EL PAíS › OPINION
REFLEXIONES SOBRE EL DESMANTELAMIENTO DE LA ESMA

El eterno Eros

 Por José Pablo Feinmann

La ESMA –su horror esencial– ocupa el centro de la escena. No es el momento de proponer nombres, conceptos que reemplacen al de “Museo”. Ya está y ahora hay que llevar a la conciencia de cada argentino que en ese espacio no se ha depositado algo que ya fue, que pasó, una antigualla. En el tema áspero del horror y la memoria del horror lo que frecuentemente desespera es un deseo que aprisiona a todos: congelar, dejar atrás, olvidar. La “memoria”, para serlo, no puede estar guardada, protegida en un santuario al que se acude cuando se quiere “recordar”. En los “museos” suelen estar las cosas del pasado, las que ya fueron y no volverán a ser, las que hoy, casi siempre, son una rareza: un sable, un poncho mazorquero, unas espuelas, un cañón, un frac que usó Marcelo T. de Alvear para escuchar a Beniamino Gigli en el Colón. En este Museo de la ESMA está expuesta la condición humana en su estado más puro de aniquilación, de muerte. Y todo el que vea ese Museo deberá saber que “eso” no es el pasado. Que es un presente eterno, algo que fue y siempre puede volver a ser ya que es, ni más ni menos, lo que el hombre es, su oscura esencia obscenamente desplegada. Eso ocurrió y no le ocurrió a otros. No es un “espectáculo”. Un “más allá” de mí. Una exterioridad que –en cuanto tal– no me incluye. Ese horror es el mío y nunca dejará de acecharme. Entre otras cosas porque está en mí. Cuando hablo. Cuando tengo miedo. Cuando (de alguna de las infinitas maneras que son posibles) me victimizan. O cuando incurro en la potestad del castigo.
La primera pregunta del que entra en Auschwitz o en la ESMA es la del azorado “turista de la condición humana”: “¿Cómo fue posible esto? ¿Cómo pueden los hombres ser tan crueles?”. Algunos que han dedicado su vida a reflexionar sobre el horror toman un impecable punto de partida: hay que apartar a Dios de esta cuestión. Si Dios tiene algo que ver con esto su monstruosidad sería indefendible: o porque lo produjo o porque no lo evitó. No se trata de creer o no creer, sólo de una descarnada verificación: un dios (el que sea) que se mantenga indiferente ante la centralidad absoluta del horror humano no sirve para nada, ni para discutir su existencia, ni para absolverlo ni para condenarlo. La célebre fórmula de Primo Levi es, aquí, ineludible: “Existe Auschwitz; por tanto, no existe Dios”. No sé si existe o no Dios; acaso alguien lo necesite para calmar su angustia cuando mira la maravilla matemática de los astros celestes. “¿Quién hizo eso?” Primo Levi diría: “No sé, no me importa. Quienquiera que fuese, en Auschwitz no hizo nada. En suma, no existe”. El hombre tiene su historia en la tierra y no en el vasto, infinito universo en expansión. Hegel, contrariamente a Kant, no se conmovía por el “cielo estrellado” sino porque aquí, en este pequeño planeta que meramente gira alrededor del sol, está la morada del hombre, es decir, el “centro metafísico del mundo”. Incluso pone el Mal por sobre la Naturaleza, ya que aun en el más profundo extravío –y no “en los movimientos regulares de los astros y la inocencia de las plantas”– es el hombre, ese “ser metafísico”, el que está en juego. (Enciclopedia, parágrafo 249.) Esto, que nos aparta de Dios, nos complica más: nos lleva al centro de la escena, a la condición humana.
Ante la visión de un cadáver que exhibe no sólo la Muerte sino la Tortura buscamos protegernos (una vez fuera de la cuestión de Dios) creyendo que se trata de una “aberración”, de un desmadre de la condición humana. Solemos, incluso, aplicar el adjetivo “inhumano” al horror. O cuando algo nos enternece decimos: “Qué humano”. Todo falso, todas veladuras piadosas para protegernos de la verdad. Decir que los hombres se transforman en “bestias” cuando vejan a sus víctimas, cuando las martirizan, es una abierta insensatez, una bobería: ninguna bestia tortura. La tortura es una creación esencial del hombre, y si digo “esencial” es porque acaso pertenezca, sin más, a su “esencia”, si es que tal cosa existe. En resumen: lo menos que puede sospechar quien visita Auschwitz o la ESMA es que el hombre no es un ser naturalmente bueno. O más aún: ni siquiera que conviven en él el Mal y el Bien, sino que su perversidad, su pulsión destructiva es primordial y explica el ya largo horror de esa galería de horrores que es su historia.
