ESPECTáCULOS › TELEADICTOS EN EL ESTRENO DE “UNA NOCHE EN CARLOS PAZ”

Los capocómicos de la deformidad

Teatro como en la tele para reciclar la herencia de Todo por 2 $. Alberti y Capusotto de este lado de la pantalla.

 Por Julián Gorodischer

Primer bloque. Ahora la moda dicta: vaya al teatro a ver tele, como pasó con el final de Resistiré. Y empezó a reciclarse un “no-sé-qué” de las comedias de Darío Víttori, algo del espíritu de los Bredeston y sus reglas fijas para un manual: aplaudir las entradas de las estrellas, respetar una escenografía simple, pero con brillitos y promover un cuento fragmentado en “números vivos” en lugar de un principio, un desarrollo, un final...
Una noche en Carlos Paz (la obra de Fabio Alberti y Diego Capusotto) respeta todo eso: al modo circense, se ve una sucesión de sketches y salen los dos “bichos” a transmutarse, a disfrutar de ese proceso que les sale tan bien: el camino de la deformidad.
Serán “el hombre púa” o “el hombre que no ríe” o el “hombre de hoy” (torpe bailarín de danza contemporánea), desplegando sus creaciones desfiguradas; allí fluye ese talento que tienen para afearse, descomponerse, autodenigrarse, pero sin el espíritu del catador de freaks. Este es un sacrificio: salen a escena semidesnudos, o con una pija gigante (Alberti) o una pijita (Capusotto), encorvados o travestidos y se entregan a la masa gritona, entusiasta, teleadicta, que reclama escenas repetidas, ese minuto en que la popular hará sonar silbatos, acelerará los clicks de las cámaras de fotos, con el enorme placer de ver al ídolo roto, caído, por una vez sin el formateo que le otorga la pantalla chica. Un desquite colectivo ante una promesa que no defrauda: “¡Me verás caer!”.
¡Vamos a la pausa! Breve intento, en un pasillo, de llegar a un anclaje conceptual. Capusotto y Alberti proponen: inusual apegamiento al género “vodevil serrano”, allí donde construyen esta obra llena de gags y de sketches para la risa fácil, donde retoman “los clásicos que hacían en la tele” (Mirtha Jusid, el dúo Experiencia, Rodolfo Strech) para el monólogo o el show musical. Ningún mito deberá quedar vigente; quedan deshechos el sueño melancólico (la guarangada del Dúo Experiencia), la arenga proseguridad (Facho Martel), el alegato de la señora gorda (Mirtha Jusid) y, por encima de todo, la farándula, esa entidad puramente televisiva que, otra vez, altera nombres y fisonomías (para la muñequita Barbie Barbieri o el cantante uruguayo Roberto Oreiro). Todo se desintegra. Nunca tan fieles a su título. Para ellos, claro, pura casualidad. “Podría llamarse Qué noche, Necochea o Qué noche, Bariloche”, dirá el director Néstor Montalbano. “Patoterismo antiintelectual –dictamina un crítico enojado–. Te dejan sin réplica.”
Segundo bloque. En escena se ven unas cuantas cosas agrupables según conjuntos: a) burlas a todo discurso instituido, como el del facho, el policía, o el padre de familia, b) la crónica de “hazañas al pedo” en la figura del hombre que no ríe (Mamuk), o las pruebas físicas de Johnny Cortázar o el “viaje alucinante” de Rodolfo Strecht, c) las proyecciones en pantalla gigante, que son muchas y confirman el objetivo extra teatral de la reunión: ver la tele. Pero una tele que enfatiza sus formatos plastificados hasta dar con un hallazgo como el símil reality Papastars o recrea inverosímiles diálogos de Mirtha y Kirchner, alianzas estratégicas entre Michael Jackson y el Padre Grassi, todo hasta conformar una ensoñación, interrumpida un minuto antes de que queme. El extraño público es, en su mayoría, una suma de barras que también los veían en el vivo de ATC, y hasta Silvina Luna que vino con su novio futbolista.
Otro corte, pero no se muevan de ahí. La gente se entusiasma con Lulo Palau, un gigante que hace de presentador de los sketches; su historia conmueve. El tipo hacía trámites en el Microcentro, y Capusotto y Alberti lo vieron por casualidad. Le dijeron: “Te estábamos buscando”. Alguna vez hicieron lo mismo con Larry o con Doctor Dyango en el Sindicato de Extras, y los viejos fueron ¡tocados por la fama!
Hasta la semana que viene. Se despiden a lo grande, con lanzamiento de serpentina y baile del elenco a pleno, público excitado y gritón, saltando en las butacas o mirando para atrás mientras va saliendo. Una vieja se tropieza. Por un rato, todo será un gag de Todo por 2 $ o de Una noche en Carlos Paz: risas, más risas, más fuertes o susurradas, fáciles o forzadas para legitimar a la dupla o para dar entidad a la vieja que se tropieza: excitación continua, buscada y conseguida. En el saludo final, no se ven mujeres. O sí: hay mujeres fingidas porque a Lulo y a Julio César, como gracia para un remate, les pusieron falsas vaginas sobre un neoprene muy finito que, en Carlos Paz, seguro no se consigue. Lo que sí entendió bien Una noche en Carlos Paz es la obsesión serrana por bautizar a sus shows con la palabra “noche”, extraña alternancia de noches fascinantes, alucinantes o de fiesta, según se trate de la Salomón, la Süller o Adriana Aguirre. Cuando todo termina, suena la Canción Final, elevación del sinsentido a categoría existencial: “¡Necesitamos que el hombre nazca! –dice la letra, como una oración–..., y que por Nazca vaya a Gaona/ cierra los ojos y comienza a vibrar/ con esa noche donde volviste a soñar/ es una noche en Carlos Paz, en Caaaaaarlos Paaaz...”.

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Las barras que los siguen aman la tevé, pero ahora quieren una tevé en directo, casi como un teatro.
 
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