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Casero, Aleandro y compañía, en una historia de amor en el aire

“Todas las azafatas van al cielo”, de Daniel Burman, presenta al actor de TV en su primer protagónico para el cine, una comedia romántica que va perdiendo encanto con el correr del metraje.

 Por Horacio Bernades

Tras su debut en el largometraje con la desconcertante Un crisantemo estalla en Cincoesquinas, el jovencísimo Daniel Burman –que se diera a conocer en aquellas legendarias Historias breves de mediados de los 90– parece haber enderezado su producción hacia films más legibles, que puedan ser apreciados sin dificultades tanto aquí como en el exterior.
Sin perder el tono llevadero, Esperando al Mesías incorporaba datos duros de la realidad social argentina (la pauperización, la desocupación, la marginalización) en el marco de un relato en el que temas de pareja se entrelazaban con cuestiones de identidad personal. Presentada en la última edición del Festival de Berlín, Todas las azafatas van al cielo da un paso más en la busca de masividad e internacionalidad, abandonando las inquietudes sociales y proponiéndose, resueltamente, como comedia romántica para todo público. Si Esperando al Mesías basculaba sobre los problemas del protagonista para definir su identidad, Todas las azafatas van al cielo corre el riesgo de perderla por completo, al abstraerse de todo contexto.
Un poco como Sintonía de amor o Tienes un e-mail, el nuevo film de Burman narra el tímido, paulatino acercamiento entre un hombre y una mujer, a quienes les lleva casi toda la película encontrarse. Julián (Alfredo Casero, en su primer protagónico en cine) es un viudo de mediana edad que viaja hasta Ushuauaia, con la intención de echar al viento cenizas y recuerdos de la mujer a la que no puede olvidar. Hasta ese confín del mundo va a parar también Teresa (la española Ingrid Rubio, vista antes en El faro), una azafata que no sabe cómo afrontar el resultado positivo de un test de embarazo. Echada la línea central del relato, el resto se “rellena” con una proliferación de personajes que oscilan entre lo secundario y lo francamente episódico. Entre ellos, un señalero del aeropuerto de Ushuauaia (Emilio Disi, más que correcto en infrecuente papel dramático), una prostituta que se hará más o menos amiga de Teresa (Valentina Bassi), la mamá de Teresa (Norma Aleandro, inevitable en toda producción argentina de proyección internacional), una enfermera que atiende a Julián tras un accidente (Verónica Llinás) y un taxista judío que se la pasa escuchando música klezmer en la radio (Daniel Hendler, guiño viviente a su propio personaje de Esperando al Mesías).
En lugar de cohesionarse en un relato coral, esa profusión de personajes, digresiones y apuntes al paso tiende a la fuga, muestras de un ingenio que parecería disolverse en su propio burbujeo. Si la dispersión asomaba ya en sus películas anteriores, aquí el realizador (autor del guión, con ayuda de su asistente de dirección) da la impresión de no tener nada para contar que no sea ese encuentro amoroso, y éste es de por sí escuálido. Mientras el desfile de personajes se hace aleatorio, ninguna fuerza real une al viudo y la azafata. Y allí el eje mismo de la película se queda sin sustento. Ante la falta de necesidad de la historia central y las adventicias, resultan tan amaneradas las estudiadísimas pausas yhesitaciones a las que Alfredo Casero apela en cada diálogo como el repentino show sexy que la reclusiva Teresa despliega en un cabaret fueguino, y que carece de toda hilación con la conducta de su personaje. Otro tanto puede decirse de los brillos visuales, tanto cuando Burman filma a sus dos protagonistas en un plano lejanísimo en medio de la nieve como cuando multiplica a un montón de Teresas digitalizadas. Como las profesionales del título, Todas las azafatas van al cielo daría la sensación de estar en el aire, flotando en medio de la nada.

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Alfredo Casero es Julián, un viudo que se topará con la azafata Teresa (Ingrid Rubio) en un viaje al sur.
 
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