Aclaremos –ya mismo– algo: los que torturan no son sólo los torturadores. Tampoco, los que torturan, lo hacen determinados por una esencia incontrolable que los transforma en torturadores y los libra de la responsabilidad de haber elegido serlo. Los que torturan son también los que ordenan torturar. “Los asesinos de escritorio”, como les dice Adorno. En esa gran película argentina que acaba de cumplir treinta años, en La Patagonia rebelde, se ve a los estancieros señalándole al mortífero coronel Varela quiénes son los “delegados” de estancias para que, a ellos sí, no los deje con vida. Incluso son prolijos, piensan en la productividad hasta hundidos en la mierda del crimen: “A éste no, coronel”, dice uno. “Es el mejor mecánico de la zona.” No buscamos la pulsión de muerte sólo en los torturadores fácticos. También en los que sabían lo que ordenaban, lo que se hacía. Los que entregaron a los delegados de la Mercedes Benz en Córdoba, por ejemplo. Y muchos otros empresarios de saco y corbata que besaban a sus hijos por las noches y le rezaban al torturado de la Cruz los días domingo o santos.
La temática es dura y ha tenido grandes espíritus que le dedicaron sus vidas. ¿Por qué el hombre mata, tortura, veja, humilla? ¿Por qué hay en él semejante pulsión destructiva? ¿Por qué no cesan las guerras? Hubo 55 millones de muertos en la Segunda. Y no se detuvo el pathos del crimen, la industria de las armas, la apología de la violencia desde todas las esferas del arco ideológico. Hay pocos libros tan amargos como Dialéctica del iluminismo de Adorno y Horkheimer: se proponen comprender “por qué la humanidad en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie”. No tardarán en averiguar que ese “nuevo género de barbarie” era el más humano de los estados y hacia él convergía ya desde décadas la razón humana. Dostoyevski, por su parte, escribe en 1864 una summa de la atrocidad humana: Memorias del subsuelo. Sólo un par de textos: “Decidme: ¿qué hombre en plena posesión de su conciencia podría respetarse? (...) Pero, ¿es que puede respetarse quien está decidido a encontrar placer en el sentimiento de su propia abyección? (...) Si la civilización no ha hecho más sanguinario al hombre, éste, bajo su influjo, se ha vuelto más rastreramente cruel que antes (...) Que el hombre propende a edificar caminos es indiscutible. Pero ¿por qué se perece también hasta la locura por la destrucción y el caos? (...) Seguro estoy de que el hombre no dejará nunca de amar el verdadero sufrimiento, la destrucción y el caos. El sufrimiento es la única causa de la conciencia”. Vamos a focalizar la cuestión. Auschwitz y la ESMA revelan dos cosas: los torturadores no son “los otros”. Nada de esto tiene que llevar a conclusiones del tipo “fuimos todos”. No, patrañas no. Lo que hizo Astiz no lo hice yo y espero que tampoco usted. Pero se trata de ver “cómo Astiz fue posible”. Y para eso hay que revelar una verdad incómoda: el hombre no es naturalmente bueno. Podría meterme con Nietzsche, pero lo haré con alguien que aprendió mucho de él: Freud. Y también voy a recurrir a alguien que aprendió mucho de Freud: León Rozitchner. Quien, él, León, fue cierta vez a la Universidad de las Madres y dio una conferencia memorable, que luego pulió y ahora está en su libro El terror y la gracia bajo el título de “Violencia y contraviolencia”. Rozichtner parte de algo que ya tenemos establecido: ésta época está poniendo en duda “la ilusión y la fantasía de que todos los hombres podrían ser buenos”. No: “Una gran cantidad de seres humanos pueden llegar a ser asesinos y a gozar del crimen, lo cometan ellos o lo compartan con otros”. Rozitchner roza –aunque sin la ironía descarnada de Freud– la vieja idea del marxismo sobre las modificaciones económicas y el surgimiento luego inevitable de la bondad de los hombres. Freud descree que la eliminación de la propiedad privada (causa económico política que dice compartir) erradique del hombre la pulsión de muerte. No, no son tan fáciles las cosas. Propiedad privada o no, los hombres matan y seguirán matando. Y entrega un texto monumental: “Nos parece harto comprensible el que la tentativa de instaurar en Rusia una nueva cultura comunista recurra a la persecución de los burgueses como apoyo psicológico. Pero nos preguntamos, preocupados, qué harán los soviets una vez que hayan exterminado totalmente a sus burgueses” (El malestar en la cultura, p. 56). Muy simple: siguieron matando, pero no ya a los burgueses sino a los comunistas.
