe la selección musical.
La obra se inicia con el mismo tono ascético que predominará durante su desarrollo. Es así que sobre ese fondo de edificio en construcción aparece un joven que lleva encasquetada una fez y extiende los brazos y gira a la manera de esos muñecos que en los viejos relojes de campanario daban cuenta del paso de las horas. Esa escena, en la que rota sobre su eje, se resuelve con un zapatazo. El hombrecito pierde su eje (o su armonía), se descoyunta y debe aprender a caminar. Lo particular del trabajo de estos intérpretes es la amalgama entre movimiento (o baile) y canto. Este es básicamente el rescatado de la música vocal de la Edad Media, aun cuando se incorporen motivos posteriores, incluso contemporáneos. La propuesta permite delinear una historia, cuyos personajes son muchachos retratados en diferentes situaciones y épocas. De ahí que en lo vocal enlacen el puntillismo tonal de la música anterior al siglo XIII (la creada en diversas regiones del mundo) con la polifónica de los siglos posteriores. La escenografía de Thomas Schenk, el vestuario de Sylvia Hagen-Schäfer, las luces de Rudolf Heckerodt y la dirección técnica de Reinhard Wizisla confieren la ambientación callejera necesaria a este match con el tiempo que implica algunas violencias, sea por sectarismo o por contingencias de la lucha por el poder. Esto a su vez genera negras bromas, como el juego con el crucificado, que en la función inaugural provocó risas entre el público. Quizá porque, aun en esa situación, la víctima no cesa de cantar, ni siquiera cuando su cuerpo es convertido simbólicamente en badajo de una campana. La trasgresión remite, entre otras preguntas, a una en consonancia con lo medieval: en qué medida se ha utilizado (y se utiliza) en nombre del bien el temor a algo establecido como superior.
Lo interesante de D’avant es la mezcla de lo llamado espiritual con lo terreno. Existen momentos de aparente contrición y otros de bonanza, en los que se explicita el deseo de abrazarse al otro y de jugar a atraparse, como lo hace un cachorro, aunque sea progenie de fieras. Es cierto que siempre alguien del grupo de muchachos se aparta o es apartado. Es aquel con quien se ensañan los otros, o se aleja por cansancio, o porque prefiere observar refugiado en las alturas y desde allí silbar en tono socarrón. Las secuencias coreográficas en las que estos jóvenes se trenzan o destraban sus cuerpos, o se enredan y mutan cómicamente intercambiando partes de sus trajes (de calle y actuales), producen gran regocijo en los espectadores, que aprecian los trucos clownescos. Pero ese clima festivo se trastoca cuando uno de ellos, desde lo alto, arroja un traje como si fuera la cáscara de alguien que ya no está y el sonido de una sirena aturde y unos focos de potente luz rastrean el escenario.
Sobre dramaturgia de Jochen Sandig, las escenas se suceden de modo fragmentado y entre acumulación o atenuación de elementos sonoros. El canto influye en los desplazamientos: despierta a los personajes, y éstosse movilizan porque cantan. Díaz de Garaio Esnaola lo enuncia claramente en el programa de mano: “Para mí, no hay diferencia entre cantar y bailar. A lo sumo la variación descansa en el número de músculos que están en actividad. El instrumento es el cuerpo. Vibra tanto durante la canción como durante el baile”. Esta amalgama implica en D’avant delinear una coreografía contenida para el medioevo y otra extrovertida para lo contemporáneo: transformado en banda musical, el grupo se mueve sensualmente y azuza a imaginarios fans para que salten y los aplaudan. Lo que seguirá a ese desborde son escenas de manifestaciones que incluyen megáfono, pancartas y batir de una lata.
El espectáculo va de lo violento a lo cómico de forma abrupta. Un ejemplo es el remate a una secuencia de lucha cuerpo a cuerpo. En medio del desbarajuste, alguien muestra una tarjeta amarilla o roja, según la falta. Esas salidas, muy festejadas por el público, airean en parte un trabajo que quiere ser ecléctico, y en ocasiones muy forzadamente, o que se reitera, como en la secuencia en que se utilizan tacos de madera y se resuelve de modo metafórico. Este segmento resulta crucial sólo si el público está realmente atrapado. Menor exigencia requiere, a pesar de su potencial metafísico, el transformismo de un viejo que es también novia, viuda y cadáver. Ahí la broma, más franca que emboscada, permite incluso fantasear con una resurrección posible.

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“D’Avant” tiene un marcado tono ascético, lo que no le resta riqueza.
 
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