Rozitchner da un paso arriesgadísimo y verdaderamente original en el pensamiento filosófico: no hay una sola “esencia” humana. Define, de inmediato y necesariamente, qué entiende por “esencia”: “lo que todos los hombres tienen al menos de común: aquello sin lo cual los hombres no serían seres humanos”. Y da el paso (para mí, al menos) cuasi asombroso: descubre, en el hombre, DOS esencias humanas: “Una, la de la gente que no vacila en dar la muerte a otro (...) Y la otra, la de quienes nos sentimos –me incluyo entre ellos– completamente incapaces de poder dar la muerte a otro ser humano. Son distinciones netas y tajantes. Por lo tanto, la cosa sería entre asesinos y no asesinos”.
¿Eliminaría esto la libertad humana? ¿Si uno nace con una “esencia asesina” está condenado a matar? ¿Si uno nace con una “esencia no asesina” está condenado a no matar? Una “esencia” tan determinista eliminaría la libertad del sujeto y, con ella, su responsabilidad moral. Si Astiz nació con una “esencia asesina”, ¿qué le podremos reprochar? Sólo fue fiel a su esencia. Algo así como el genial chiste del escorpión. Pero no. El planteo de Rozitchner es más complejo: esas dos esencias están en nosotros y somos nosotros quienes elegimos ejercer una u otra. De esta forma, la cosa está “entre asesinos y no asesinos”. Se elige matar o se elige no matar. Pero de la muerte no se retorna. Ni siquiera de la muerte que hemos ejercido en “defensa propia”: “Aun el que se defiende, el que mata en defensa propia, queda también marcado por la muerte: quedará transido, afectado por el más horrendo de los actos”. Porque, hasta en Derecho, la defensa propia no constituye un asesinato. Sin embargo, el asesino que quiere matarme y al que, en mi defensa legítima, mato yo, consigue introducir la muerte (que es, siempre, “la lógica sanguinaria del enemigo”) en mi conciencia. Rozitchner da todavía otro paso: “A los asesinos corresponde una concepción humana paternalista, y a los humanistas una concepción maternal de los hombres”. Lo que nos lleva a nuestras Madres, a las que entraron a la ESMA, antro de los asesinos, con sus pañuelos blancos y su concepción no violenta (no asesina) de la vida. Y (por esta vez al menos) buscaremos concluir con Freud, aunque, nadie lo ignora, con estos temas no se concluye y eso es bueno y así debe ser y nadie podrá ya escaparse. El maestro vienés distingue dos potencias en el hombre: el Eros y la pulsión de muerte. No es optimista. (En verdad, debemos abominar de las categorías “optimismo” y “pesimismo” en estas temáticas.) Sabe que la pulsión de muerte jamás se detiene en su pasión destructiva, pero reconoce que el Eros, “el eterno Eros” que defiende y enaltece la vida, habrá de darle batalla. “Mas (dice), ¿quién podría augurar el desenlace final?” Rozitchner, no obstante, es porfiado, cree más en la potencia nutricia de lo maternal en el hombre, y entrega uno de sus más hermosos textos: “Ante este enfrentamiento entre los asesinos que se apoyan en el aniquilamiento –directo o lento– del hombre, y los que defendemos la vida –que seríamos incapaces de darle la muerte o producirle sufrimiento al otro (hablo de grandes sufrimientos mortales)–, apuesto a que ganemos los que estamos por la vida contra los que están en favor de la muerte”. Así, al menos, ocurrió el 24 de marzo, cuando los sobrevivientes y las Madres y todos los que allí fueron, acompañando desde la única, exclusiva y excluyente militancia de los derechos humanos, entraron en la ESMA y llevaron la vida y la esperanza a ese espacio en que sólo supo habitar la muerte.

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